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Una crónica de arena

Radhan , Consorte De Miquella VS guardia de la vida

La llanura dorada se extendía hasta donde la vista alcanzaba, un mar de hierba mecida por un viento que no traía consuelo. En el centro de aquel vacío, la figura de Radhan,…

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Personajes del relato

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La historia

La llanura dorada se extendía hasta donde la vista alcanzaba, un mar de hierba mecida por un viento que no traía consuelo. En el centro de aquel vacío, la figura de Radhan, Consorte de Miquella, se alzaba como una montaña de músculo y acero. Su cabello rojo flameaba, y la armadura de león que ceñía su torso parecía respirar con él. A su espalda, una luz tenue, casi imperceptible, palpitaba: Miquella, silencioso, observaba.

A una distancia que cualquier humano consideraría segura, el guardia de la vida plantó los pies en la tierra. El joven de cabello negro y armadura de gladiador no retrocedió. Su capa blanca ondeó, y su voz, firme y disciplinada, cortó el aire.

—No daré un paso atrás. Este lugar está bajo mi protección.

Radhan inclinó la cabeza, y su voz profunda resonó como el desmoronamiento de una montaña.

—Tu deber es admirable, guardia. Pero la gravedad no negocia.

El silencio que siguió fue un campo de batalla en sí mismo. El guardia de la vida estudió a su oponente: la postura, las dos espadas curvas, la forma en que el suelo parecía ceder bajo las botas del semidiós. Sabía que la distancia era su única aliada. Radhan, por su parte, midió al humano con la paciencia de quien conoce el peso de cada segundo. Miquella susurró algo inaudible, y el fulgor dorado se intensificó apenas.

El primer movimiento no fue un ataque, sino una prueba. Radhan levantó una mano, y una docena de rocas emergieron del suelo, flotando en un círculo irregular. El guardia de la vida no esperó. Corrió hacia un flanco, obligando a Radhan a girar, y el semidiós lo siguió con la mirada. La distancia se estiraba y se comprimía como una cuerda tensa.

—¿Crees que puedes cansarme? —preguntó Radhan, y en su tono había algo cercano a la diversión—. He sostenido estrellas en mis manos.

—No pretendo cansarte —respondió el guardia, plantándose de nuevo, esta vez más cerca—. Pretendo que cometas un error.

Radhan alzó ambas espadas y la gravedad a su alrededor se distorsionó. Las rocas cayeron como una lluvia seca, y el guardia rodó, esquivando por márgenes imposibles. El polvo se levantó en columnas. Cuando la visibilidad se redujo, el joven emergió por la izquierda, cubriendo la distancia con zancadas largas. Quería el cuerpo a cuerpo, donde la armadura pesada y su entrenamiento pudieran marcar la diferencia.

Radhan lo permitió. Quería ver de qué estaba hecho aquel protector.

El choque fue brutal. Las espadas curvas descendieron, y el guardia las recibió con los brazales, desviando una y encajando la otra contra el hombro metálico. El impacto lo hizo retroceder tres pasos, pero no cayó. Contraatacó con el codo, buscando las costillas del semidiós, y encontró la armadura de león. Radhan lo apartó con un empujón que envió al humano a rodar por la hierba.

—Bien —dijo Radhan—. No eres blando.

—Y tú no eres invencible —jadeó el guardia, poniéndose de pie.

Fue entonces cuando Radhan decidió terminar con la prueba. Borrar la Verticalidad no era un simple ataque; era una negación del espacio. Elevó los escombros con un gesto amplio, y el fulgor de Miquella se derramó sobre ellos, midiendo lo incorpóreo, trazando líneas invisibles. El guardia de la vida sintió el cambio en el aire: una presión descendente, como si el cielo mismo quisiera aplastarlo.

—No puedes esquivar lo que no tiene dirección —declaró Radhan.

Un meteorito se formó bajo los pies del guardia, no desde arriba, sino desde abajo, anulando la línea donde su postura podía existir. El suelo se abrió en un cráter incandescente. El guardia saltó por instinto, pero la onda expansiva lo alcanzó de lleno, lanzándolo por los aires con la capa hecha jirones.

Radhan no sonrió. Observó el cuerpo ascendente, calculando. Sabía que un guerrero como aquel, incluso herido, aprovecharía la altura para atacar. Y así fue.

El guardia de la vida, sangrando por el labio y con el hombro izquierdo ardiendo de dolor, se retorció en el aire y descendió con los puños por delante, buscando la cabeza del semidiós. Era un último acto de fe en su deber, un golpe cargado de toda su voluntad.

Radhan alzó una mano. La luz de Miquella se condensó en un látigo dorado que serpenteó en el aire y se enrolló alrededor del guardia, inmovilizándolo a un palmo del rostro del semidiós. El joven quedó suspendido, los músculos tensos, los ojos abiertos con furia y desesperación.

—Tu vigilancia ha terminado —dijo Radhan.

Con un movimiento fluido, las dos espadas curvas trazaron un arco descendente. El látigo dorado mantuvo al guardia en su lugar, y las hojas encontraron su objetivo con la precisión de una sentencia. El impacto fue definitivo; la armadura de gladiador se abrió, y el guardia de la vida cayó al suelo, inmóvil, su capa blanca manchada de tierra y rojo.

Radhan permaneció de pie sobre el cráter humeante, las espadas goteando. Miquella brilló a su espalda, y el semidiós bajó la mirada hacia el joven caído.

—Protegiste hasta el final —murmuró—. Eso es más de lo que muchos pueden decir.

El viento borró las huellas de la lucha, pero el cráter permaneció, testimonio de una gravedad que no perdona.

El final registrado

Este encuentro terminó con Radhan , Consorte De Miquella aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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