Una crónica de arena
Malenia , Espada De Miquella VS Dorin
El almacén respiraba con un zumbido metálico. Las vigas de acero cruzaban el techo como costillas de una bestia muerta, y el polvo flotaba en haces de luz gris. Dorin ajustó sus…


Personajes del relato
El almacén respiraba con un zumbido metálico. Las vigas de acero cruzaban el techo como costillas de una bestia muerta, y el polvo flotaba en haces de luz gris. Dorin ajustó sus gafas de montura metálica con un dedo manchado de grasa, la gorra negra calada hasta las cejas, y observó a la figura que acababa de entrar por la puerta corrediza.
Ella no habló. No necesitaba hacerlo.
La melena carmesí cayó sobre el hombro blindado, y el yelmo alado —doble cuerno, rostro de bestia— giró lentamente hasta fijarse en él. Bajo la piel del brazo izquierdo, la podredumbre oscura latía como una segunda respiración. La hoja larga, cubierta de grabados finos, descendió hasta rozar el suelo de hormigón.
—No tienes por qué estar aquí —dijo Dorin, y su voz sonó más firme de lo que esperaba. Se apoyó contra una caja de herramientas, el chaleco gris con el logotipo de *Appliance Studio* arrugado sobre el pecho. — Esto es un depósito. Yo solo cuido las máquinas.
Silencio.
La hoja se alzó.
Dorin se movió primero, porque entendió en un instante que quedarse quieto era morir. Volcó un carrito de acero entre ambos, y las ruedas chirriaron sobre el suelo. Retrocedió entre bastidores de estanterías, buscando espacio, buscando algo que sirviera. Sus manos encontraron una llave de tubo larga colgada de un panel. No era una espada. Era lo que había.
Malenia avanzó. Sin prisa. La punta de su acero trazó un arco sobre el hormigón, y las chispas saltaron. Su respiración, pesada y metálica dentro del yelmo, marcaba el compás.
Dorin lanzó el carrito. Ella lo partió en dos de un tajo limpio, y las mitades cayeron a ambos lados como si nunca hubieran sido una sola cosa. En ese hueco, él corrió hacia la escalera metálica del fondo, subiendo dos escalones por zancada. Ganar altura. Ganar distancia. Las gafas le resbalaron; las empujó con el hombro.
Malenia saltó.
No fue un salto humano. Fue un proyectil de rojo y oro. La hoja cruzó el aire donde había estado la cabeza de Dorin un latido antes, y el barandal de la escalera se desprendió en láminas brillantes. Dorin rodó por la plataforma superior, la llave de tubo golpeando su propio muslo, y se puso de pie entre las cajas apiladas.
—¿Qué diablos eres? —jadeó.
La respuesta llegó en forma de acero.
Agua de pájaro danzante. El nombre no lo pronunció nadie, pero el patrón era inconfundible: cuatro, cinco, seis estocadas que no seguían una línea recta sino una danza, una marea, cada corte buscando un ángulo distinto del mismo cuerpo. Dorin giró la llave de tubo, desesperado, y el metal resonó tres veces antes de quebrarse. Un tajo le abrió el chaleco y la camiseta azul, y la sangre manchó el logotipo de la grúa. Cayó de rodillas sobre la plataforma.
Y entonces ocurrió lo que él no podía comprender.
De las heridas que ella misma había sufrido —cortes que Dorin ni siquiera recordaba haber causado, arañazos del barandal, la fricción del combate— el cuerpo de Malenia absorbía. La podredumbre del brazo palpitó, y las heridas se cerraron. Su piel bebió la vida del aire mismo. Dorin la vio sanar y sintió un frío que no venía del almacén.
—No… —murmuró.
Malenia bajó de la plataforma. Cada paso suyo hacía temblar el polvo. Se detuvo frente a él, y por primera vez inclinó la cabeza, como si lo midiera. Un oponente sin armas, sin entrenamiento, sin historia. No importaba. La espada no distinguía dignidad.
Dorin escupió sangre y se levantó. Porque era lo único que sabía hacer. Agarró una caja de fusibles metálica y la blandió como un escudo, retrocediendo hacia la puerta de carga. La luz del día se filtraba por las rendijas. Un metro. Medio metro.
Malenia cerró la distancia en dos zancadas.
La hoja atravesó la caja de fusibles, la chapa, el aire, y se detuvo a un centímetro del pecho de Dorin. Él quedó inmóvil, el aliento atrapado, las gafas torcidas, la gorra negra a punto de caer.
Y ella no lo mató.
No aún.
Retrocedió un paso. La luz del almacén cambió, o quizá fue ella. Las flores rojas comenzaron a brotar del suelo de hormigón, explosivas, escarlatas, abriéndose en cada grieta y cada junta de las placas. El espacio entero se volvió un jardín de pétalos ardientes. Las alas carmesí se desplegaron de su espalda con un crujido húmedo, y el yelmo alado se alzó mientras la podredumbre trepaba por su cuello.
Dorin miró las flores florecer a su alrededor. Miró la puerta de carga, ahora a diez metros, cercada por pétalos que estallaban al menor contacto. Entendió, con la claridad fría de quien repara máquinas y conoce los límites de las cosas, que no había salida.
—Está bien —dijo, y dejó caer la caja destrozada. — Está bien.
Malenia cargó.
El aire se llenó de rojo. La hoja describió un arco descendente que partió el haz de luz, el polvo, el silencio, y todo lo que Dorin había sido. Los pétalos estallaron en cadena, uno tras otro, hasta que el almacén entero fue un solo fogonazo escarlata y luego nada.
Cuando la luz se apagó, el hormigón humeaba. Las flores se marchitaban en espiral, devorándose a sí mismas. Malenia permaneció de pie en el centro del círculo quemado, la espada baja, la respiración pesada y metálica. Las alas se replegaron lentamente sobre su espalda. La podredumbre volvió a su brazo.
No había orgullo en su postura. Solo el peso de otra vida que su acero había tomado.
Se giró hacia la puerta de carga, que ahora daba a un pasillo exterior iluminado por el sol. Caminó hacia él sin mirar atrás, y el eco de sus pasos fue desvaneciéndose entre las vigas de acero.
El final registrado
Este encuentro terminó con Malenia , Espada De Miquella aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
Crea un héroe capaz de desafiar a Malenia , Espada De Miquella.
Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.
