Volver al archivo

Una crónica de arena

Eve VS Moses’ frogs

Plap, Flap y el Rugido que Rompió la Noche La noche caía sobre el terreno rocoso y húmedo como un manto de tinta derramada. Eve permanecía inmóvil, descalza sobre la piedra fría,…

7 min de lecturaPublicado
Eve, a character in Eve VS Moses’ frogsMoses’ frogs, a character in Eve VS Moses’ frogs

Personajes del relato

EveVer la saga del personajeMoses’ frogs
La historia

Plap, Flap y el Rugido que Rompió la Noche

La noche caía sobre el terreno rocoso y húmedo como un manto de tinta derramada. Eve permanecía inmóvil, descalza sobre la piedra fría, con los dedos de los pies aferrados a las grietas mientras su respiración lenta formaba pequeñas nubes de vapor. Su chaqueta blanca abierta colgaba inerte, y sus dientes afilados apenas se dibujaban bajo la línea tensa de sus labios. No era paciencia. Era el silencio anterior a la embestida, el instante en que un depredador mide a su presa antes de que el mundo se convierta en movimiento.

El primer sonido llegó desde la oscuridad: *Plap.*

Eve giró la cabeza. Su oído híbrido captó el eco húmedo contra la roca antes de que sus ojos encontraran la forma. Luego otro. *Flap. Plap. Flap.* Una criatura verde con el vientre blanco y las patas teñidas de naranja saltaba en ángulos imposibles, con las extremidades abiertas como una estrella grotesca, rebotando entre las piedras con una energía que desafiaba toda lógica biológica. Y no venía sola. Detrás de ella, docenas —quizá cientos— de cuerpos idénticos emergían de las grietas húmedas, de los charcos, de las sombras, hasta que la noche entera pareció vibrar con el sonido de mil palmas húmedas golpeando la tierra.

*Plap. Flap. Plap. Flap.*

Eve exhaló por la nariz. Un rugido bajo, gutural, se formó en su garganta, pero no lo liberó. Todavía no. En lugar de eso, retrocedió un paso, sintiendo cómo el agua fría empapaba sus pies descalzos. Las ranas de Moses’ frogs no atacaban con intención de matar, lo cual era precisamente lo que las hacía insoportables: se lanzaban contra su rostro, se enredaban en su cabello negro, rebotaban contra sus hombros con una insistencia que era pura y deliberada molestia. Una de ellas aterrizó sobre su mejilla con un *plap* húmedo, y Eve sintió una vena palpitar en su sien.

—Fuera —gruñó, y su voz sonó como piedras arrastradas bajo el agua.

Sacudió la cabeza con violencia, pero las ranas ya estaban en todas partes. Se adherían a sus brazos, trepaban por su espalda, saltaban desde las rocas más altas para estrellarse contra su coronilla. El aire se llenó de un coro croante, agudo y constante, que perforaba sus oídos sensibles como agujas. *Plap. Flap. Plap. Flap.* El caos no tenía forma ni orden; era una marea verde y naranja que la envolvía desde todos los ángulos.

Eve alzó un brazo para protegerse el rostro y sus dedos encontraron una rama seca, larga y nudosa, que sobresalía entre las rocas. La agarró por instinto. No era un arma elegante, pero el peso y la textura le dieron una idea. En lugar de intentar aplastar a cada rana —un esfuerzo inútil contra una marea semejante—, arrastró la rama por el suelo húmedo, trazando un semicírculo en el barro. Las ranas, atraídas por cualquier objeto en movimiento, comenzaron a seguir la punta del palo, saltando tras él con una sincronía caótica. *Plap. Flap.*

Eve sonrió. Sus colmillos brillaron bajo la luz tenue de la luna.

—Tontas —murmuró.

Durante casi un minuto entero, mantuvo el ritmo: arrastraba la rama hacia un lado, luego hacia el otro, conduciendo a la masa de ranas hacia un estrecho pasaje entre dos paredes de roca. Ellas seguían, embriagadas por su propia agitación, saltando unas sobre otras, apilándose en un enjambre verde que llenaba el hueco como agua en una botella. El sonido se volvió ensordecedor. *PLAP. FLAP. PLAP.*

Eve retrocedió hasta el borde del canal natural. El pasaje era estrecho, pero profundo, con paredes húmedas y resbaladizas que subían a ambos lados. Las ranas de Moses’ frogs seguían entrando, empujándose, saltando contra las paredes, incapaces de detenerse porque su propia naturaleza las impulsaba hacia adelante sin consideración alguna por la trampa. Eran puro apetito de molestar, y ese apetito las había entregado.

Eve soltó la rama.

Durante un instante, el mundo pareció sostenerse en equilibrio. Luego, las ranas que quedaban fuera del canal —una minoría dispersa— saltaron hacia ella desde las rocas, y Eve supo que era el momento.

Plantó ambos pies sobre la piedra mojada. Sus músculos se tensaron bajo la piel pálida, y algo antiguo y salvaje despertó en su pecho, algo que no pertenecía ni al vampiro ni al licántropo, sino a la fusión prohibida de ambos. Abrió la boca.

