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Una crónica de arena

Daran - Vindicator of the order VS Kleber Gabriel

La luz de la tarde caía oblicua sobre el muro blanco, y Daran - Vindicator of the order la midió como había medido cada sombra de cada túnel: sin prisa, sin confianza, con la…

5 min de lecturaPublicado
Daran - Vindicator of the order, a character in Daran - Vindicator of the order VS Kleber GabrielKleber Gabriel, a character in Daran - Vindicator of the order VS Kleber Gabriel

Personajes del relato

Daran - Vindicator of the orderVer la saga del personaje →Kleber Gabriel
La historia

La luz de la tarde caía oblicua sobre el muro blanco, y Daran - Vindicator of the order la midió como había medido cada sombra de cada túnel: sin prisa, sin confianza, con la paciencia de quien sobrevivió bajo tierra porque nunca dejó de contar los latidos del enemigo.

Había llegado por el flanco oeste, saltando entre los pretiles bajos, el cabello bicolor —blanco y rojo— recogido por el viento, la espada curva desnuda y baja, rozando apenas el suelo. Kleber Gabriel, en cambio, había subido por la escalinata central, sin arma, sin armadura, con la chaqueta carmesí intacta y la mirada tranquila de un hombre que ha decidido que la distancia es una forma de poder. Los dos caminos convergieron en la terraza de piedra que dominaba la ciudad, y ninguno de los dos se detuvo por sorpresa. Se habían estado observando desde lejos, cada uno calculando el ritmo del otro, y cuando por fin se encontraron, no hubo gritos ni amenazas.

Solo el viento, y dos formas de entender el combate.

—No necesitas hacer esto —dijo Kleber. Su voz era grave, pausada, con esa cadencia del sur que arrastra las vocales como si pesaran. No dio un paso atrás ni uno adelante. Se quedó plantado, las manos relajadas a los costados, los ojos fijos en el elfo pálido.

Daran no respondió. En la Orden del Guantelete había aprendido que las palabras de un adversario son otro tipo de arma, y que el silencio es a veces la única defensa que no se puede romper. Flexionó las rodillas, giró el torso, y la hoja curva describió un arco lento en el aire, un ensayo, una advertencia.

Kleber lo siguió con la mirada, sin moverse. Cuando Daran dio el primer paso, rápido, buscando el ángulo ciego, el hombre simplemente inclinó el cuerpo, y el filo pasó a un palmo de su pecho. No hubo bloqueo. No hubo contacto. Fue como si Kleber hubiera leído el movimiento antes de que ocurriera, y esa certeza —la de ser leído— heló un instante la sangre del elfo.

Daran retrocedió, respiró, y volvió a medir.

El sol descendía. La sombra del muro crecía, y con ella el terreno de Daran, que era criatura de sombras y de ángulos. Se movió en círculos amplios, obligando a Kleber a girar la cabeza, a seguir con el cuello, con los hombros, con el peso. Pero Kleber no giraba. Se desplazaba con pasos cortos, económicos, siempre de frente, siempre conservando su eje. Cada vez que Daran amagaba una embestida, encontraba un vacío; cada vez que buscaba la juntura del brazo, encontraba una distancia que no había estado allí un segundo antes.

—Eres rápido —admitió Kleber, y no era un elogio, sino un dato. —Pero la velocidad sin dirección es solo ruido.

Daran apretó la mandíbula. Las palabras le recordaron otras voces, otras cadenas, la oscuridad húmeda donde había aprendido que la supervivencia no se negocia. No iba a dejar que un hombre de traje lo redujera a ruido.

Cambió de táctica. Dejó de atacar. Durante casi un minuto entero —un minuto que a Kleber debió parecerle una eternidad de calma tensa— Daran se limitó a moverse, a estudiar el ritmo de la respiración del otro, el parpadeo, el modo en que repartía el peso entre los talones. Recordó el nombre de su propia disciplina: medir al sol. Calcular el centro de la luz y el ritmo del enemigo. No era una técnica de fuerza. Era una técnica de paciencia, y la paciencia era el único lujo que un superviviente podía permitirse.

La luz cambió. El ángulo se abrió. Y Daran vio lo que buscaba: el instante en que Kleber, seguro de su dominio, levantó apenas la mano derecha para señalar el pecho del elfo, un gesto de autoridad, un gesto de quien cree que el otro ya ha perdido.

Ese fue el error.

Daran se deslizó por la sombra del golpe. No hacia atrás, sino hacia dentro, hacia el espacio que la mano alzada había dejado libre. La espada curva trazó una línea ascendente, precisa, y abrió la juntura del brazo con la limpieza de un cirujano. No fue un tajo salvaje; fue una corrección, un ajuste quirúrgico al orgullo de Kleber Gabriel. La sangre brotó oscura sobre la manga carmesí, y por primera vez el hombre de traje perdió el eje. Su rodilla derecha cedió, tocó la piedra, y el peso entero de su autoridad se derrumbó con ella.

Kleber no gritó. Miró la herida, luego a Daran, y en sus ojos no había miedo, sino una especie de reconocimiento resignado. Había subido la escalinata creyendo que la distancia bastaría. No bastó.

—La sombra también tiene su hora —murmuró Daran, con la voz ronca y medida de quien ha sobrevivido a demasiadas noches.

Se irguió sobre el hombre arrodillado, la espada curva aún goteando, y no dio el golpe final. No hacía falta. La victoria estaba ya escrita en la piedra, en la sangre, en la rodilla que no volvería a levantarse. Kleber Gabriel había sido derribado por la única cosa que su compostura no podía controlar: el ritmo de otro. Y Daran, vindicador de la Orden, permaneció en pie bajo el sol que ya se ponía, midiendo la luz, contando los latidos, como siempre había hecho bajo tierra.

El final registrado

Este encuentro terminó con Daran - Vindicator of the order aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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