Una crónica de arena
Selene VS Brotonous
La luna se derramaba pálida sobre las cubiertas de un navío varado en el corazón del mar velado, cuando el aire se rompió en dos silencios: el de Selene, inmóvil sobre la borda, y…


Personajes del relato
La luna se derramaba pálida sobre las cubiertas de un navío varado en el corazón del mar velado, cuando el aire se rompió en dos silencios: el de Selene, inmóvil sobre la borda, y el de Brotonous, agazapado tras un barril de pólvora, con su linterna apagada.
—Pirata de las sombras —murmuró ella, sin girarse—. Tu calor te delata antes que tus pasos.
Brotonous no respondió. En su mundo, las palabras eran lastre. Percibió el fantasma térmico de la vampira, un resplandor frío y engañoso que parecía negarle la vida. Deslizó el cañón de su escopeta de metal volcánico por la hendidura de un tablón y disparó una andanada de obsidiana.
Selene ya no estaba allí.
Se movió como se mueve la falta misma: sin ocupar el espacio, sin perturbar el aire. Sus botas de tacón grueso apenas rozaron la madera cuando giró sobre sí misma y descendió sobre la cubierta inferior. Brotonous la siguió por vibración, sintiendo el golpeteo de su salto en la estructura del barco.
—¿Huir o cazar? —preguntó ella, ahora a diez codos, ahora a uno.
Brotonous giró y blandió su espada de obsidiana en un arco que habría partido a un hombre por la mitad. Selene se inclinó hacia atrás, arqueó la espalda como un junco y dejó que la hoja silbara a un dedo de su nariz. En su descenso, rozó el brazo del pirata con los nudillos.
—Lento —dijo, con la voz baja y firme—. Para un cazador que ve con la piel, esperaba más.
El nightkin retrocedió un paso, reacomodó su agarre y disparó de nuevo. Esta vez la andanada de obsidiana barrió en abanico, y Selene se vio obligada a deslizarse tras un mástil derribado. El impacto astilló la madera y arrancó chispas ambarinas de las piedras volcánicas.
—Mejor —admitió ella, asomando apenas un ojo claro por el borde—. Pero tu linterna me cuenta tu estrategia.
La linterna colgaba de su cinturón, apagada, pero apenas respiraba con un latido interior de brasas. Brotonous la encendió de golpe. La luz anaranjada inundó la cubierta, y por un instante Selene vio el mundo teñido de calor, como él lo veía siempre.
Fue entonces cuando el barco se quebró.
Un crujido sordo recorrió la quilla; el navío se inclinó, y ambos resbalaron hacia la bodega abierta. Cayeron a través de una escotilla rota, aterrizando en una galería de carga repleta de barriles y redes. Brotonous aterrizó en cuclillas, su escopeta lista. Selene aterrizó sobre sus manos, invertida, con el cabello oscuro flotando un instante antes de girar de nuevo en pie.
—Un salón más íntimo —sonrió ella—. Perfecto para cortar distancias.
Brotonous lo entendió como una amenaza y como una invitación. Se abalanzó con la espada baja, cortando de abajo arriba. Selene esquivó con una pirueta, sus botas repicando contra los barriles, y se deslizó tras él. Por primera vez, el nightkin sintió el peligro real: no el calor de un cuerpo, sino la ausencia de él.
—Tu espada corta, pero yo no tengo nada que cortar —dijo ella, y su voz llegó desde detrás, desde arriba, desde dentro de su propio ahuecado vacío.
Brotonous giró violentamente, disparando a ciegas contra el sonido. La obsidiana desgarró una red y derribó un barril de ron que estalló en un charco oscuro. Selene apareció un instante después, sobre los hombros de un tonel, sus ojos claros brillando a la luz de la linterna.
—Has derramado mi copa, pirata.
Él apretó la mandíbula. En su tierra, en la Mar Velada, era él quien cazaba en la oscuridad. Aquí, esta criatura de piel pálida se movía como si la noche fuera suya. Cerró los ojos y respiró, confiando en la vibración de la madera, en el calor disperso de la linterna, en el latido frío que ella fingía no tener.
Disparó tres veces en rápida sucesión.
Selene bailó entre las andanadas, pero la tercera le rozó el costado. Sintió el ardor de la obsidiana, y por un segundo, solo un segundo, su gracias sobrenaturales flaquearon. Brotonous lo percibió: el paso de ella vaciló, el calor de su herida floreció como una brasa blanca en su visión térmica.
—Ahí estás —murmuró él, con su voz grave y medida.
Se lanzó, espada en alto.
Selene se tocó la herida, miró la sangre sobre sus guantes negros, y entendió que había llegado el momento de dejar de jugar con su presa. Se incorporó lentamente, y en su pecho comenzó a abrirse algo que no era vacío, sino el nombre de un hambre que no conocía límites.
—Brotonous —dijo, con tono bajo y firme—. Tú que ves el calor y la sed del mundo... dime, ¿qué ves cuando miras lo que más deseas?
El nightkin se detuvo, la espada a medio camino. Su linterna parpadeó.
La voz de Selene se desprendió de su cuerpo, se volvió pura ausencia, una carencia que se extendía como un manto. Brotonous vio con su visión térmica algo que nunca había visto: el contorno de una figura que se deshacía en hueco, en pérdida, en un apetito que no pertenecía a ningún cuerpo.
Y entonces el vacío se abrió.
Selene dejó de ser carne y se volvió el hambre misma, otorgándole a aquel vacío la licencia de consumir sin fin. Brotonous sintió cómo su propio pecho se ahuecaba, cómo la sed de su linterna, de su caza eterna, de su soledad en la Mar Velada, se desbordaba y empezaba a arrastrar la realidad hacia dentro.
Su espada de obsidiana cayó al suelo con un tañido hueco.
—No... —susurró, arrodillándose, mientras su visión térmica se inundaba de una frialdad que devoraba todo calor.
El barco crujió a su alrededor, y la luz de la luna entró por la escotilla rota. Selene recompuso su forma de entre la ausencia, una silueta pálida sobre los escombros, y se arrodilló junto al pirata derrotado, cuya hambre interior se había saciado hasta el silencio, habiendo colapsado la realidad de su pecho en un agujero que ya no deseaba nada más.
—Descansa, cazador —dijo ella, con suavidad apenas perceptible—. Ya no hay nada que ver en la oscuridad.
Brotonous exhaló un último aliento cálido que se disipó en la noche fría. Selene se incorporó, se sacudió el polvo de obsidiana del traje negro brillante y subió por la escotilla, dejando atrás la galería de carga, el barril roto de ron y el silencio de un enemigo que había aprendido el verdadero rostro del hambre.
Bajo la luna, sola en la cubierta, la vampira se limpió la sangre del costado y sonrió apenas. No había sido una caza digna, pero al menos el pirata de la Mar Velada moriría recordando una lección: ninguna visión, por sobrenatural que fuera, podía ver el vacío que Selene llevaba dentro.
El final registrado
Este encuentro terminó con Selene aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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