Una crónica de arena
Antorcha humana VS Draven Alucard
Antorcha humana ya estaba en el aire cuando el mundo aún no había decidido si merecía la pena mirarlo. Las ruinas de la catedral sumergida ardían a su espalda, y él ascendía en…


Personajes del relato
Antorcha humana ya estaba en el aire cuando el mundo aún no había decidido si merecía la pena mirarlo. Las ruinas de la catedral sumergida ardían a su espalda, y él ascendía en espirales lentas, dejando tras de sí estelas de brasas que silbaban como juramentos. La temperatura a su alrededor subía sin prisa, un hervidero que curvaba el aire y hacía temblar las columnas de piedra calcinada. Cada ascenso era una declaración: el fuego no pedía permiso, el fuego dictaba.
Draven Alucard entró en la escena sin apresurarse. La Faux Primordiale, su enorme guadaña luminiscente, vibraba en su mano con una luz violeta y azul que parecía respirar, como si el arma tuviera su propio pulso y su propia hambre. Su capa oscura se arrastraba sobre las losas húmedas, y sus ojos rojos recorrieron la catedral en llamas sin sorpresa, sin miedo, sin ninguna emoción que no fuera el cálculo de un juez contemplando una obra inacabada.
—No estás aquí para vivir —dijo Antorcha humana, y su voz crepitó como un incendio contenido—. Lo sé. Lo has dicho antes. Pero yo no estoy aquí para morir.
Draven no respondió de inmediato. Elevó la guadaña y el aire alrededor de la hoja se volvió más denso, más frío, más lento. El tiempo mismo se curvó en torno a él como un manto.
—Los que arden siempre creen que su luz es eterna —dijo por fin, con una monotonía glacial—. Es la única parte de su naturaleza que me resulta entretenida.
Antorcha humana no esperó más. Se lanzó en picado, un cometa anaranjado y amarillo que atravesó el aire con un rugido. Sus puños, envueltos en plasma, buscaron el torso de Draven, pero la guadaña se interpuso y el impacto resonó como una campana de guerra. Las chispas saltaron en abanico, y por un instante la catedral entera se iluminó con un fulgor dorado.
Draven no retrocedió. Giró la Faux Primordiale en un arco descendente, y una onda de muerte sin contacto directo se proyectó hacia adelante, invisible y cortante. Antorcha humana la sintió llegar antes de verla: un vacío, una ausencia de calor que no era frío, sino silencio. Se elevó en una maniobra brutal, y la onda pasó bajo él, desintegró una columna entera y la redujo a polvo.
—Bien —escupió Antorcha humana, y su sonrisa se ensanchó, más feroz—. Veamos cuánto puedes ralentizar algo que ya es energía pura.
Aumentó su temperatura. El aire a su alrededor se volvió un horno blanco; las piedras cercanas se agrietaron, el agua de las criptas inundadas empezó a hervir y a elevarse en nubes de vapor. Antorcha humana era ahora un sol pequeño y furioso, y cada uno de sus movimientos dejaba un rastro de fuego vivo. Lanzó proyectiles de calor comprimido, esferas incandescentes que cruzaban el espacio a una velocidad imposible.
Draven las recibió con la guadaña. No las esquivó todas: dejó que algunas se acercaran y luego, con un giro preciso de la hoja, absorbió su energía, la desvió hacia el suelo, hacia el vacío, hacia donde no pudiera dañarlo. El tiempo a su alrededor era una herramienta, no una limitación. Aceleró su propio movimiento en el último instante, y la Faux Primordiale cortó el aire donde el cuello de Antorcha humana había estado un segundo antes.
—Tu calor es impresionante —admitió Draven, y su voz no temblaba—. Pero el calor es energía, y toda energía puede ser redirigida.
Antorcha humana lo oyó y sintió un pinchazo de algo que no era miedo, sino advertencia. Recordó, en un destello de conciencia táctica, lo que su propia naturaleza implicaba: su Asimilación Termocinética, la técnica que lo convertía en un proyectil de termodinámica violenta. La había usado antes contra enemigos que no podían soportarla. Pero este oponente no era un enemigo cualquiera. Este oponente absorbía. Este oponente convertía el fuego en recurso.
Y sin embargo, Antorcha humana era confiado, dominante, posesivo de su poder. No iba a retirarse. No iba a admitir que su llama pudiera ser un regalo para otro.
—Si puedes absorber mi calor —dijo, elevándose aún más alto, hasta que su figura se recortó contra el cielo encapotado—, entonces te daré más del que puedas contener.
Concentró toda su energía. Su cuerpo, ya de por sí hecho de fuego vivo, se comprimió sobre sí mismo, y la temperatura ascendió más allá de lo que la piedra podía soportar. Las paredes de la catedral empezaron a fundirse. El aire se volvió irrespirable incluso para él, que no respiraba. Y entonces se lanzó.
Fue un descenso de meteoro. Antorcha humana se convirtió en un proyectil de termodinámica violenta, un torrente de energía térmica fluida que atravesó la nave central con la fuerza de un sol cayendo. Su objetivo era claro: impactar a Draven con todo su poder y reducirlo a cenizas antes de que pudiera reaccionar.
Pero la matriz defensiva de Draven ya estaba activa.
La Faux Primordiale se alzó, y su luz violeta y azul se expandió en un escudo de muerte y tiempo entrelazados. El impacto fue monumental. El fuego de Antorcha humana golpeó el escudo, y el escudo no se rompió: absorbió. La energía térmica fluyó hacia la guadaña, hacia la matriz, hacia el propio Draven, que la recibió con una calma absoluta. Su capa se agitó, sus ojos rojos brillaron con un fulgor nuevo, y por un instante su figura pareció crecer, alimentada por el mismo poder que pretendía destruirlo.
—Gracias —dijo Draven, y en su voz monocorde hubo algo que podría haber sido satisfacción—. Tu llama era intensa. Ahora es mía.
Antorcha humana sintió cómo su energía se desviaba, cómo su fuego, su esencia, su propia definición, era ingerido por la matriz defensiva del oponente. Su Asimilación Termocinética, diseñada para convertir su cuerpo en un proyectil imparable, se había vuelto en su contra: sus llamas fueron ingentadas por la defensa de Draven, transferidas como recurso, y su evolución adversaria se completó ante sus ojos.
El fuego de Antorcha humana se apagó. No de golpe, sino en un declive cruel: primero los tonos amarillos, luego los naranjas, luego las brasas. Su forma humanoide, antes musculosa y atlética, se volvió translúcida, luego tenue, luego casi invisible. Cayó del cielo como una estrella moribunda, y el suelo de la catedral lo recibió con un golpe sordo.
Draven Alucard bajó la guadaña. La Faux Primordiale seguía brillando, ahora con un matiz anaranjado que no había tenido antes, un rescoldo ajeno que latía dentro de su luz violeta.
—No eres el primero que arde con orgullo —dijo, sin mirar el cuerpo caído—. Pero todo fuego encuentra su juez.
Se giró y caminó hacia la salida, y la catedral ardiente quedó atrás, consumida por las llamas de su propio dueño, ahora sin dueño. El juicio había terminado. La muerte, como siempre, era su obra de arte.
El final registrado
Este encuentro terminó con Draven Alucard aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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