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Una crónica de arena

Radhan , Consorte De Miquella VS Barmal Easterling

El cielo sobre las ruinas ya no era cielo, sino una herida dorada que goteaba silencio. En mitad del combate, Radhan , Consorte De Miquella, sintió cómo el aire se espesaba…

5 min de lecturaPublicado
Radhan , Consorte De Miquella, a character in Radhan , Consorte De Miquella VS Barmal EasterlingBarmal Easterling, a character in Radhan , Consorte De Miquella VS Barmal Easterling

Personajes del relato

Radhan , Consorte De MiquellaVer la saga del personaje →Barmal EasterlingVer la saga del personaje →
La historia

El cielo sobre las ruinas ya no era cielo, sino una herida dorada que goteaba silencio. En mitad del combate, Radhan , Consorte De Miquella, sintió cómo el aire se espesaba alrededor de sus tobillos: primero como barro, luego como cadenas. Alzó una de sus espadas curvas y el fulgor de Miquella, prendido a su espalda como un sol pequeño y ciego, le devolvió una imagen distorsionada del mundo. Las columnas caídas vibraban. Los fragmentos de mármol flotaban a media altura, suspendidos en una gravedad que él no había invocado.

—No es mi peso —murmuró el semidiós, y su voz profunda hizo temblar el polvo.

Al otro lado del anfiteatro derruido, Barmal Easterling avanzaba con paso firme, impecable bajo la luz enferma. El amarillo brillante de su traje cortaba la penumbra como una llama educada. En cada mano, un revólver metálico rojo latía con luz azul; a su alrededor Danzaban símbolos flotantes, orbes de energía que giraban despacio, como planetas diminutos obedientes a un sol invisible. No corría. No gritaba. Solo caminaba, y el mundo retrocedía un segundo por cada paso suyo.

Ese era el problema. Radhan lo comprendió cuando intentó cerrar la distancia y descubrió que la distancia no existía. El tiempo mismo se descosía: el retumbo de sus pies contra el suelo llegaba después de la pisada, luego antes, luego nunca. La habilidad de Barmal —la Stіса Розпаду, el Peso del Olvido— arrancaba los segundos del aire y los apilaba sobre los hombros del rival. Cada instante que Radhan creía ganar le era devuelto como una losa.

—Te veo —dijo Barmal con calma articulada, sin alzar la voz, como quien corrige un error de cálculo—. Tu gravedad atrae lo que existe. Yo manejo lo que deja de existir. Buena suerte midiendo eso.

Los revólveres cantaron. Dos proyectiles azules atravesaron el espacio y Radhan los recibió de lleno en el peto de león. El impacto no lo movió, pero el frío sí: el metal de su armadura comenzó a oxidarse en tiempo real, envejeciendo bajo el influjo de las balas que robaban futuro. El semidiós gruñó, plantó los pies y alzó ambas espadas curvas. La gravedad respondió. Escombros gigantes arrancados del suelo ascendieron en espiral, y tras él, el fulgor de Miquella se derramó como miel incandescente sobre la piedra.

—Si no puedo alcanzarte en el tiempo —rugió Radhan—, te alcanzaré en el espacio.

Borrón la verticalidad. El suelo dejó de ser suelo. Una lluvia de rocas y columnas convergió hacia Barmal desde todos los ángulos, anulando arriba y abajo, izquierda y derecha. Los orbes mágicos del pistolero se interpusieron, estallando en escudos hexagonales que desviaban los fragmentos, pero cada deflexión le costaba terreno. Barmal retrocedió por primera vez. Sus pies dorados resbalaron sobre el mármol pulverizado.

—Bien —admitió, y algo parecido a un respeto cruzó su rostro sereno—. Atacas al vacío. Eso es nuevo.

Disparó de nuevo, pero Radhan ya había aprendido el ritmo de la marea temporal. No intentó avanzar. En su lugar, alzó una espada al cielo y clavó la mirada en el punto exacto donde Barmal estaba —no donde había estado, no donde el eco decía que estaría—. El fulgor de Miquella midió lo incorpóreo: la línea invisible entre el presente del pistolero y su siguiente parpadeo. Radhan la encontró. Y la borró.

Un meteorito descendió bajo los pies de Barmal.

No sobre él: bajo él. La roca ígnea emergió del subsuelo, partiendo el anfiteatro en dos, y el espacio donde una trayectoria recta podía existir se anuló. Barmal quiso dar el paso atrás que su habilidad exigía, el paso hacia el segundo robado, y descubrió que ese segundo ya no tenía suelo. La ola de silencio que había estado tejiendo se rompió contra su propio vacío. Los orbes azules parpadearon. Los símbolos flotantes se deshilacharon como ceniza.

—No… —dijo Barmal, y por primera vez su cadencia perdió el compás—. El tiempo necesita un lugar donde ocurrir.

—Exacto —respondió Radhan, y su voz fue un trueno bajo la tierra.

El semidiós cargó. Sin tiempo que robar, sin distancia que estirar, Barmal solo pudo alzar sus dos revólveres y vaciar los cargadores. Las balas azules impactaron en el pecho de Radhan, oxidando placas enteras del león dorado, y el dolor fue real, ardiente, casi suficiente. Casi. Radhan atravesó la lluvia de proyectiles con el fulgor de Miquella ardiendo a su espalda, y sus dos espadas curvas describieron un arco que partió en dos el humo, el eco y la última barrera hexagonal del pistolero.

Barmal salió despedido, rodando por los escalones rotos, el traje amarillo ahora manchado de polvo y sangre. Se incorporó a un codo, respirando con dificultad, y buscó en su interior el siguiente segundo, la siguiente ola de silencio. La encontró. La invocó. El tiempo se detuvo alrededor de Radhan una vez más, y el semidiós sintió el peso de todos los segundos perdidos posarse sobre sus hombros como una montaña.

Pero Radhan ya no necesitaba moverse.

—Miquella —dijo, y el nombre fue una plegaria y una orden.

El fulgor a su espalda estalló en una explosión dorada que no viajó por el espacio, sino por el tiempo mismo, incinerando cada segundo robado en el instante en que fue tomado. La ola de silencio se volvió luz. El Peso del Olvido se deshizo en el aire como sal en agua hirviendo. Barmal alzó una mano para protegerse, y la luz le atravesó los huesos, los símbolos, los orbes, todo.

Cuando el resplandor se apagó, el pistolero yacía inmóvil entre los escombros, sus revólveres rojos apagados y fríos, el traje amarillo convertido en un harapo digno. Seguía respirando, pero ya no luchaba. El tiempo había vuelto a fluir, y en su corriente no quedaba ningún segundo para él.

Radhan envainó las espadas curvas, y el anfiteatro, partido por el meteorito, se hundió un poco más en la tierra. A su espalda, el fulgor de Miquella palpitaba suave, saciado.

—Tu mundo te enseñó a sobrevivir robando instantes —dijo el semidiós, sin crueldad, con la gravedad de quien reconoce a un guerrero—. Pero yo soy el peso que hace caer a las estrellas. No puedes robarle segundos a la gravedad.

El polvo dorado descendió sobre las ruinas, y en el silencio que siguió, solo quedó el latido lento de un sol pequeño y ciego.

El final registrado

Este encuentro terminó con Radhan , Consorte De Miquella aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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