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Una crónica de arena

Cheetah VS Danica, Cyber warrior

El aire del antiguo mercado de Chimeria olía a óxido y a lluvia vieja. Cheetah lo sabía porque su nariz separaba cada capa: el metal húmedo de las arcadas derrumbadas, el polvo de…

4 min de lecturaPublicado
Cheetah, a character in Cheetah VS Danica, Cyber warriorDanica, Cyber warrior, a character in Cheetah VS Danica, Cyber warrior

Personajes del relato

CheetahVer la saga del personajeDanica, Cyber warrior
La historia

El aire del antiguo mercado de Chimeria olía a óxido y a lluvia vieja. Cheetah lo sabía porque su nariz separaba cada capa: el metal húmedo de las arcadas derrumbadas, el polvo de los toldos desgarrados, el rastro eléctrico, limpio y frío, de la guerrera que la esperaba bajo la cúpula rota del centro comercial.

Danica, Cyber warrior, no se movió cuando Cheetah entró. Solo giró la cabeza, y el zumbido de sus visores llenó el silencio con una nota aguda, casi insolente.

—SYNC 98%. Crafting mode: ON —murmuró, y de su espalda emergió un instante la silueta translúcida de una mujer con armadura dorada y una espada de luz. Un holograma. Un fantasma de datos.

Cheetah no respondió. Bajó el centro de gravedad, la cola larga y rayada trazando un arco lento tras ella. Los músculos dorados, moteados de negro, se tensaron bajo la piel. No había miedo en sus ojos azules. Había cálculo. La cacería empezaba.

Danica atacó primero. El brazo derecho, negro y naranja, se encendió con vetas de energía y cortó el aire donde Cheetah había estado medio segundo antes. El golpe partió una columna de hormigón; los fragmentos cayeron como granizo. Cheetah ya estaba en la pared lateral, corriendo en vertical, garras arrancando chispas de la piedra.

—Rápida —dijo Danica, sin admiración. Solo un dato.

Disparó. No un arma: el holograma dorado proyectó una espada de luz azul que cruzó el espacio como un relámpago horizontal. Cheetah se dejó caer de espaldas al vacío, y la hoja le pasó a un dedo del pecho. Rodó al tocar el suelo, se impulsó con las cuatro extremidades y salió disparada hacia Danica en una línea recta, recta como un cuchillo.

Clavó las garras en el armazón del brazo izquierdo. El metal chirrió. Las chispas saltaron. Danica giró la muñeca y el fuego pixelado del guante estalló, obligando a Cheetah a retroceder con un aullido corto —no de dolor, sino de irritación. Peligro reconocido.

—No puedes ganar por velocidad sola —dijo Danica, y su voz salió con un chasquido de datos al final—. Yo también calculo.

Era cierto. Cada salto de Cheetah encontraba una respuesta: una barrera de energía, un puñetazo que sellaba la trayectoria, una espada holográfica que cortaba el ángulo de escape. Danica no perseguía; predecía. Los visores oscuros seguían el rastro del felino como dos ojos sin alma, y la mujer dorada de la espalda empezaba a sincronizarse, moviéndose en eco con cada golpe.

Cheetah lo entendió de pronto, con la claridad brutal de un depredador que aprende a leer a su presa: no eran los brazos. Ni las espadas. Era el ritmo. Las mallas de luz que Danica tejía alrededor del espacio tenían una cadencia, un compás eléctrico que subía y bajaba, y en cada compás había un instante —un solo instante— de silencio absoluto, una pausa justo antes de que la energía se recargara.

Silencio entre Latidos.

Cheetah dejó de atacar. Empezó a escuchar. El zumbido. El chasquido. El latido eléctrico de las mallas. Y esperó.

Danica lo notó y frunció el ceño. Lanzó una combinación brutal: puño derecho, barrido de energía, la espada dorada descendiendo en vertical. Cheetah esquivó todo con una fluidez imposible, sin devolver un solo golpe, solo leyendo, leyendo, leyendo.

—¿Huyes? —escupió Danica.

Y entonces el protocolo se disparó. La violación de datos en su sistema —el patrón roto de Cheetah, que no seguía ninguna lógica de combate— activó la respuesta de emergencia. Протокол: Примусове Злиття. La mujer dorada dejó de ser espectro y se condensó en forma física, un eco sólido y ardiente. Las ondas de sonido del mercado se rompieron como cristal. El brazo mecánico se cargó con toda la fuerza de la sincronización.

El golpe venía. Crítico. Definitivo.

Y en ese momento, justo ahí, las mallas de luz callaron.

El silencio entre latidos.

Cheetah atravesó la pausa. No esquivó hacia atrás: se lanzó hacia adelante, hacia el pecho de Danica, con toda la velocidad que su cuerpo había estado guardando. Las garras encontraron el punto donde la armadura derecha se unía al torso, el único hueco entre las placas. Y en el instante en que la energía de Danica estaba entre un latido y el siguiente —recargando, indefensa—, Cheetah giró el cuerpo entero y golpeó con la fuerza brutal de una fiera que ha dejado de huir.

Las garras se hundieron. El brazo izquierdo de Danica, aquel envuelto en fuego y píxeles, perdió su brillo. La silueta dorada titiló, se fragmentó en cubos de luz y se apagó como una vela. El visor mostró un error rojo, un instante de ruido.

—SYNC… interrumpido… —murmuró Danica, y sus rodillas fallaron.

Cheetah aterrizó tras ella, la cola barriendo el polvo. No la remató. Los depredadores no matan lo que ya no puede correr. Se irguió, respirando hondo, el pelaje moteado cubierto de chispas y ceniza. Alrededor, las mallas de luz se disolvían en hilos débiles, y el antiguo mercado volvía a ser solo ruina y lluvia.

Se llevó dos dedos al cuello, al collar simple de plumas, como si confirmara que seguía viva.

—Cazado —dijo, sin crueldad. Solo el hecho.

Y el silencio, esta vez, fue todo suyo.

El final registrado

Este encuentro terminó con Cheetah aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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