Y rugió.

No fue un grito. Fue una Sentencia del Acechador, un rugido híbrido que desgarró la noche como una cuchilla de hierro. La onda de choque salió de su garganta y golpeó las paredes del canal con una fuerza que hizo vibrar la roca misma. Las ranas que saltaban hacia ella fueron lanzadas hacia atrás, sus cuerpos verdes girando en el aire antes de estrellarse contra las piedras. Pero lo peor —o lo mejor— estaba dentro del pasaje: el rugido rebotó entre las paredes estrechas, amplificándose, multiplicándose, convirtiendo el canal en una caja de resonancia infernal. Las ranas atrapadas dentro enloquecieron. Sus propias vibraciones, sus propios saltos, se volvieron contra ellas. El sonido las aturdió, las desorientó, y en su frenesí comenzaron a saltar contra las paredes resbaladizas, rebotando, cayendo unas sobre otras, formando una masa húmeda y confusa que ya no podía escapar.

Eve avanzó. Sus garras —uñas que se habían alargado hasta convertirse en cuchillas sobrenaturales— brillaban bajo la luna. Cerró los puños alrededor de la rama caída, que ahora servía como una barrera, y la empujó sobre la entrada del canal. No era una prisión perfecta, pero era suficiente. Las ranas que intentaban salir chocaban contra la madera y caían de vuelta al fondo.

Entonces, Eve saltó.

Aterrizó sobre el borde superior de una de las paredes rocosas, agachada, con los ojos brillando. Desde allí podía ver el caos que había creado: cientos de ranas atrapadas en el canal, saltando sin dirección, golpeándose unas a otras, sus *plaps* y *flaps* ahora descoordinados y frenéticos. El sonido ya no era una molestia organizada; era el estertor de una marea rota.

Una última rana, la más grande, la que había liderado el ataque inicial, logró trepar por la pared del canal. Eve la vio venir. No se movió. Esperó a que la criatura estuviera a un palmo de su rostro, con sus grandes ojos redondos reflejando la luz de la luna, y entonces cerró la mano alrededor de su cuerpo verde.

*Plap.* El sonido fue débil esta vez, casi patético.

Eve la sostuvo frente a su cara, sintiendo el corazón diminuto latir contra su palma. La rana pataleó, sus patas naranjas rozando el aire, pero no había fuerza en sus movimientos. Su mirada no mostraba miedo —las ranas de Moses’ frogs no conocían el miedo—, solo una obstinación vacía que Eve encontró casi admirable.

—Ya basta —dijo Eve. Su voz sonó ronca, gastada por el rugido, pero firme.

Cerró la mano. No con fuerza suficiente para matar, sino para inmovilizar. Luego miró hacia el canal, donde el resto de la horda seguía atrapada, y luego hacia el horizonte, donde el cielo comenzaba a teñirse de un gris pálido. La noche estaba terminando. Las ranas que quedaban libres —unas pocas docenas— habían huido hacia las sombras, dispersadas por el rugido, perdidas en el terreno rocoso.

Eve saltó del borde y aterrizó con suavidad sobre la piedra húmeda. Abrió la mano y dejó caer a la rana líder al suelo. La criatura quedó allí, aturdida, sus patas naranjas temblando ligeramente. No se movió. Por primera vez en toda la noche, el *plap* y el *flap* habían cesado.

Eve se irguió, respirando profundamente. El aire frío le llenó los pulmones y el silencio —un silencio real, no el preludio de otra embestida— le pareció el regalo más preciado que había recibido en mucho tiempo. Se pasó una mano por el cabello desordenado, apartando los restos de humedad y barro, y miró el canal una última vez. Las ranas seguían allí, atrapadas, agotadas, sus cuerpos verdes formando una alfombra inmóvil en el fondo de la roca.

No las había matado. No era necesario. La Sentencia del Acechador había hecho exactamente lo que su nombre prometía: había desgarrado sus defensas —su movilidad, su caos, su capacidad de molestar— y las había dejado indefensas. La batalla no había sido una masacre, sino una lección: el caos sin propósito no puede vencer a la ferocidad con dirección.

Eve giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el amanecer, descalza sobre la roca, con la chaqueta blanca flameando suavemente a su espalda. Detrás de ella, el canal permanecía en silencio. Solo una rana, la más pequeña de todas, logró escapar por una grieta y saltó tras ella con un último *plap* débil.

Eve no se volvió. Sonrió.

—Mañana, si quieres —dijo, sin detenerse.

Y siguió caminando, dejando atrás la noche, el rugido y la marea verde que había intentado —y fallado— hacerla perder la cabeza.

El final registrado

Este encuentro terminó con Eve aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

¿Cambiarías este final?

Crea un héroe capaz de desafiar a Eve.

Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.

Seguir leyendo

Estos personajes vuelven en otras historias

Envía otro héroe al archivo

Cada historia empieza con un personaje que alguien imaginó.

Sigue leyendo o crea en PicWar un nuevo personaje desde un dibujo o una imagen.

Crear un personaje