Una crónica de arena
Tina VS death black
La selva respiraba con un ritmo antiguo, húmedo y pesado, como si cada hoja hubiese aprendido a contener el aliento. Sobre una roca cubierta de musgo, Tina ya esperaba. Su cuerpo…


Personajes del relato
La selva respiraba con un ritmo antiguo, húmedo y pesado, como si cada hoja hubiese aprendido a contener el aliento. Sobre una roca cubierta de musgo, Tina ya esperaba.
Su cuerpo entero era una promesa de violencia contenida. Piel anaranjada cruzada por rayas negras, cabello rojizo recogido por el viento, garras oscuras curvadas como anzuelos. La postura era baja, las rodillas flexionadas, los dedos de los pies aferrados a la piedra. No era una mujer de pie: era una fiera a punto de despegarse del suelo. Llevaba largo rato inmóvil, y esa quietud era en sí misma una advertencia.
Entonces llegó death black.
No caminaba: se dibujaba en el aire. Un trazo mínimo, sin facciones, con dos alas afiladas que se alzaban a los lados de la cabeza como cuernos de tinta seca. En la mano derecha sostenía una hoja larga, gris y roja, mitad acero mitad brasa. En la izquierda, una esfera roja que latía despacio, como un corazón encerrado en cristal. No habló. No tenía boca con la cual hablar. Solo emitió un susurro bajo, un zumbido sin palabras, y la esfera roja respondió encendiéndose un grado.
Tina lo miró desde su altura. No se movió.
—Te tomaste tu tiempo —dijo, con voz grave y pausada, cada sílaba masticada como carne—. Eso también es una forma de atacar.
Death black inclinó apenas la cabeza de alas. Y en ese instante, la hoja roja se levantó.
El primer corte fue un arco vertical que partió el aire donde Tina había estado. Pero ella ya no estaba allí. La roca quedó marcada por una línea ardiente, y Tina aterrizó tres pasos a la derecha, sobre raíces, con las garras abiertas. No contraatacó. Solo observó cómo el fuego gris-rojo se apagaba sobre la piedra, midiendo su temperatura, su alcance, su cadencia.
*Veneno de la Selva Alta* no era un golpe: era una sentencia. Requería precisión, repetición, puntos exactos. Y para eso, Tina necesitaba conocer primero a su presa.
Death black avanzó en zigzag, dibujado por su propio trazo. La hoja se proyectó hacia ella, no como un corte sino como una lanza arrojada. Tina giró el torso y sintió el calor pasar a un dedo de su cadera. Aprovechó el impulso del giro para lanzar una patada ascendente. Sus garras del pie rozaron el brazo de la esfera roja. El impacto resonó como metal contra metal, y death black retrocedió flotando.
Tina sonrió sin mostrar dientes.
—Ahí está.
La esfera roja parpadeó. La hoja volvió a su mano, ardiendo más alto. Death black comprendió que la velocidad no bastaría; la selva ya pertenecía a Tina. Entonces hizo algo distinto: plantó la hoja en el suelo y la esfera roja estalló en un pulso de luz que arrasó con helechos, lianas y ramas bajas. El aire se volvió acre. El suelo humeó.
Tina saltó hacia atrás, pero el pulso la alcanzó en el hombro. Cayó de rodillas sobre barro caliente. Por un instante, sus sentidos se nublaron.
Era la oportunidad de death black. La hoja descendió en línea recta hacia su cuello.
Pero Tina no la esquivó. Rodó *hacia* el ataque.
Ese fue el momento en que abandonó la evidencia por el instinto. En lugar de retirarse, se metió bajo el arco de la hoja, pegada al cuerpo sin facciones, y clavó las garras de ambas manos en el antebrazo que sostenía la esfera roja. Dos puntos. Luego cuatro. Luego seis, cada uno más profundo, cada uno buscando el mismo nervio, el mismo tendón, el mismo centro de gravedad de la energía enemiga.
*Veneno de la Selva Alta.* Golpes repetidos en puntos precisos, un paralizante gris que no mataba: rendía.
Death black intentó retroceder. La hoja se movió para defender, pero su brazo ya no respondía con la misma firmeza. La esfera roja perdió ritmo, parpadeó, y su luz se volvió turbia. Tina no se detuvo. Rodó alrededor, saltó, se colgó de un tronco, volvió a caer, y cada aterrizaje era otro golpe, otro punto, otra gota de parálisis gris inyectada en la silueta de tinta.
El zumbido de death black se quebró en algo más agudo, más errático. Su trazo se desdibujaba en los bordes. Las alas de la cabeza temblaron. La hoja roja cayó al suelo y se apagó sin ruido.
Tina se enderezó frente a él, respirando hondo pero pareja. Su hombro ardía, la piel le escocía, pero sus ojos no habían perdido ni un grado de enfoque.
—No eres lento —dijo, casi con respeto—. Pero yo soy la que decide cuándo termina.
Death black alzó la esfera roja con el poco movimiento que le quedaba. Fue un último gesto, casi ceremonial. La esfera brilló una vez. Tina ya estaba encima.
Un salto, un giro, y la garra de su mano derecha trazó una línea limpia desde el hombro hasta el centro del pecho sin facciones. No hubo sangre: hubo tinta. El cuerpo de death black se deshizo en trazos que el viento de la selva borró uno por uno, hasta que solo quedó la esfera roja, apagada, rodando entre las raíces.
Tina la miró un instante. Luego apartó la vista, se agachó, y comprobó el corte en su propio hombro con la frialdad de quien revisa una herramienta.
La selva volvió a respirar. Las hojas recobraron su aliento. Y sobre la roca de musgo, la fiera se irguió de nuevo, baja, alerta, lista.
Porque en su territorio, la caza nunca termina: solo cambia de presa.
El final registrado
Este encuentro terminó con Tina aún en pie.
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