Una crónica de arena
Tina VS Jakko
Tina ya estaba en movimiento cuando el mundo todavía parecía dormido. Sus pies descalzos, de uñas negras y duras como garras, se aferraban a la roca húmeda del claro, y su cuerpo…


Personajes del relato
Tina ya estaba en movimiento cuando el mundo todavía parecía dormido. Sus pies descalzos, de uñas negras y duras como garras, se aferraban a la roca húmeda del claro, y su cuerpo entero —esa piel naranja rayada de tigre, esa melena rojiza que el viento del amanecer despeinaba— describía un arco bajo, casi horizontal, como si la selva misma la hubiera esculpido para cazar. Olfateó el aire. Algo metálico. Algo viejo.
No era presa. Era un igual. Y por eso su corazón latía despacio, con esa calma de depredador que reconoce a otro.
Jakko entró al claro sin prisa, y la luz pareció retroceder a su paso. La armadura negra, veteada de oro, devoraba el verde del follaje; el fuego naranja que abrazaba sus hombros y su pecho no iluminaba, sino que manchaba el aire con un resplandor enfermizo. En su mano, la espada curva de energía azul trazaba una línea fría, como un trozo de noche arrancado del cielo. Bajo sus botas, los símbolos rúnicos del suelo empezaron a encenderse, uno tras otro, en un círculo que Tina no había visto antes.
Tina frunció el ceño. Toda su vida había leído la selva. Pero esto no era selva. Esto era… una equivocación antigua, un idioma que no conocía.
—No eres de aquí —dijo ella, con voz baja y acompasada, cada palabra mordida con precisión.
Jakko no respondió. Su mirada, dos brasas tras la máscara de bestia astada, se posó en ella un instante y luego en el círculo luminoso bajo sus pies. Alzó la espada. El fuego de su pecho se avivó.
Tina comprendió, con el cuerpo antes que con la mente, que aquel hombre no venía a cazarla. Venía a cerrar algo. A completar un sello. Y ella, al pisar el claro, se había colocado justo en el centro del dibujo.
Había interpretado su propia llegada como una emboscada. Se equivocó. La trampa no era para ella; era el mundo entero el que estaba siendo atado, y ella era la única pieza suelta.
No importaba. La presa y el cazador cambiaban de nombre según quién se moviera primero.
Tina saltó.
Fue un latigazo de músculo y sombra. Sus pies apenas rozaron la roca antes de lanzarla en diagonal, hacia el flanco izquierdo de Jakko, donde el fuego era más tenue. Sus garras buscaron el hueco entre las placas del cuello. Pero la espada azul ya estaba allí, no para cortarla, sino para trazar un arco defensivo que silbó a un dedo de su cara. El calor de la hoja le chamuscó un mechón de pelo. Tina giró en el aire, aterrizó con las dos manos en el suelo y volvió a saltar, esta vez por el otro lado, trazando una Z imposible que ningún ojo humano podría seguir.
Jakko la seguía. No con los ojos, sino con algo más profundo: los símbolos del suelo parpadeaban cada vez que ella tocaba tierra, delatándola. El guerrero de la armadura negra levantó una mano, y una columna de fuego naranja brotó del círculo, obligándola a torcer el cuerpo en el aire para no quemarse.
Tina aterrizó de espaldas, rodó, se puso en pie. Jadeaba. El sudor brillaba sobre las rayas negras de su piel. Por primera vez en mucho tiempo, el aire no le bastaba.
—Lento —murmuró Jakko. Su voz resonó con un eco metálico, sin emoción, como si leyera una inscripción. —Lento, pero vivo. El sello te necesita viva.
Esa frase fue su perdición. Tina lo entendió al instante: no la mataría. La necesitaba. Y quien necesita algo, teme perderlo.
Entonces dejó de esquivar.
Corrió directo hacia él, en línea recta, y el fuego la golpeó en el hombro y le arrancó un jirón de tela y un grito que no era de dolor sino de desafío. Mientras las llamas la lamían, sus dedos —los diez, duros como piedra— encontraron los puntos exactos que su instinto llevaba años memorizando: la base del cuello, el pliegue del codo, la ingle bajo la armadura, la muñeca que sostenía la espada azul. Golpeó una, dos, siete, doce veces, en ráfagas que se solapaban, cada impacto depositando una gota invisible de veneno gris.
Jakko alzó la espada para partirla en dos. Y no pudo.
El brazo no le respondió. Una niebla gris, casi hermosa, se extendía bajo su piel desde cada punto golpeado, y sus articulaciones se volvieron de plomo. La hoja azul cayó de su mano y se hundió en la tierra como una aguja en un estanque. Las runas del suelo empezaron a parpadear, erráticas, sin la voluntad que antes las gobernaba.
—Veneno de la selva alta —dijo Tina, enderezándose despacio, el hombro quemado humeando aún. —No mata. Solo te enseña a quedarte quieto.
Jakko intentó hablar, pero la parálisis ya le había sellado la mandíbula. Su mirada, sin embargo, seguía encendida, y en ella Tina creyó leer algo parecido al reconocimiento. El cazador que descubre que la presa lo ha estado cazando desde el principio.
El fuego de su pecho se apagó por sí solo, como una vela a la que le quitan el aire. Los símbolos del suelo se extinguieron uno a uno. La noche volvió a ser noche, y la selva, selva.
Tina se acuclilló frente a él, respirando hondo, y apoyó una garra en el metal frío de su hombrera.
—Tu círculo está roto —dijo. —Y yo sigo en pie.
No hubo una última palabra de Jakko. Solo el silencio de un guerrero que, por primera vez, no tenía nada que sellar.
Tina se incorporó y caminó hacia la espesura, dejando atrás la armadura inmóvil bajo la luna nueva. La selva la recibió sin preguntas, como siempre recibe a los suyos.
El final registrado
Este encuentro terminó con Tina aún en pie.
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