Una crónica de arena
Selene VS Allen
Los Dientes de la Ciudad La luna se alzaba sobre los tejados de Garmond como una herida abierta en el cielo, y bajo su luz pálida, la silueta negra de Selene aguardaba en el punto…


Personajes del relato
Los Dientes de la Ciudad
La luna se alzaba sobre los tejados de Garmond como una herida abierta en el cielo, y bajo su luz pálida, la silueta negra de Selene aguardaba en el punto más alto del campanario derruido. Su traje de combate, negro y lustroso como el alquitrán, absorbía la noche en cada pliegue, y sus ojos claros, fríos como el hielo que alguna vez había sido su corazón, escrutaban el laberinto de callejones que se desplegaba a sus pies. Llevaba horas allí, inmóvil, esperando.
En el extremo opuesto de la plaza, una campana dobló una sola vez.
Allen apareció entre las sombras como si la noche misma lo hubiera parido. Su cabello plateado cortaba la penumbra, la cicatriz negra bajo su ojo izquierdo brillaba con la ferocidad de un juramento, y su ojo maldito, incandescente, ardía con un fuego anaranjado que lo hacía parecer un espectro condenado. El brazo derecho —el Crown Clown, aquella maraña de acero y verdes runas zumbantes— se extendía en garras abiertas, despidiendo un resplandor espectral que proyectaba inquietantes figuras sobre los adoquines.
—Selene —dijo Allen, y su voz era cansada, como la de un hombre que ha pronunciado demasiados nombres de muertos—. Podrías haberte marchado de esta ciudad. Treinta y siete almas atrapadas en el sótano de la catedral. No son tuyas. No tendrías por qué estar aquí.
Selene saltó desde el campanario y aterrizó con la suavidad de una pluma de acero. Sus botas apenas rozaron el suelo antes de que sus dedos, largos y precisos, ya jugaran con la empuñadura de una daga curva.
—Treinta y siete almas atrapadas —repitió, saboreando las palabras—. Y una sola puerta para liberarlas. Tú. Yo. Y una de nosotras no volverá a caminar bajo esta luna.
Allen asintió con una lentitud que confundía a sus enemigos. No era lentitud: era la calma de quien ha aprendido a medir la eternidad en latidos.
—Entonces —dijo—, que los muertos decidan.
El ataque de Selene fue un rayo. Su daga describió un arco de plata y muerte, pero el Crown Clown ya se había interpuesto; el choque de metal contra acero maldito arrancó chispas que iluminaron por un instante la furia serena de ambos rostros. La vampira giró, su cuerpo acrobático desafiando la gravedad, sus tacones rasgando el aire mientras esquivaba el zarpazo verde que intentaba decapitarla.
Allen no retrocedió. Avanzaba siempre, implacable, cada golpe del brazo mecánico cargado con el peso de siglos de redención. Las runas del Crown Clown cantaban en una frecuencia que hacía vibrar los dientes, y su ojo maldito recorría cada músculo de Selene, leyendo su próximo movimiento antes de que ella lo concibiera.
—Tus reflejos son notables —admitió Allen, apartando una estocada con la muñeca—. Pero peleas sola. Y yo cargo con catorce almas que me enseñaron a no caer nunca.
Selene sonrió, mostrando colmillos que la luna volvió plateados.
—Entonces te enseñaron mal. Porque voy a hacerte caer de rodillas, exorcista.
La batalla se trasladó a los tejados. Saltaron de cornisa en cornisa, sus pasos un tamborileo frenético sobre las tejas, y abajo la ciudad dormía sin saber que sobre ella se libraba una guerra de eternidades. Selene se movía como el mercurio: rodaba, giraba, lanzaba dagas que Allen desviaba con la garra verde, y cada vez que el brazo maldito se abría paso, ella ya no estaba donde el golpe la buscaba.
Pero Allen era paciente. Y su ojo maldito no mentía.
Vio el patrón. El leve sesgo del hombro de Selene antes de cada salto lateral. La manera en que su pie izquierdo se plantaba un instante de más tras cada comba. Era mínimo, casi imperceptible, pero para quien había pasado años cazando espectros, era tan claro como un mapa trazado en sangre.
En el tercer tejado, Allen dejó de perseguir. Se detuvo. El Crown Clown empezó a vibrar con una intensidad nueva, y las runas verdes se encendieron en un crescendo de luz que tiñó la noche de un verde enfermizo.
—Selene —llamó, y su voz había perdido toda fatiga—. He visto tu corazón latir. Lo he contado. Sé cuándo dudas. Sé cuándo mientes. Sé que esta noche no puedes permitirte cometer un solo error.
Selene se detuvo frente a él, a la distancia exacta de un salto.
—Y sin embargo —dijo—, sigues ahí, quieto como un mendigo. ¿Qué esperas, exorcista? ¿Que te sacie el apetito?
Allen levantó el brazo mecánico hacia ella. En la garra abierta, las runas convergieron en un solo punto, y de ese punto brotó una lanza de energía verde, sólida como el odio y afilada como un juramento.
