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Una crónica de arena

Radham , Consorte De Miquella VS Willfred, un espadachín "normal"

La llanura de ceniza gris se extendía bajo un cielo sin sol, y lo primero que cambió aquel día no fue el aire ni la luz, sino el polvo. Una vibración mínima recorrió el suelo, tan…

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Radham , Consorte De Miquella, a character in Radham , Consorte De Miquella VS Willfred, un espadachín "normal"Willfred, un espadachín "normal", a character in Radham , Consorte De Miquella VS Willfred, un espadachín "normal"

Personajes del relato

Radham , Consorte De MiquellaVer la saga del personaje →Willfred, un espadachín "normal"
La historia

La llanura de ceniza gris se extendía bajo un cielo sin sol, y lo primero que cambió aquel día no fue el aire ni la luz, sino el polvo. Una vibración mínima recorrió el suelo, tan leve que cualquier soldado la habría confundido con el viento. Willfred, un espadachín "normal", la sintió en las plantas de los pies y detuvo su marcha. No alzó la vista de inmediato. Primero aflojó el pomo rojo de su espada dentro de la vaina, un gesto mecánico, casi fatigado.

Cuando finalmente miró, la silueta ya ocupaba media distancia: Radham, Consorte de Miquella, gigante semidiós de cabello rojo intenso y armadura dorada con cabeza de león, dos espadas curvas colgando de sus manos como colmillos. Sobre su espalda, Miquella observaba con corona blanca, inmóvil, ajena al metal y a la ceniza. El contraste era obsceno: un hombre de armadura ligera frente a un portador de ejércitos.

Willfred no huyó. Un paso atrás, el peso del cuerpo bajo, la mano izquierda sujetando el borde de su capa. Era lo que sabía hacer. Radham, en cambio, no necesitaba presentación. Su voz resonó con un eco dorado, metálico, autoritario.

—Aparta. No hay nada en ti que merezca el filo.

Willfred respondió con el silencio. Y el silencio, en su oficio, era una respuesta completa.

El primer intercambio fue rápido, brutalmente corto. Radham cruzó el espacio en un latido imposible para su tamaño, una espada curva descendiendo en un arco que partía la ceniza. Willfred no bloqueó de frente; era absurdo. Giró el torso, dejó pasar el filo y buscó la muñeca del semidiós con una estocada baja. La punta rozó el metal dorado y un chirrido agudo cortó el aire. Nada más. Radham ya había recompuesto la postura, y la segunda espada barrió el espacio donde el espadachín había estado un instante antes.

Willfred retrocedió tres pasos, midiendo. Ya sabía algo: el gigante era rápido, pero su velocidad nacía de la fuerza, no del equilibrio. Los golpes terminaban en líneas amplias. Había huecos, diminutos, después de cada arco.

Radham gruñó, casi complacido.

—Bien. Entonces sangrarás por ello.

Y el terreno cambió. Las espadas curvas trazaron arcos dorados que no eran cortes, sino decretos. El Peso del Juicio Dorado cayó sobre la llanura como una mano invisible. La ceniza se hundió bajo Willfred; sus rodillas temblaron; cada tendón gritó. La gravedad crecía por segundos, y con ella la certeza de que aquel no era un combate entre aceros, sino entre un hombre y una ley física impuesta por un semidiós.

Willfred escupió polvo y entendió la trampa. El peso aumentaba cuando intentaba moverse rápido. Huir era imposible. Pelear de frente, suicida. Quedaba una opción, la única que un espadachín normal podía permitirse: no moverse más de lo necesario.

Plantó los pies. Respiró. Dejó que el peso lo clavara como una raíz.

Radham avanzó para rematarlo. Alzó ambas espadas.

Fue entonces cuando Willfred ejecutó el Flujo de Acero Sereno. No era magia. Era memoria muscular y una mente fría. Analizó el descenso de los brazos, la inclinación del torso, el punto exacto donde la fuerza del gigante se apoyaba sobre su pierna delantera. Si Radham era un martillo, el martillo necesitaba un yunque. Willfred decidió no ser yunque.

Cuando el doble filo llegó, el espadachín usó el peso mismo que lo aplastaba. Dejó caer su cuerpo hacia un lado, canalizó la gravedad en un giro corto, y con la hoja de acero —sin brillo, sin bendición— trazó un corte ascendente y preciso bajo la axila descubierta del semidiós.

El metal encontró la juntura de la armadura.

Radham rugió. No de dolor, sino de sorpresa. Un hilo de sangre oscura brotó entre las placas doradas. El Peso del Juicio Dorado parpadeó, inestable por un instante, y en ese instante Willfred ya estaba dentro del radio de las espadas curvas, donde un gigante no puede usar toda su fuerza sin golpearse a sí mismo.

Segundo intercambio, más rápido aún. Radham intentó apartarlo con el hombro, un golpe que habría partido piedra. Willfred lo leyó, se deslizó por el costado y enterró la punta en el hueco de la rodilla dorada. Una pierna del coloso cedió medio paso.

Tercer intercambio. Radham, furioso, invocó el cielo. Meteoritos incandescentes rasgaron las nubes y cayeron hacia la llanura. Era una masacre diseñada para ejércitos, no para un solo hombre. Willfred miró arriba una sola vez, sin emoción, y calculó trayectorias como quien mide sombras al atardecer. Corrió —el peso había menguado con la distracción del semidiós— y se refugió en el único lugar seguro: bajo el propio Radham.

Los meteoritos impactaron a su espalda, abriendo cráteres que aullaban fuego. El gigante, alcanzado por su propia tormenta, giró para aplastar al espadachín entre las llamas y su cuerpo.

Ese giro fue el error.

Con el peso del mundo aún sacudiendo la tierra, Radham expuso la base del cuello, allí donde la armadura de cabeza de león se unía a la coraza. Willfred, agotado, con el aliento raspando, no desperdició el único hueco que un espadachín normal obtiene contra un semidiós: uno por combate.

Saltó. No alto. Solo lo suficiente. La espada de pomo rojo atravesó la juntura del cuello dorado, y el Flujo de Acero Sereno convirtió toda la caída del gigante en palanca. La hoja se hundió con el peso de Radham mismo.

El semidiós se detuvo. Las espadas curvas cayeron de sus manos y se clavaron en la ceniza. Sobre su espalda, Miquella permaneció inmóvil, la corona blanca intacta, como si contemplara algo que solo ella comprendía. El eco dorado de la voz de Radham se apagó en un susurro metálico.

—...imposible...

Willfred retiró la espada. Sangre oscura goteó del acero sin brillo. No celebró. No alzó la hoja. Solo se limpió la boca con el dorso de la mano enguantada y miró el cuerpo colosal doblarse lentamente sobre la llanura, hasta que la rodilla herida tocó la ceniza y el peso del juicio dorado se disolvió en el aire como una ley revocada.

El silencio volvió. La ceniza siguió cayendo. Un hombre común permaneció de pie junto a un dios caído, y la única prueba de lo ocurrido fue la sangre en su espada y los cráteres humeantes a su espalda.

El final registrado

Este encuentro terminó con Willfred, un espadachín "normal" aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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