Volver al archivo

Una crónica de arena

Michael VS Vaelora, la Forjadora de Niebla

La niebla ya estaba teñida de rojo cuando Michael comprendió que aquello no sería una cacería. Los fragmentos de luz dorada flotaban inmóviles en el aire nocturno, suspendidos como…

5 min de lecturaPublicado
Michael, a character in Michael VS Vaelora, la Forjadora de NieblaVaelora, la Forjadora de Niebla, a character in Michael VS Vaelora, la Forjadora de Niebla

Personajes del relato

MichaelVer la saga del personajeVaelora, la Forjadora de Niebla
La historia

La niebla ya estaba teñida de rojo cuando Michael comprendió que aquello no sería una cacería.

Los fragmentos de luz dorada flotaban inmóviles en el aire nocturno, suspendidos como polillas ahogadas en ámbar. Michael los atravesó con un zarpazo, y su garra pasó de largo por donde debería haber estado el cuerpo de su enemiga. Otra vez. La niebla se cerró sobre su muñeca como agua helada, y él la arrancó con un gruñido que hizo vibrar el suelo de piedra bajo sus pies descalzos.

—Pelea —escupió, y las palabras salieron entrecortadas, más bestia que hombre—. Deja de… flotar.

Vaelora, la Forjadora de Niebla, no descendió. Sus alas —mitad pluma, mitad vaho— se abrieron con un susurro de tormenta lejana, y su rostro sin rasgos se inclinó apenas, como un astro que decide observar por primera vez a un insecto.

—No huyo —respondió ella. La voz no venía de su garganta, sino de todas partes: del viento, del zumbido grave de algo que giraba muy lejos—. Trazo. Tejo. Forjo. La niebla que respiras ya es mía.

Michael sintió el peso entonces. El aire le entraba espeso, dulce, un plomo invisible que se le adhería a los pulmones. Había empezado hacía minutos, cuando la persiguió hasta aquel risco bajo el cielo de auroras, y la cólera le había impedido notarlo. Cada zarpazo suyo había rasgado vapor y nada más, mientras la Forjadora giraba suavemente la punta de su bastón dorado, y de aquel gesto brotaban espirales de polvo estelar que se enroscaban en torno a sus tobillos.

Michael cayó de rodillas.

—No —jadeó.

—Sí —dijo Vaelora—. La fuerza bruta dispersa el caos; yo lo convierto en orden. Tu furia es desorden puro, criatura. Y el desorden, ante mí, se vuelve luz.

Era cierto. Michael lo vio con una claridad brutal, animal: los jirones de niebla que él mismo había arrancado a zarpazos no se disipaban, sino que brillaban un instante y regresaban más densos, más duros, más obedientes a ella. Cada golpe suyo la alimentaba. La Forjadora no esquivaba por miedo; recolectaba. Sus alas lo rodeaban ahora en un lento remolino, y la luz dorada del bastón descendía sobre su nuca como una lanza que aún no había decidido caer.

—Arrodíllate —dijo ella, sin crueldad—. Y terminará.

Michael escupió sangre sobre la piedra. Su mandíbula prominente se abrió en una sonrisa torcida, y los colmillos a la luz de la luna parecieron pequeños puñales.

—No… entiendes… lo que soy.

Y entonces dejó de resistirse.

En lugar de arrancarse la niebla de los pulmones, la inhaló. Toda. El veneno dulce, la luz tejida, el peso del cielo entero que ella había vertido en su garganta: lo bebió como un pozo bebe la lluvia. La forma híbrida despertó dentro de él sin cambiar su tamaño: los tendones se le tensaron bajo la piel grisácea, las garras crecieron un dedo más, y la regeneración que siempre lo había salvado empezó a trabajar a un ritmo suicida, quemando su propio cuerpo para neutralizar la niebla más rápido de lo que ella podía tejerla.

Vaelora vaciló. Por primera vez, sus alas se detuvieron.

—Eso… no es orden —murmuró—. Eso es…

—Es hambre —rugió Michael.

Saltó.

No hacia ella, sino hacia el risco. Sus garras se hundieron en la roca y arrancaron un bloque entero, y con un giro de hombros lo lanzó contra el remolino de niebla dorada. El impacto no la alcanzó —nada la alcanzaba— pero la onda de polvo y esquirlas atravesó las espirales y las desgarró, y por un instante el tejido de luz se rompió como una tela mal urdida. Michael ya estaba dentro de la brecha antes de que se cerrara.

Ahora sí. Sin niebla entre ellos. Solo el aire, el risco y el cielo.

La Forjadora alzó el bastón, y la luz dorada se condensó en una lanza de estrellas que silbó hacia su pecho. Michael no la esquivó. Bajó el hombro y la recibió, y la lanza le abrió un surco humeante desde la clavícula hasta la cadera: un precio que pagó sin gritar, porque su cuerpo ya ardía en regeneración y cada herida era, para él, un segundo más de vida. La lanza se disipó en su carne. La niebla que la componía se volvió suya, y suya era la fuerza que la sostenía.

Vaelora retrocedió en el aire. Sus alas batieron, buscando altura, buscando distancia, buscando tiempo para volver a tejer.

Michael no le dio tiempo.

Se impulsó desde la roca con las cuatro extremidades, un proyectil de músculo y furia, y sus garras cerraron sobre el borde del ala derecha. La niebla- pluma cedió, y por un instante —un solo instante— hubo algo sólido bajo sus dedos: el hueso del ala, tan real como el suyo. La Forjadora gritó, y el grito sonó a viento rasgado, a cuerda de arpa rota.

—¡Suéltame!

—Te tengo —dijo Michael.

Y tiró.

Arrancó hacia abajo con toda la fuerza que le quedaba, y la arrastró consigo. Vaelora cayó del cielo como una estrella apagada, y el impacto contra la piedra quebró su vuelo, su bastón rodó lejos entre las esquirlas, y por primera vez su forma translúcida se volvió casi opaca, casi humana, casi vulnerable. La luz dorada parpadeó y se extinguió.

Michael se alzó sobre ella, jadeando, goteando su propia sangre y la niebla robada. Sus ojos bestiales la miraron desde arriba.

—El orden —gruñó— se rompe igual que todo lo demás.

Vaelora alzó una mano temblorosa, y por un momento el aire a su alrededor volvió a brillar, débil, tercamente bello, intentando una última vez convertir el caos en luz. Michael bajó la garra.

El brillo se apagó antes de tocar el suelo.

La niebla se disolvió sin dueño, arrastrada por el viento de la aurora, y sobre el risco solo quedó un hombre de piel grisácea respirando bajo la luna, con las garras goteando luz muerta. La Forjadora yacía inmóvil, su forma medio deshecha, y el cielo nocturno —por primera vez en toda la pelea— pareció oscuro y simple.

Michael escupió. No dijo nada. No hacía falta.

El final registrado

Este encuentro terminó con Michael aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

¿Cambiarías este final?

Crea un héroe capaz de desafiar a Michael.

Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.

Seguir leyendo

Estos personajes vuelven en otras historias

Envía otro héroe al archivo

Cada historia empieza con un personaje que alguien imaginó.

Sigue leyendo o crea en PicWar un nuevo personaje desde un dibujo o una imagen.

Crear un personaje