Una crónica de arena
Tina VS Baki
El Canto de la Selva y el Tambor de la Maldición El aire olía a hierro y a sake derramado. Tina ya estaba en movimiento cuando la claridad del amanecer apenas empezaba a filtrarse…


Personajes del relato
El Canto de la Selva y el Tambor de la Maldición
El aire olía a hierro y a sake derramado. Tina ya estaba en movimiento cuando la claridad del amanecer apenas empezaba a filtrarse entre los árboles, y el sonido de sus pies descalzos sobre la roca húmeda marcaba el compás de una danza que llevaba librándose desde antes de que el sol tocara el dosel. Las marcas negras sobre su piel naranja brillaban con el sudor; no había tregua en su postura baja, en la curva depredadora de su espalda. Frente a ella, Baki se tambaleaba. La botella de vidrio colgaba de una mano sucia; la katana, de la otra, trazaba arcos lentos como si el propio acero estuviera borracho. Pero Tina ya sabía que aquello era una mentira. Cada vez que se acercaba demasiado, el hombre caía hacia un lado con torpeza imposible y, en el mismo instante, la hoja aparecía donde su cuello había estado un latido antes.
La primera sangre fue de él, no de ella. Un corte superficial le atravesaba el antebrazo derecho, y la sangre goteaba sobre la piedra. No era grave, pero le recordó que la borrachera de Baki no era debilidad: era un estado de combate. El sake no le nublaba los sentidos; le abría puertas que ningún guerrero sobrio podía cruzar. Tina lo había visto beber a grandes tragos entre intercambio e intercambio, y con cada trago sus movimientos se volvían más erráticos, más imposibles de leer.
—Hueles a miedo —murmuró Baki, arrastrando las palabras—. O tal vez es hambre. Los dos somos animales, ¿no? Yo bebo para olvidar. Tú cazas para recordar.
Tina no respondió. Los depredadores no hablan cuando acechan. Se lanzó desde la roca en un salto bajo, y sus garras negras buscaron el tendón de la corva. Baki se desplomó hacia adelante como si fuera a besar el suelo, pero en lugar de eso la katana subió en un arco ciego y desgarró el aire junto a su costado. Ella giró en el aire, aterrizó con una mano en el suelo y contraatacó con la otra, arañando el muslo de él. Sangre oscura empapó los pantalones holgados. El hombre no gritó. Sonrió con una tristeza que parecía más vieja que los árboles.
—Eso es —dijo—. Así se despierta la maldición.
Bebió de nuevo, un trago largo, y algo cambió en el aire. El viento que bajaba de las colinas trajo consigo un olor a ceniza y a alcohol quemado. Las sombras bajo los árboles se espesaron, y la hoja de la katana pareció absorber la poca luz que quedaba. Cuando Baki volvió a moverse, ya no era el borracho que se tambaleaba. Era el borracho que *caía* —caía hacia Tina con una velocidad que no debería ser posible, la punta del acero trazando una línea descendente que buscaba su clavícula.
Tina esquivó por un margen que habría avergonzado a cualquier otro guerrero. Pero el segundo golpe ya estaba en camino, y el tercero, y el cuarto: Baki atacaba como si cada embestida fuera un tropiezo, y cada tropiezo una ejecución. La Danza Negra de la Maldición no era una técnica. Era una rendición al caos, y el caos, bien dirigido, es la forma más pura de la precisión.
Tina retrocedió. No por miedo, sino por cálculo. Sus ojos de depredadora medían la distancia, el ritmo, la respiración entrecortada de él. Baki sangraba por la pierna y por el brazo, pero no mostraba signos de flaquear. Sin embargo, ella notó algo: cada vez que bebía, el hombre necesitaba un instante —un solo instante— para tragar. Y en ese instante, su guardia se abría como una puerta sin cerrojo.
El sol ya teñía las copas de los árboles de un dorado brutal. Los monos en las ramas habían enmudecido. Solo se oía el choque del acero contra la roca cuando Baki erraba, y el silbido de las garras cuando Tina pasaba cerca. La pelea se había convertido en una conversación de dos idiomas: el de la embriaguez y el de la bestia.
Tina cambió de táctica. Dejó de buscar el cuerpo de él y empezó a buscar la botella. Cada vez que Baki atacaba, ella no esquivaba hacia atrás; esquivaba hacia *adentro*, rozando su pecho, sus costillas, su cuello. Sus garras no buscaban matar: buscaban puntos precisos. Un arañazo en el hombro izquierdo. Otro en la muñeca que sostenía la botella. Otro en la cadera. Eran heridas pequeñas, casi insignificantes, pero cada una dejaba un rastro de un veneno grisáceo que se infiltraba en la sangre como una marea lenta.
Era el Veneno de la Selva Alta. No mataba rápido. Paralizaba con elegancia.
Baki lo sintió en el quinto intercambio. Su pie derecho, que siempre encontraba la roca sin fallar, resbaló. La katana pasó silbando demasiado lejos de Tina, y el hombre cayó de rodillas. Tosió. El sake mezclado con sangre le corrió por la barbilla.
—¿Qué... qué me has hecho? —gruñó, y por primera vez su voz sonó sobria, despojada de la bruma—. Esto no es... no es la maldición. Es otra cosa.
—Es la selva —respondió Tina, con su voz baja y rítmica, mientras se acercaba sin prisa—. La selva no te mata de golpe. Te adormece. Te rinde. Y después te devora.
Baki intentó levantarse. La katana tembló en su mano, pero sus dedos ya no obedecían del todo. El veneno gris había llegado a sus brazos, a sus piernas, a la base de su cuello. La Danza Negra se apagó como una vela sin oxígeno. Aun así, el hombre hizo un último intento: una estocada desesperada, baja y torcida, que Tina desvió con el dorso de la mano. Sus garras negras trazaron un último arco sobre la muñeca de él, y la katana cayó sobre la roca con un ruido metálico que resonó en todo el claro.
La botella de sake rodó por el suelo, derramando lo que quedaba. Baki quedó de rodillas, con la respiración pesada, los ojos aún feroces pero el cuerpo ya inmóvil.
—La maldición... —jadeó—. Siempre pensé que me mataría a mí. No a mi enemigo.
Tina se detuvo frente a él. El sol ya estaba alto, y la luz caía sobre las marcas de tigre de su piel como si la selva misma la estuviera coronando. No había triunfo en su rostro, solo la calma de un depredador que ha completado la caza.
—No te mata —dijo ella—. Solo te impide seguir bebiendo.
Baki bajó la cabeza. Sus hombros temblaron, pero no de rabia. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro ronco.
—Entonces hoy... hoy gano algo. Aunque no sea la pelea.
Tina lo observó un momento más. Luego se dio la vuelta y caminó hacia las rocas, hacia los árboles, hacia la espesura que era su casa. El veneno gris haría su trabajo lentamente; en unas horas, Baki podría moverse de nuevo. Pero la katana quedaría en el suelo, y la botella estaría vacía, y la maldición, por primera vez en años, tendría que enfrentarse a un hombre que ya no podía beber para olvidar.
Detrás de ella, el claro quedó en silencio. Solo el viento siguió soplando entre las hojas, llevándose el olor a sake y a sangre, y el último eco de una danza que, por esta vez, había encontrado su final en la paciencia de la selva.
El final registrado
Este encuentro terminó con Tina aún en pie.
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