Una crónica de arena
Radhan , Consorte De Miquella VS bacon
La llanura de ceniza temblaba bajo cada paso de Radhan, Consorte de Miquella. El semidiós gigante de cabello rojo avanzó entre columnas de basalto quebrado, sus dos espadas curvas…


Personajes del relato
La llanura de ceniza temblaba bajo cada paso de Radhan, Consorte de Miquella. El semidiós gigante de cabello rojo avanzó entre columnas de basalto quebrado, sus dos espadas curvas arrastrando surcos gemelos en la tierra muerta. A su espalda, Miquella permanecía en silencio, y ese silencio pesaba más que cualquier grito de guerra: era una promesa de fulgor sagrado contenida, lista para medir lo incorpóreo.
Frente a él, pequeño, absurdo, imposible, bacon se plantó con las botas clavadas en la ceniza. Una tira antropomorfa de tocino cocido, vetas rojas y blancas, la banda desgastada con las letras "bAcon" ceñida a la frente, y en la mano derecha una sartén de hierro fundido con dos huevos fritos dispuestos como una calavera. No retrocedió. Radhan inclinó la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la curiosidad cruzó su rostro colosal.
—Aparta —retumbó su voz, profunda como el desplome de una montaña—. No hay lugar para ti en esta línea.
bacon no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron las espadas, la armadura de león, la figura de Miquella. Cargó el peso en la pierna izquierda, un gesto mínimo, y Radhan lo leyó: aquel ser no iba a huir. La sartén se alzó un centímetro, como escudo. Radhan supo entonces que tendría que aplastarlo.
La gravedad obedeció antes que sus brazos. Radhan cerró el puño y el aire alrededor de bacon se volvió plomo; escombros y fragmentos de basalto se elevaron en espiral, arrancados del suelo por la marea gravitacional. bacon saltó, y sus botas tácticas encontraron una roca flotante, luego otra, trepando la tormenta de piedra con una agilidad que no correspondía a su forma. La sartén silbó al cortar el aire, y los huevos-calavera se mantuvieron firmes en su interior como un estandarte grotesco.
—No pienso romperme —dijo bacon, y su voz tenía la cadencia de un veterano cansado—. No soy un pedazo. Soy todo lo que queda, y eso basta.
Radhan no escuchó las palabras; sintió el peso de ellas. Miquella brilló a su espalda, y el fulgor sagrado se derramó sobre el campo, midiendo lo que no tenía cuerpo, trazando la geometría invisible del enemigo. Radhan levantó ambas espadas curvas, y el cielo respondió: un meteorito descendió rugiendo, no hacia bacon, sino bajo sus pies, para anular el espacio donde una línea podía existir.
bacon lo vio venir. No huyó hacia los lados, donde no había salida. En cambio, abrió la boca y pronunció algo que no era un grito.
—Pacto de los cercenados.
Y en ese instante, Radhan sintió la memoria ajena deslizarse en su mente compartida con Miquella: la certeza de ser indivisible, de ser uno, de ser todos. El golpe no fue físico. Fue el peso de un duelo que no le pertenecía, un dolor ajeno incrustado en su psique sagrada. Por un latido, Radhan dudó. Su conexión con Miquella se tambaleó, y el meteorito se desvió, incrustándose en la llanura a cincuenta pasos, levantando una cortina de ceniza ardiente.
bacon aprovechó ese latido. Corrió por la onda de choque, usando la sartén como escudo contra las esquirlas, y saltó hacia el pecho del gigante. El hierro fundido golpeó la armadura de león con un estruendo metálico, y aunque no la rompió, sí arrancó una placa. Los huevos-calavera se deslizaron, y bacon los atrapó en el aire con la mano libre, apretándolos contra su propio cuerpo como si fueran reliquias.
Radhan rugió. La duda se disolvió, reemplazada por furia. Alzó una espada curva y la descargó, pero bacon ya no estaba donde había estado; las botas lo llevaron bajo el arco del golpe, rodando entre las piernas del coloso. La segunda espada descendió como un alud, y bacon la bloqueó con la sartén. El impacto sonó como el fin de un mundo. El mango de hierro se dobló. bacon voló hacia atrás, rebotó dos veces en la ceniza y se detuvo de rodillas, jadeando, la banda "bAcon" torcida sobre un ojo.
—Eso es todo lo que tienes —dijo Radhan, y no era burla, era reconocimiento—. Un golpe de cocina contra un meteorito.
bacon se puso de pie. La sartén colgaba inútil de su mano; el hierro estaba deformado, el mango a punto de partirse. Miró los huevos-calavera, que milagrosamente seguían intactos, y luego alzó la vista hacia el gigante.
—No necesito la sartén —dijo—. Necesito que escuches.
Y volvió a pronunciar el Pacto de los cercenados, pero esta vez no como ataque, sino como ofrenda. Insertó la memoria del yo indivisible en el fulgor de Miquella, en la línea sagrada que Radhan usaba para medir lo incorpóreo. El dolor ajeno se volvió propio. Radhan sintió, por un instante, lo que era ser un fragmento arrancado de un todo, y esa grieta se abrió en su concentración.
Miquella parpadeó. El fulgor vaciló. Y la gravedad, que Radhan sostenía con voluntad de hierro, se deshizo.
Los escombros que flotaban cayeron como lluvia. El meteorito, aún humeante, se hundió en la llanura. Y Radhan, el Consorte, el semidiós que había anulado ejércitos, sintió por primera vez el peso de su propio cuerpo sin la gravedad que lo sostenía. Cayó de rodillas, y el suelo tembló.
bacon avanzó, cojeando, con los huevos-calavera apretados contra el pecho. No necesitaba matar. Solo necesitaba que el gigante entendiera que un fragmento podía sostenerse solo. Pasó junto a la rodilla colosal de Radhan, y por un momento sus miradas se encontraron: la del semidiós caído y la del tocino que se negaba a desmoronarse.
—Encontraré a los míos —dijo bacon, y siguió caminando hacia el horizonte de ceniza.
Radhan lo vio alejarse. Intentó levantar una mano, invocar la gravedad, recuperar la verticalidad. Pero Miquella permanecía en silencio, y el Pacto de los cercenados seguía reverberando en su psique como una verdad incómoda: incluso un fragmento puede ser entero. La duda lo mantuvo de rodillas. El gigante no volvió a levantarse.
bacon desapareció en la bruma, y la llanura quedó en calma, con un meteorito enterrado y un semidiós arrodillado, mientras el eco de unos huevos fritos en forma de calavera se perdía en el viento.
El final registrado
Este encuentro terminó con bacon aún en pie.
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