—Esperaba —dijo, con la calma de los que ya han muerto una vez—, que tu arrogancia te colocara exactamente donde te necesito.
Lanzó la lanza.
Selene la esquivó con la gracia de un espectro, pero el movimiento la forzó hacia el borde del tejado, y allí la esperaba la segunda lanza. Y la tercera. Allen tejió una tormenta de luz verde, cada proyectil calculado para cortar una vía de escape, para empujarla, siempre hacia la izquierda, hacia la cornisa quebrada, hacia el vacío.
Pero Selene no cayó. Se arqueó sobre el vacío, clavó la daga en la fachada, y se impulsó hacia arriba, por encima de la tormenta, hasta aterrizar en el campanario donde la batalla había comenzado. Jadeaba. La sangre, su propia sangre, manchaba su corsé negro.
Allen no la persiguió. Se quedó en la cornisa opuesta, el brazo mecánico aún humeante, y levantó la vista hacia ella con una expresión que parecía compasión.
—Todavía puedes rendirte —dijo—. No necesito tu muerte. Solo necesito tu palabra de que dejarás estas almas en paz.
Selene se incorporó, sacudiendo la sangre de sus dedos. Sus ojos claros brillaban con una ferocidad renovada; el dolor, lejos de quebrarla, la había despertado a un hambre más antiguo que la ciudad misma.
—Entonces tendrás que arrancármela —dijo.
Y se lanzó.
Allen estaba preparado. El Crown Clown se abrió como una flor de acero, no ya para atacar, sino para cercar: cinco garras verdes se proyectaron hacia Selene, no para perforarla, sino para capturar su impulso. Fue un movimiento de cazador, perfecto, calculado para aferrarla en el aire donde ella no podía esquivar.
Pero Selene, en el último instante, hizo lo inesperado.
Soltó ambas dagas.
En lugar de atacar, se dejó caer, pasando por debajo del cerco de garras, y en el suelo de la plaza, rodó y se levantó con una daga que Allen no la había visto sacar. La lanzó de codo, sin mirar, y la hoja se hundió en la articulación del brazo mecánico, justo donde las runas se curvaban como espinas.
La luz verde parpadeó. El Crown Clown gruñó, con un sonido metálico y herido.
Allen retrocedió, sorprendido por primera vez.
—La articulación —dijo Selene, sonriendo, con la voz dulce y letal—. Todo tu poder, todo tu cuerpo, y cuelga de una bisagra. Te lo enseñé yo: ninguna armadura se sostiene con un solo clavo. Y este —añadió, lanzando una segunda daga que se clavó en la otra articulación—, este es el clavo que te va a hacer caer.
El brazo maldito tembló. Las runas parpadearon con violencia, y Allen sintió, en el centro de su ser, el eco de la pregunta que lo atormentaba: ¿era él el amo de aquel poder, o aquel poder el amo de él?
La respuesta llegó como un trueno.
El Crown Clown, herido, reaccionó con instinto, no con voluntad: descargó una onda expansiva que derribó a ambos combatientes. Selene cayó de espaldas, y su cabeza golpeó un adoquín con un sonido sordo. Allen se levantó primero, la mano sana apretando el hombro mecánico herido, y miró a la vampira inmóvil en el suelo.
Por un instante, todo el peso de su maldición se posó sobre él. Podía rematarla. Podía abrirse paso hasta la catedral, liberar las treinta y siete almas, y marcharse. Podía hacerlo.
Pero vio el pecho de Selene. Todavía se alzaba. Todavía respiraba.
—No esta noche —murmuró, y se volvió hacia la catedral.
Fue entonces cuando la mano de Selene se cerró sobre su tobillo.
—Te dije —susurró ella, con la voz quebrada pero el fuego intacto— que tendrías que arrancármelo.
Y entonces, con el último gesto de su cuerpo maltrecho, la vampira clavó la daga que tenía escondida en la bota —su tercera, su quinta, la que nadie había visto— en el tendón de Aquiles de Allen.
El exorcista cayó de rodillas con un grito ahogado. El Crown Clown, sin su amo de pie, farfulló y se apagó, las runas convirtiéndose en meras cicatrices de acero frío.
Selene se levantó, tambaleante, y se plantó sobre él, la daga temblorosa contra su garganta.
—Treinta y siete almas —dijo, con la respiración entrecortada—. Las liberaré yo. Es lo único que compartimos, exorcista: no dejamos a nadie atrás.
Allen alzó los ojos hacia ella. No había odio en ellos. Solo una fatiga ancestral, y algo parecido al respeto.
—Entonces —dijo, y su voz era apenas un hilo—, que los muertos te guarden.
La noche se cerró sobre la plaza, y sobre la ciudad, y sobre los dos combatientes, cuyos destinos quedaron sellados por una daga, un tendón cortado y la eterna, sangrienta pregunta de qué merece ser salvado
El final registrado
Este encuentro terminó con Selene aún en pie.
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