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Una crónica de arena

Cheetah VS bacon

La luz del atardecer caía oblicua sobre el patio de piedra, y Cheetah ya lo sabía todo sobre su presa antes de que esta diera un solo paso. El viento traía el olor a hierro…

6 min de lecturaPublicado
Cheetah, a character in Cheetah VS baconbacon, a character in Cheetah VS bacon

Personajes del relato

CheetahVer la saga del personajebacon
La historia

La luz del atardecer caía oblicua sobre el patio de piedra, y Cheetah ya lo sabía todo sobre su presa antes de que esta diera un solo paso. El viento traía el olor a hierro fundido, a grasa quemada, a algo que había sido víscera y ahora caminaba. La felina permanecía inmóvil sobre la cornisa baja, la cola rayada describiendo lentos arcos en el aire, los ojos azules fijos en la figura que avanzaba entre los arcos derruidos: un jirón de tocino antropomorfo, rojo y blanco, con un pañuelo raído ceñido a la frente y una sartén de hierro colado colgando de la mano derecha, dentro de la cual dos huevos fritos formaban una calavera pálida.

Bacon no corría. Caminaba con la cadencia pesada de quien ha aprendido que cada paso puede ser el último. La bandolera de munición le cruzaba el pecho; la cartuchera táctica, con la huella de una zarpa bordada, le golpeaba el muslo a cada zancada de sus botas de combate. Se detuvo a treinta pasos y alzó la sartén como un escudo.

—No tengo nada contra ti, felina —dijo, con voz ronca y firme—. Solo busco a los míos. Aparta.

Cheetah no respondió. Se dejó caer de la cornisa y el impacto de sus pies en la piedra resonó como un latigazo. En ese instante, el mundo se organizó en su percepción: las mallas de luz que tejían el aire entre ambos, esas redes invisibles de intención y movimiento que todo combatiente proyecta antes de atacar. Cheetah las leyó como se lee un río antes de cruzarlo. Vio la pausa. Ese silencio mínimo entre latido y latido, entre la decisión de bacon y su ejecución.

Se lanzó.

El primer ataque no fue un golpe, fue una desaparición. Cheetah atravesó la distancia en tres zancadas que apenas tocaron el suelo, y en el instante exacto de la pausa silenciosa de las mallas enemigas, se coló por el hueco. Bacon giró la sartén con reflejos de superviviente, pero ya era tarde: las garras de la felina trazaron dos surcos paralelos en su costado izquierdo, arrancando jirones de grasa crujiente. El tocino retrocedió tambaleándose, y los huevos de la sartén temblaron como un cráneo a punto de desmoronarse.

—Rápida —gruñó bacon, y por primera vez algo parecido a la admiración cruzó su rostro chamuscado—. Pero no lo suficiente para lo que viene.

Cheetah ya estaba de nuevo en movimiento, describiendo un arco amplio alrededor del patio. Su plan era simple y letal: fatigar, desestabilizar, cortar. Cada pasada arrancaba una nueva tira de carne cocida; cada esquiva dejaba a bacon golpeando el aire con su sartén. La felina era un relámpago dorado entre las columnas, y el patio empezó a responder a su presencia: la grava se desplazaba bajo sus pies, el polvo dibujaba la estela de sus giros, y las sombras de los arcos se alargaban como garras sobre la piedra.

Pero entonces Bacon hizo algo que Cheetah no había previsto.

Dejó de atacar. Bajó la sartén. Y en lugar de responder al movimiento, respondió a la memoria.

—Escúchame —dijo, y su voz ya no era la de un guerrero, sino la de un hermano—. Yo era parte de algo. Un familiar. Una mesa. Una familia. Me cortaron, me separaron, me arrancaron de chops, de belly, de todos los míos. Y aun así sigo entero por dentro. Eso es lo que tú no entiendes, felina. Tú cazas sola. Yo soy un pedazo que se niega a olvidar que fue un todo.

El aire cambió. Cheetah lo sintió como un peso en el pecho, una presión que no venía de fuera sino de dentro. Las mallas de luz que había estado leyendo con tanta precisión empezaron a vibrar con una frecuencia distinta, y en esa vibración se colaron imágenes que no eran suyas: una cocina, un cuchillo, una mesa vacía, el llanto de algo que había sido indivisible y ya no lo era.

Era el Covenant of the Severed. Bacon no había lanzado un golpe. Había insertado una memoria —la memoria del yo indivisible— directamente en la psique compartida del campo de batalla, y esa memoria pesaba como una losa.

Cheetah frenó en seco, y el frenado le costó más de lo que cualquier herida habría costado. Sus patas resbalaron sobre la grava; su cola se tensó buscando equilibrio; sus ojos azules, siempre tan precisos, parpadearon. Durante un instante terrible, la felina no vio a bacon: vio todo lo que había perdido sin saber que lo había perdido. Vio la manada que nunca tuvo, la familia que la caza le había negado, la soledad que había convertido en virtud sin darse cuenta de que también era una herida.

El dolor no era físico. Era peor.

Y en ese instante de grieta interior, bacon avanzó.

No corrió. Caminó con la determinación de quien ya no teme perder nada, porque ya lo perdió todo. La sartén de hierro colado silbó en el aire y Cheetah, todavía atrapada en la marea de una memoria ajena, no pudo esquivarla del todo. El golpe la alcanzó en el hombro y la lanzó rodando por la piedra. El impacto fue brutal, pero lo que de verdad la derribó fue el peso de aquella verdad compartida: la de que ser un fragmento duele más que morir.

Cheetah intentó levantarse. Sus garras arañaron el suelo. Buscó las mallas de luz, pero ya no eran las mismas: bacon las había saturado con su propia memoria, y ahora cada pausa silenciosa estaba llena de un eco que la felina no podía atravesar sin llevarse consigo el dolor de otro. Su mayor ventaja —la lectura del instante exacto— se había convertido en su trampa.

—Lo siento —dijo bacon, y lo decía en serio—. Pero tengo que seguir buscando a los míos.

Alzó la sartén por última vez. Cheetah, desde el suelo, lo vio venir con la claridad del predador que reconoce el final de la cacería. No había hueco. No había pausa. Solo el peso de una memoria que no era suya y un golpe que sí lo sería.

El hierro colado descendió. Los huevos fritos, la calavera pálida, brillaron un último instante bajo la luz naranja del atardecer.

Y luego, silencio.

Bacon bajó la sartén, respiró hondo y miró el cuerpo inmóvil de la felina dorada. No dijo nada más. Se ajustó la bandolera, comprobó que la huella de zarpa seguía bordada en su cartuchera, y reanudó su camino hacia la puerta del patio, hacia los suyos, hacia chops y belly y todos los que aún lo esperaban en algún lugar del mundo.

Cheetah, tendida sobre la piedra, seguía oyendo el eco de una mesa vacía. Y por primera vez en su vida, entendió que hay presas que no se cazan: se cargan.

El final registrado

Este encuentro terminó con bacon aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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