← Volver al archivo

Una crónica de arena

Radham , Consorte De Miquella VS Puta

La llanura yerma se extendía bajo un cielo de ceniza cuando Radham , Consorte De Miquella plantó ambos pies en la tierra agrietada. El peso de su armadura dorada, tallada con la…

5 min de lecturaPublicado
Radham , Consorte De Miquella, a character in Radham , Consorte De Miquella VS PutaPuta, a character in Radham , Consorte De Miquella VS Puta

Personajes del relato

Radham , Consorte De MiquellaVer la saga del personaje →Puta
La historia

La llanura yerma se extendía bajo un cielo de ceniza cuando Radham , Consorte De Miquella plantó ambos pies en la tierra agrietada. El peso de su armadura dorada, tallada con la efigie de una cabeza de león, hizo crujir el suelo. Sobre su espalda, Miquella permanecía inmóvil, su cabello rubio y su corona blanca flotando en un contraste imposible contra el rojo sangre de la melena de Radham. Las dos espadas curvas colgaban de sus manos como colmillos de un dios dormido.

Al otro lado de la explanada, Puta avanzó sin prisa. Su piel de bronce brillaba bajo la luz mortecina, y las cuerdas negras que tejían su atuendo crujían con cada paso. Los anillos dorados de su pecho y su cuello captaban destellos fríos. No desenvainó nada. No lo necesitaba. Sus músculos, esculpidos con una precisión casi ritual, hablaban de una violencia que no requería acero: solo manos, presión y la geometría de las cuerdas que llevaba sobre la piel.

Radham la observó con la calma de quien ha arrasado ejércitos. No subestimó a la mujer. El silencio de Puta era el de una depredadora que ya ha medido a su presa. Y cuando Puta se detuvo a veinte pasos, con las manos en las caderas y la barbilla alta, Radham comprendió que no habría provocación previa. Solo el primer movimiento.

Fue Puta quien rompió la distancia. Se lanzó hacia adelante con una explosión de fuerza que arrancó polvo de la tierra, sus piernas taladrando el suelo. Radham giró una de sus espadas curvas en un arco dorado y la dejó caer. El impacto resonó como una campana de guerra. Puta esquivó por milímetros, deslizándose bajo el filo para enganchar su antebrazo alrededor de la muñeca de Radham. Las cuerdas de su atuendo se tensaron y una cuerda suelta silbó hacia el cuello del semidiós.

Radham no retrocedió. Invocó su peso. El aire alrededor de sus pies se volvió denso, dorado, y el suelo se hundió bajo la gravedad multiplicada. Puta sintió cómo sus propias rodillas temblaban, cómo cada fibra de sus músculos tenía que luchar por mantenerse erguida. Pero en lugar de forcejear, soltó la presa. Renunció a la llave que ya casi cerraba sobre la garganta de Radham y rodó hacia un lado, fuera del radio de la bendición.

Radham no la persiguió de inmediato. Ese fue su error. O quizá fue su cálculo: dejar que Puta gastara energía en moverse mientras el altar de gravedad se expandía lentamente desde sus pies. Las grietas del suelo se abrieron en radios dorados, y del cielo empezó a caer una lluvia de meteoritos incandescentes. Pequeños al principio, como chispas de fragua. Puta los esquivó con una coreografía brutal, sus pies golpeando la tierra en ángulos imposibles, su cuerpo doblándose bajo las trayectorias ardientes.

Entonces Puta cambió de táctica. Dejó de huir. Se plantó frente a Radham, abrió los brazos y lanzó una de las cuerdas negras de su torso. La cuerda se enroscó alrededor de la espada curva izquierda de Radham, y Puta tiró con todo el peso de su musculatura. El semidiós, sorprendido por la fuerza bruta de aquel tirón, dio medio paso hacia adelante. Medio paso fue suficiente.

Puta se impulsó sobre esa resistencia, usando el cuerpo de Radham como ancla, y trepó por la armadura dorada con la agilidad de una serpiente. Sus cuerdas se enredaron en el hombro del semidiós, en su codo, en la correa que sostenía a Miquella. Radham rugió y activó la explosión dorada: una onda de luz sagrada estalló desde su pecho y lanzó a Puta por los aires. La mujer cayó de espaldas, rodando sobre las grietas, con el rostro manchado de polvo y sangre en el labio.

Pero se levantó. Siempre se levantaba.

Radham alzó ambas espadas y el cielo respondió. Los meteoritos ya no eran chispas: eran rocas envueltas en fuego dorado, y caían en un patrón que cercaba a Puta por todos los flancos. Ella miró el cerco. Miró a Radham. Y en vez de correr hacia el hueco más amplio, eligió el más estrecho. Corrió directamente hacia el semidiós.

Ese fue su momento. Radham bajó las espadas en tijera, pero Puta ya había leído el movimiento. Se deslizó entre los filos, recibió un tajo superficial en el costado que le arrancó un jadeo, y cerró la distancia hasta pegar su frente contra el peto dorado. Sus manos encontraron la correa de Miquella. Sus cuerdas se multiplicaron, serpenteando alrededor de los brazos de Radham, de sus muslos, de su cuello. No buscaba matar. Buscaba inmovilizar.

La gravedad dorada volvió a caer. Puta sintió el peso aplastándole la columna, doblándole las rodillas, apretándole los pulmones. Pero ya tenía las cuerdas tensas, y cada vez que Radham intentaba mover un brazo, la cuerda lo devolvía. Cada vez que intentaba invocar otro meteorito, la presión sobre su garganta aumentaba. La bendición de Miquella palpitaba en su espalda, pero Puta había atado las correas con tal precisión que el semidiós no podía girar el torso lo suficiente para liberar el poder sagrado.

Radham intentó una última explosión. La luz dorada brotó de su pecho, pero las cuerdas la contuvieron, canalizándola hacia afuera en un estallido inútil que solo quemó el aire. Puta apoyó su rodilla en el suelo, clavó los talones, y tiró. Las cuerdas crujieron. El semidiós, atrapado entre su propio peso y la red que lo envolvía, cayó de rodillas. La armadura dorada golpeó la tierra con un estruendo que hizo temblar las rocas cercanas.

Miquella resbaló ligeramente sobre su espalda, pero Radham ya no podía levantarse. Las cuerdas de Puta, tensadas como cables de acero, mantenían cada articulación en su lugar. El altar de gravedad se desvaneció lentamente, y con él, los meteoritos. Solo quedó el silencio de la llanura y la respiración pesada de dos cuerpos agotados.

Puta se incorporó despacio, con el costado sangrando y el cabello negro pegado a la frente. No sonrió. No dijo nada. Solo miró al semidiós arrodillado y tiró una última vez de las cuerdas para asegurar el nudo. Radham, Consorte de Miquella, el que arrasaba ejércitos, permaneció inmóvil bajo la red oscura, con la mirada fija en la tierra dorada que ya no le obedecía.

El final registrado

Este encuentro terminó con Puta aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

¿Cambiarías este final?

Crea un héroe capaz de desafiar a Puta.

Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.

Seguir leyendo

Estos personajes vuelven en otras historias

Envía otro héroe al archivo

Cada historia empieza con un personaje que alguien imaginó.

Sigue leyendo o crea en PicWar un nuevo personaje desde un dibujo o una imagen.

Crear un personaje