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Una crónica de arena

Radhan , Consorte De Miquella VS kaelvar

La llanura de Caelid ardía en silencio bajo un cielo de ceniza dorada. Radhan , Consorte De Miquella, avanzaba con paso de montaña, sus dos espadas curvas colgando a la espalda…

5 min de lecturaPublicado
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Personajes del relato

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La historia

La llanura de Caelid ardía en silencio bajo un cielo de ceniza dorada. Radhan , Consorte De Miquella, avanzaba con paso de montaña, sus dos espadas curvas colgando a la espalda como colmillos de un león dormido. Sobre su hombro, Miquella irradiaba una luz tenue que se filtraba entre los pliegues de la armadura. El aire olía a hierro y a hierba chamuscada.

Un detalle lo detuvo. Entre las grietas del suelo, una línea de polvo se levantó en contra del viento, dibujando una trayectoria imposible que ningún vendaval había trazado. Radhan frunció el ceño. Aquella línea no era natural. Era una advertencia, o quizá una firma.

Entonces lo vio.

Kaelvar emergió de la bruma como una sombra que siempre había estado ahí, dos sabres largos —Machias— sujetos con firmeza en cada mano, los vendajes de sus antebrazos manchados de tierra. Sus ojos rojos atravesaron la penumbra y se clavaron en el semidiós sin vacilar. No dijo palabra. No la necesitaba. Su presencia era un muro de silencio que absorbía el rugido del viento.

—Aléjate —tronó Radhan, y su voz hizo vibrar las piedras—. Si buscas muerte, la encontrarás.

Kaelvar dio un paso. Y luego desapareció.

El primer corte llegó desde la izquierda. Radhan alzó una espada curva y lo bloqueó con un golpe que habría partido un árbol, pero Kaelvar ya no estaba allí: había girado sobre su propio eje y el segundo sabre buscaba el hueco bajo la axila del gigante. Radhan torció el torso, sintiendo el filo rozar el metal de su armadura. Chispas doradas saltaron entre ellos.

—Rápido —murmuró el semidiós, y una sonrisa feroz se dibujó bajo su yelmo.

Kaelvar no retrocedió. Sus pies apenas tocaban la tierra antes de impulsarse de nuevo, un torbellino de acero que atacaba en ángulos que desafiaban la lógica. Cada embestida era precisa, económica, sin un solo gesto desperdiciado. Radhan comprendió de inmediato: aquel guerrero no confiaba en la fuerza bruta. Buscaba fallas. Y las encontraba.

El semidiós plantó los pies y levantó ambas espadas hacia el cielo. La gravedad obedeció. El suelo crujió, y los fragmentos de roca que cubrían la llanura comenzaron a elevarse, arrancados de la tierra por una fuerza invisible. Un anillo de escombros flotó alrededor de Radhan como una corona de dientes rotos.

—Entonces te aplastaré con todo lo que queda de este mundo —dijo.

Kaelvar observó los escombros sin que su expresión cambiara. Sus sabres se movieron en un arco lento, midiendo el aire. Cuando la primera roca se lanzó contra él, ya no estaba donde había estado. Cuando la segunda siguió, su acero ya la había partido en dos mitades que cayeron a sus pies sin tocarlo.

Radhan apretó los dientes. Miquella brilló con más fuerza sobre su espalda, y una luz sagrada comenzó a acumularse en las hojas curvas. El semidiós midió lo incorpóreo: la trayectoria de cada respiración de Kaelvar, el peso de cada pisada, el instinto que precedía a cada corte. La luz dorada se derramó por el suelo, trazando un mapa de intenciones.

—No puedes esconderte de la gravedad —rugió Radhan.

Elevó las espadas. Y el cielo respondió.

Un meteorito se abrió paso entre las nubes de ceniza, descendiendo con un rugido que hizo temblar toda la llanura. Radhan lo guio con un ademán, no hacia Kaelvar, sino hacia el suelo bajo sus pies, hacia el espacio mismo donde una línea recta podía existir. Quería borrar la verticalidad. Quería anular el terreno donde el silencio de Kaelvar encontraba su equilibrio.

El impacto fue devastador.

Una explosión de polvo y fuego dorado engulló la llanura. Radhan clavó las espadas en el suelo para no ser arrastrado por la onda expansiva. Durante un instante, todo fue blanco y ensordecedor.

Pero cuando el polvo comenzó a asentarse, una figura emergió de la nube ardiente. Chamuscada, sangrante, pero de pie. Kaelvar. Los vendajes de sus brazos ardían en jirones, y una herida profunda le cruzaba el costado. Sin embargo, sus ojos rojos no mostraban miedo. Mostraban cálculo.

Había usado el propio meteorito. En el instante del impacto, se había impulsado hacia arriba con la onda, usando las rocas flotantes como escalones, y ahora caía desde lo alto, fuera del ángulo muerto de Radhan, con ambos sabres apuntando hacia el punto donde el fulgor sagrado dejaba de cubrir la espalda del semidiós.

Radhan lo sintió antes de verlo. El descenso era imparable. No había tiempo de alzar las espadas. No había tiempo de invocar otro meteorito. Solo había tiempo para una decisión.

Miquella gritó.

La luz dorada estalló desde la espalda de Radhan, no como escudo, sino como látigo. Un torrente de fulgor sagrado se enroscó en el aire y atrapó a Kaelvar en pleno descenso, quemando el acero de sus sabres, frenando su caída.

El Namtab gritó por primera vez. Un sonido seco, corto, como una cuerda que se rompe.

Radhan giró sobre sus talones. Ambas espadas curvas trazaron un arco descendente. Kaelvar, aún envuelto en la luz, intentó torcer el cuerpo para esquivar, pero el espacio ya no estaba de su lado: la onda del meteorito había dejado el suelo en pendiente, y sus pies resbalaron en la ceniza.

Las dos hojas de Radhan se hundieron en sus hombros.

Kaelvar quedó suspendido un instante, clavado en el aire por el acero del semidiós, sus sabres cayendo al suelo con un tintineo apagado. Sus ojos rojos parpadearon una vez, dos veces, y en ellos no había derrota, sino una calma fría, casi de reconocimiento.

—Bien —susurró, apenas audible—. No pudiste ser previsto.

Radhan retiró las espadas y el cuerpo de Kaelvar cayó de rodillas sobre la ceniza. El semidiós lo observó un momento, la respiración agitada, la armadura de león cubierta de polvo y sangre ajena. Miquella volvió a brillar con suavidad sobre su hombro, y la luz dorada empezó a borrar las grietas que el meteorito había abierto en la tierra.

La llanura quedó en silencio. Un silencio distinto: no el de la amenaza, sino el de la conclusión.

Radhan alzó una de sus espadas hacia el cielo y la clavó en el suelo, junto al cuerpo postrado de Kaelvar.

—Que este lugar recuerde —dijo— que ni la precisión más fría puede doblegar a quien sostiene el peso de un dios y la luz de un santo.

Y la ceniza dorada siguió cayendo, cubriendo a los dos guerreros por igual.

El final registrado

Este encuentro terminó con Radhan , Consorte De Miquella aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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