Una crónica de arena
Michael VS Kratos
La niebla se aferraba a las columnas rotas como un sudario húmedo, y Michael la atravesó con el peso muerto de sus pies descalzos sobre la piedra. Sus garras rasparon el mármol al…


Personajes del relato
La niebla se aferraba a las columnas rotas como un sudario húmedo, y Michael la atravesó con el peso muerto de sus pies descalzos sobre la piedra. Sus garras rasparon el mármol al subir los escalones que conducían al nivel superior del templo en ruinas; cada peldaño crujía bajo su masa, y el eco descendía hasta el hombre que aguardaba abajo, inmóvil entre sombras.
Kratos no levantó la vista de inmediato. Solo giró la cabeza lo justo para que la luz azulada del filo de su hacha —el *Leviathan*— dibujara una curva fría en el aire cargado. Los mechones oscuros le cubrían la frente, y el tatuaje rojo que trepaba por su brazo parecía latir con una vida propia bajo la piel curtida.
Michael gruñó. Fue un sonido gutural, húmedo, arrancado del fondo de una garganta que no conocía otro idioma. Sus mandíbulas prominentes se separaron, dejando ver hileras de dientes afilados, y el vapor de su aliento se disolvió en la bruma mientras descendía los últimos metros con agilidad imposible para su corpulencia.
El primer choque no fue un intercambio. Fue una embestida.
Michael se lanzó desde el borde de la plataforma elevada, y su sombra cubrió a Kratos un instante antes de que las garras cayeran. El espartano alzó el hacha en diagonal; el impacto hizo vibrar el mango y desvió las garras hacia una columna, que estalló en esquirlas. Michael aterrizó de costado, giró sobre la piedra resbaladiza y volvió a saltar, encadenando un tajo ascendente que buscaba el cuello.
Kratos retrocedió un paso, solo uno. El filo azul interceptó el segundo golpe, y las chispas iluminaron brevemente los rostros: el del monstruo, bestial y sin miedo; el del hombre, endurecido por una guerra que no recordaba haber comenzado.
—Eres fuerte —murmuró Kratos. Fue casi un cumplido. Su voz era grave, lenta, como piedra arrastrada sobre piedra.
Michael no respondió con palabras. Respondió con velocidad. Sus reflejos se aceleraron, y de pronto el aire se llenó de garras: un zarpazo al pecho, otro a las piernas, otro más a la cabeza. Kratos bloqueaba, desviaba, absorbía. El hacha trazaba arcos amplios, y cada golpe suyo hacía temblar el suelo. Pero Michael era más rápido, y sus garras encontraron piel más de una vez, abriendo surcos en la armadura de cuero y en el antebrazo del espartano.
Kratos observó la sangre que goteaba de su brazo. No la limpió. La dejó correr.
Entonces Michael comprendió, demasiado tarde, lo que aquel hombre estaba haciendo.
El aire cambió. La sangre de Kratos se derramó sobre la piedra y, al tocar el suelo, liberó un residuo alquímico antiguo, un veneno que mataba dioses. Una aura tóxica se expandió desde sus pies, corrompiendo el espacio mismo. Michael la sintió en el instante en que sus garras volvieron a descender: el poder que latía bajo su piel —aquella forma híbrida que maximizaba su fuerza sin deformarlo, aquella regeneración que siempre lo había devuelto entero— comenzó a fracturarse. El flujo sobrenatural que recorría sus tendones se volvió errático, como un río desviado por un derrumbe.
Michael gruñó, y esta vez el gruñido tenía un matiz distinto: confusión. Sus golpes perdieron la precisión encadenada. La velocidad seguía ahí, pero el poder detrás de ella se deshilachaba.
Kratos avanzó.
Uso el hacha con ambas manos ahora, y el filo azul describió una media luna descendente que Michael apenas desvió con el antebrazo. El impacto le hizo retroceder hasta el borde de la plataforma inferior. La niebla se arremolinó alrededor de sus pies descalzos, y por un instante Michael vio el desnivel a su espalda: tres metros de caída hasta las losas rotas del nivel inferior, donde las columnas caídas formaban un laberinto de piedra.
Saltó. No hacia atrás, sino hacia arriba, buscando la ventaja de la altura. Sus garras se clavaron en el borde de una cornisa a media pared, y desde allí se impulsó hacia Kratos, descendiendo como un alud de músculo y furia.
Kratos no se movió.
Esperó.
Cuando Michael estuvo en el aire, en el punto exacto donde ni la gravedad ni su propia velocidad podían ayudarlo, Kratos alzó el hacha y la giró. El filo azul atravesó el aire, y el aura tóxica que emanaba de su sangre se concentró en la hoja. El golpe no buscó cortar el cuerpo de Michael: buscó cortar el poder que lo sostenía.
La hoja golpeó el pecho de Michael y el residuo alquímico se hundió en él como un veneno inyectado directamente en un nervio. La forma híbrida se rompió. Michael cayó a plomo sobre la plataforma, y esta vez no se levantó con la misma velocidad. Sus brazos temblaron. Sus garras arañaron la piedra sin encontrar agarre, y el flujo regenerativo que siempre lo había salvado se apagó bajo el veneno que mataba dioses.
Kratos se acercó. No había prisa en sus pasos. La niebla se apartaba de él como si también temiera al hombre que sangraba a propósito.
Michael intentó un último zarpazo. Fue lento. Kratos lo desvió con el mango del hacha y luego, con un movimiento seco y sin ceremonia, clavó el filo azul en el hombro de la criatura, inmovilizándola contra las losas. Michael rugió —un sonido que ya no tenía poder, solo dolor— y sus dientes chasquearon en el aire vacío.
Kratos se inclinó sobre él. La luz azul del hacha iluminaba la sangre que manaba de su propio brazo, y el tatuaje rojo parecía absorber aquella luz.
—Los monstruos también caen —dijo.
Retiró el hacha. Michael quedó tendido entre los escombros, la respiración pesada y entrecortada, las garras abiertas sobre la piedra fría. La niebla volvió a cerrarse sobre el templo, y en el silencio que siguió solo quedó el goteo lento de la sangre de Kratos sobre el mármol, y el jadeo roto de una bestia que había creído que la fuerza bastaba.
Michael había dominado cada intercambio hasta que su propio poder fue corrompido. Y en el instante en que su regeneración falló, la balanza se inclinó para siempre: no por un golpe más fuerte, sino por un veneno que deshizo lo que lo hacía invencible.
El final registrado
Este encuentro terminó con Kratos aún en pie.
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