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Una crónica de arena

Tina VS Sherilyn

La luz que caía sobre el sendero de piedra era la de un sol enfermo, filtrado por hojas tan altas que parecían no terminar nunca. Tina descendió de las rocas del claro con la…

5 min de lecturaPublicado
Tina, a character in Tina VS SherilynSherilyn, a character in Tina VS Sherilyn

Personajes del relato

TinaVer la saga del personajeSherilyn
La historia

La luz que caía sobre el sendero de piedra era la de un sol enfermo, filtrado por hojas tan altas que parecían no terminar nunca. Tina descendió de las rocas del claro con la lentitud de quien ya ha medido a su presa: la espalda baja, las plantas desnudas adhiriéndose a la humedad del musgo, los dedos de uñas negras ligeramente curvados como garfios. Frente a ella, inmóvil junto a la sombra del gran árbol, Sherilyn sostenía el cristal azul geométrico entre ambas manos. La clériga no había desenvainado. Su escudo redondo de bronce seguía colgado a la espalda, y esa calma —esa paciencia metódica que no era rendición sino cálculo— fue lo primero que Tina registró como amenaza.

—No vas a caminar hacia mí —dijo Tina, con voz grave y rítmica—. Lo sé. Los que rezan nunca caminan primero.

—Solo me muevo cuando comprendo el terreno —respondió Sherilyn, imperturbable—. Liraya no premia la prisa.

El claro era amplio, y eso lo cambiaba todo. En la selva, Tina era dueña de cada tronco y cada raíz; aquí, entre piedras dispersas y hierba rala, la distancia era un campo abierto que ambas podían disputar. Tina lo entendió de inmediato, y por eso se movió primero: un latigazo lateral, pies apenas tocando el suelo, describiendo un semicírculo que obligó a Sherilyn a girar sobre sus talones descalzos. El cristal azul trazó un arco de luz. No era un ataque, comprendió Tina al verlo; era una marca. Sherilyn lo dejó caer sobre una piedra plana a mitad del claro, y siguió retrocediendo con pasos medidos, siempre manteniendo el rostro hacia ella, siempre cediendo terreno como quien paga un precio calculado.

Tina no cedería. Acortó la distancia en tres zancadas explosivas, el cabello rojizo cortando el aire, y su primera andanada encontró el antebrazo de Sherilyn, no el cuello. La clériga había alzado el brazo con el bracer justo a tiempo, absorbiendo el impacto con el codo, y en el instante del contacto Tina sintió algo bajo la piel: un pulso tibio, un fulgor que recorrió el bracer y se desvaneció. Un detalle pequeño. Insignificante, casi. Tina lo descartó y siguió: garra arriba, garra abajo, dos golpes al flanco, un giro para quedar a espaldas de su enemiga. Sherilyn giró antes de que el tercer golpe llegara. Nunca era rápida; era puntual. Cada movimiento suyo existía exactamente cuando debía existir, y ni un instante antes.

Tina la castigó por ello. Le clavó los dedos en el hombro, raspando la tela blanca, y sintió cómo el manto verde cedía. Sangre. Poca, ordenada, contenida. Sherilyn no gritó. Solo bajó la mirada hacia la herida, como si la leyera, y luego hacia el cristal azul que descansaba sobre la piedra, a media distancia, olvidado a propósito.

Entonces Tina comprendió la trampa, pero demasiado tarde para detener su propio cuerpo. Cada vez que atacaba —y atacaba sin pausa, porque su estilo era el de una depredadora que no concede respiro—, debía pasar cerca de aquella piedra plana. Cada embestida, cada círculo, cada retirada fingida la arrastraba de vuelta al mismo punto del claro. La luz del cristal, al principio tenue, latía ahora con un ritmo que coincidía con las pisadas de Tina. No la hería. La contaba.

—Estás midiendo mis pasos —gruñó Tina, y por primera vez su voz perdió algo de su ritmo de caza.

—Estoy midiendo tu constancia —dijo Sherilyn—. Es admirable. Y predecible.

Lanzó la mano libre y algo estalló: no un golpe, sino una ola de luz fría que se expandió desde el cristal y cubrió el claro como agua derramada. El suelo se volvió resbaladizo, no físicamente, sino en la percepción: cada piedra parecía estar un palmo más lejos de lo que estaba, cada distancia mentía. Tina saltó hacia la clériga y aterrizó donde no había calculado, con la garra cortando el vacío. Por primera vez en mucho tiempo, falló. Y Sherilyn, que había esperado todo el combate exactamente esto, ya no estaba donde Tina creía.

La clériga avanzó entonces. Sin prisa, sin furia, con la autoridad tranquila de quien ha completado un inventario. El escudo de bronce pasó del hombro al antebrazo con un solo gesto fluido, y su borde encontró la sien de Tina en una trayectoria corta y precisa. Tina rodó, se reincorporó con un gruñido, pero el claro ya no era suyo. Cada punto de apoyo le pertenecía a Sherilyn, que había pasado el combate entero tejiendo la geografía del terreno como un cirujano teje una sutura.

Tina intentó su último recurso: velocidad pura, un asalto ciego y brutal, todas sus garras a la vez, el peso entero de su cuerpo lanzado hacia adelante. Sherilyn no la esquivó. Plantó los pies descalzos sobre la piedra central, alzó el borde del escudo y recibió el impacto como una pared recibe una ola. El bronce vibró. Tina sintió el golpe devuelto por sus propios brazos, el aire saliendo de sus pulmones, y luego el segundo movimiento: la luz del cristal, ya no dispersa sino concentrada, descendiendo sobre ella en un solo pilar geométrico que la envolvió sin quemarla, sin herirla, solo sujetándola.

No podía moverse. Cada músculo respondía a su voluntad y sin embargo no encontraba dirección. El paralizante no era veneno; era orden. Una geometría impuesta sobre su cuerpo que le decía a cada fibra dónde quedarse.

—No te he dañado más de lo necesario —dijo Sherilyn, y su voz sonaba tan serena que casi resultaba cruel—. Liraya cura y también detiene. Ambas cosas requieren la misma precisión.

Tina, de rodillas sobre la hierba, los brazos inmovilizados a media altura, la vio guardar el cristal azul en el pliegue del manto. La clériga recogió su escudo, tocó con dos dedos la herida de su propio hombro y la luz se cerró sobre ella como una costura. Después miró a Tina sin triunfo, con esa exhaustiva minuciosidad que había sido, desde el principio, su verdadera arma.

El claro quedó en silencio. Las hojas altas siguieron filtrando su sol enfermo. Tina respiraba, vencida y consciente, y en su pecho de depredadora se abría paso una verdad incómoda: no la había superado en fuerza. La habían leído, paso a paso, como se lee un mapa hasta el final.

El final registrado

Este encuentro terminó con Sherilyn aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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