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Una crónica de arena

Selene VS Apathetic Sword God

La noche sobre la ciudad lacustre era una lámina de tinta, y Selene lo supo antes de verlo: el aire olía a ceniza húmeda y a hierro viejo, y bajo sus botas de tacón grueso la…

5 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS Apathetic Sword GodApathetic Sword God, a character in Selene VS Apathetic Sword God

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personaje →Apathetic Sword God
La historia

La noche sobre la ciudad lacustre era una lámina de tinta, y Selene lo supo antes de verlo: el aire olía a ceniza húmeda y a hierro viejo, y bajo sus botas de tacón grueso la madera del embarcadero vibraba con una pulsación lenta, como si algo enorme respirara debajo del agua. Los faroles rojos que colgaban de los aleros proyectaban la silueta de la Apathetic Sword God sobre el estanque de lotos: cabello negro recogido, ropajes oscuros con vetas doradas, la katana de luz violeta goteando destellos que no iluminaban nada.

—No huyes —dijo la espadachina. Su voz llegó plana, sin temperatura, como una piedra que cae en un pozo muy profundo.

—No he venido a huir. —Selene giró el cuello, sintiendo cómo sus sentidos sobrenaturales tejían el mapa del enemigo: el ritmo cardíaco casi ausente, la respiración medida, el pulso de energía violeta viajando por el filo. Olfateó el crisantemo frío, la lluvia antigua—. He venido a cobrar.

El primer intercambio duró menos de un suspiro. La Sword God no corrió: simplemente ya estaba allí. La hoja describió un arco que Selene leyó en el chasquido del aire, y su cuerpo se dobló hacia atrás en un puente imposible, tacones clavados en la madera, mientras el filo pasaba a un dedo de su garganta y partía en dos un farol. El papel rojo cayó ardiendo sobre el agua. Selene rodó, desenvainó sus cuchillos y contraatacó en tres estocadas al cuello, al tendón, a la muñeca.

La espadachina levantó un dedo.

El acero se detuvo contra la yema como si hubiera golpeado una montaña. El sonido fue un golpe sordo, hueso contra mundo, y la vibración subió por los brazos de Selene hasta los dientes. Saltó hacia atrás, girando, y ya tenía las pistolas fuera, disparando a quemarropa.

La Sword God no esquivó. La luz violeta se espesó alrededor de su figura y las balas se deshicieron en motas antes de tocarla.

—Vacío —murmuró la espadachina—. Lo reconozco. También yo estuve hueca.

Selene sintió que la frase le rozaba algo que no tenía nombre, pero su naturaleza vampírica ya estaba trabajando: las heridas menores de la metralla se cerraban, la sangre se reabsorbía, el dolor se archivaba. Su objetivo no era ganar un intercambio de golpes. Era encontrar la grieta. Y la grieta de un ser que lo niega todo no está en su defensa, sino en su hambre.

Cargó. No como depredadora, sino como tormenta. Los cuchillos trazaron fuego blanco en la oscuridad, los disparos marcaron el compás, los tacones golpearon la pasarela en un ritmo que ella misma escuchaba como un tambor de guerra. La espadachina respondió con la serenidad de la marea: un tajo horizontal que cortó el aire y la barandilla entera, un giro que abrió el estanque en dos surcos de agua suspendida, una estocada que atravesó el hombro de Selene y siguió de largo como si la carne no fuera más que niebla.

Selene aulló —breve, feroz, sin rendirse— y se arrancó del filo empujando hacia dentro, porque el dolor era información y la información era tiempo. La sangre que brotaba de su hombro no cayó al suelo: se enroscó en espiral, obedeciendo a la habilidad que había estado preparando desde el primer latido.

—Has cortado mi cuerpo —dijo, y su voz ya no salía del aire, sino de algún lugar detrás del mundo—. Pero no era mi cuerpo lo que debías cortar.

La Sword God inclinó apenas la cabeza. Por primera vez, sus dedos se cerraron un poco más alrededor del mango.

Selene reveló el hambre. No la suya: la del universo. Abrió la verdad de un apetito infinito, y esa verdad se derramó sobre la Sword God como agua negra sobre un espejo. El vacío en el pecho de la espadachina —ese vacío que ella creía dominado, negado, convertido en acero— respondió con un rugido que no tenía sonido. La realidad empezó a plegarse hacia dentro. Los lotos se marchitaron hacia el centro, los faroles se estiraron como hilos, el agua del estanque subió en una columna que se curvaba hacia el hueco imposible que se abría en el torso de la Apathetic Sword God. Y Selene, en el mismo instante, soltó su propia forma: se desprendió de la carne y se volvió ausencia pura, un hueco que caminaba, una nada que mordía.

La espadachina alzó la katana. Su mirada siguió siendo fría, pero algo titiló detrás de ella, algo que había estado dormido desde hacía demasiado tiempo.

—Ontological Severance —dijo.

El tajo no fue de luz ni de acero. Fue un corte a la causa misma. Buscó la base conceptual de la postura de Selene, la premisa de que su hambre podía devorar sin límite, y la seccionó. Pero Selene ya no tenía postura. Ya no era un cuerpo, ni una voluntad anclada al mundo: era un vacío que se alimentaba de vacíos, y el corte, al no encontrar nada que cortar, se disolvió en su propio filo.

El hueco del pecho de la Sword God se tragó el último farol rojo. El estanque entero se alzó en una sola gota negra y desapareció. La luz violeta parpadeó, aspiró, se apagó.

Cuando la ausencia se retiró, Selene volvió a formarse sobre la madera astillada del embarcadero. Su hombro ya estaba cerrado. Su respiración era lenta, medida, victoriosa. A sus pies, donde había estado la Apathetic Sword God, solo quedaba un charco de agua oscura y una katana sin dueño, apagada, tan fría como el crisantemo del alba.

Selene la observó un instante, luego alzó la vista hacia los aleros vacíos, hacia la luna que no se había movido, y guardó los cuchillos.

—El hambre infinita no se corta —dijo al agua—. Solo se alimenta.

Y la noche, por primera vez en mucho tiempo, estuvo en silencio.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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