Una crónica de arena
death black VS sif
La niebla se arrastraba sobre el patio de BLOCK C como un animal herido. death black ya estaba allí, inmóvil junto al poste de luz fundido, su silueta de trazo mínimo recortada…


Personajes del relato
La niebla se arrastraba sobre el patio de BLOCK C como un animal herido. death black ya estaba allí, inmóvil junto al poste de luz fundido, su silueta de trazo mínimo recortada contra el muro de hormigón. La mano derecha sostenía la larga hoja roja y gris; la izquierda, cerrada sobre la esfera carmesí, latía con una luz tenue y constante, como un corazón de brasa. No tenía rostro, no tenía ojos, pero de algún modo sif sintió que llevaba horas esperándola.
La puerta metálica se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas. sif salió con paso pesado, las botas industriales marcando cada baldosa húmeda. Su uniforme naranja con el número 8492 se tensaba sobre los músculos de los brazos, las venas dibujadas como rutas de río bajo la piel. Se detuvo a diez metros, echó las manos a las caderas y dejó escapar un sonido entre la risa y el resoplido.
—Así que tú eres el que dicen que camina entre los muertos —dijo, con esa voz de metal raspado—. No pareces gran cosa. Solo un muñeco de palos.
death black no respondió. No podía. La esfera roja en su mano izquierda palpitó una vez, más fuerte, y el aire alrededor del poste de luz se volvió denso, pesado, como si la noche misma hubiera escuchado la ofensa. sif entrecerró los ojos. Había esperado un monstruo, algo que justificara los rumores que corrían entre rejas. En vez de eso, tenía delante una figura plana, sin facciones, casi ridícula. Creyó entender: era un espantapájaros ceremonial, un símbolo vacío que alguien había dejado allí para asustarla.
Se equivocaba. Y ese error iba a costarle.
sif cargó primero. No hubo aviso, no hubo conteo. Simplemente bajó el hombro y cruzó el patio como un tren de carga, los músculos de las piernas hinchándose, las cadenas colgantes del cinturón repicando contra el hormigón. Quería aplastar. Quería terminar aquello en un solo golpe y volver a su celda antes del recuento.
death black giró la hoja. El trazo rojo y gris cortó el aire en diagonal y se encontró con el antebrazo de sif. No fue un choque de metal contra carne: fue una detonación seca, un chispazo de luz roja que iluminó la niebla durante medio segundo. sif no se detuvo. El impacto le abrió un tajo superficial en la piel, pero la presión no bastó para romper su guardia. Sus tendones aguantaron como cables de acero. Agarró la hoja con ambas manos, la atrapó entre el codo y las costillas, y tiró.
El muñeco de palos voló. Literalmente: su cuerpo ingrávido, sin masa aparente, cruzó el patio en un arco imposible y aterrizó de pie sobre un contenedor volcado, la esfera roja intacta en la izquierda. No había sangre, no había jadeo. Solo aquella quietud absurda.
—¿Eso es todo? —gruñó sif, y escupió al suelo—. Eres un truco de feria.
Entonces la esfera roja se abrió.
No fue una explosión. Fue una floración. Hilos de luz carmesí brotaron de la esfera y se enredaron en la hoja, y de pronto la hoja ya no era una sola: eran tres, cuatro, cinco, todas suspendidas alrededor de death black como los pétalos de una corola imposible. La niebla se tiñó de rojo. El patio entero se volvió el interior de una garganta.
sif comprendió, demasiado tarde, que había malinterpretado todo. No era un símbolo vacío. Era un depredador que había estado calculando su distancia, su fuerza, su punto de anclaje. Cada segundo de quietud había sido una medición. Y ella había entrado en la jaula por voluntad propia.
Las hojas cayeron a la vez.
sif alzó los brazos cruzados sobre el pecho, la postura clásica del bloqueo total, y aguantó la primera, la segunda, la tercera. Cada corte le abría la piel del antebrazo, del hombro, del costado; la sangre brotaba oscura sobre el naranja del uniforme. Pero aguantó. Rugió y aguantó. Era dura, era carne templada en años de motín y aislamiento, y ninguna tormenta de cuchillas iba a derribarla.
death black flotó hacia delante. Sin peso, sin ruido, con la esfera latiendo como un tambor de guerra. Cruzó los diez metros en un parpadeo y hundió la hoja principal en el centro exacto de la guardia de sif, donde los brazos se cruzaban.
No la atravesó. La fijó. La hoja se enclavó entre los tendones de ambos antebrazos, y la luz roja se derramó por las grietas de la carne como agua en un dique roto. sif gritó. El grito no fue de dolor, fue de furia, de negativa, de una voluntad que se negaba a ceder incluso con el metal atrapado en sus huesos.
Entonces death black hizo lo que ningún espantapájaros ceremonial haría jamás: soltó la esfera.
La esfera cayó al suelo y, al tocar el hormigón, estalló en una onda de luz que no quemó, no cegó, no hizo ruido. Simplemente apagó. Apagó el sonido del mundo. Apagó el peso de los músculos de sif, la resistencia de sus tendones, la tracción de sus pies contra el suelo. Durante un instante que duró una eternidad, sif dejó de sentir sus propias fuerzas, como si alguien hubiera borrado la palabra "peso" del universo.
Ese instante fue suficiente.
death black retiró la hoja con un giro limpio y la hundió de nuevo, esta vez en el punto donde el bloqueo de sif ya no existía, donde los brazos caían sin fuerza, donde el pecho quedaba abierto bajo el uniforme naranja. La hoja roja y gris entró y la luz carmesí recorrió el cuerpo de la prisionera de arriba abajo, marcando cada vena, cada músculo, cada fibra como un mapa que se enciende antes de apagarse.
sif cayó de rodillas. El hormigón crujió bajo su peso. Miró al muñeco de palos, y por primera vez en su vida de reclusa, en sus ojos no había desafío: había una pregunta. ¿Cómo? ¿Cómo algo sin rostro, sin masa, sin historia, había encontrado el único punto de su guardia que ella misma no conocía?
death black no respondió. Recogió del suelo los fragmentos de la esfera, que se habían vuelto a unir en su palma izquierda, y la luz roja volvió a latir, ahora más lenta, saciada. La silueta de trazo mínimo se disolvió en la niebla sin dejar huella, sin una sola palabra, sin una sola mirada atrás.
sif permaneció de rodillas en el patio de BLOCK C, la sangre mezclándose con la lluvia fina que empezaba a caer, el número 8492 manchado de rojo oscuro. Había creído que el silencio era debilidad. Había creído que la quietud era vacío. Y esa creencia, más que la hoja, más que la esfera, fue lo que la derribó.
Cuando los focos de la torre de vigilancia barrieron el patio, encontraron solo a una mujer arrodillada, respirando con dificultad, sola. El muñeco de palos ya no estaba. El muñeco de palos nunca había estado del todo allí.
El final registrado
Este encuentro terminó con death black aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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