Una crónica de arena
Cheetah VS Nofuqus Given
El aire del baño público olía a metal húmedo y a algo más antiguo, algo que no tenía nombre en ningún idioma que Cheetah conociera. La guepardo descendió desde el nivel superior…


Personajes del relato
El aire del baño público olía a metal húmedo y a algo más antiguo, algo que no tenía nombre en ningún idioma que Cheetah conociera. La guepardo descendió desde el nivel superior del edificio en ruinas, aterrizando sobre una repisa de azulejos rotos con la precisión silenciosa de una sombra que se niega a ser vista. Sus ojos azules recorrieron el piso inferior: charcos oscuros, paredes salpicadas, y en el centro, una figura humanoide cubierta de una sustancia viscosa que goteaba en hilos lentos hacia el suelo. Nofuqus Given alzó la cabeza. Su boca se abrió en una risa húmeda que rebotó contra los azulejos.
—Ah, la cazadora —gorjeó, con una voz que parecía arrastrar piedras y agua podrida—. Llegas justo a tiempo para el espectáculo. Yo soy el espectáculo. Tú eres el espectáculo. Todo es espectáculo.
Cheetah no respondió. Su cola rayada se movió una vez, midiendo el aire. Descendió otro nivel, garras aferrándose a una viga expuesta, y luego al borde de un lavamanos destrozado. La distancia se acortaba. El instinto le decía que aquella criatura no era un depredador, no era presa, era algo intermedio, algo que se alimentaba de la repugnancia y del absurdo. Pero el instinto también le decía que todo tenía un ritmo. Todo se movía en cadencias. Solo había que encontrar la pausa.
Nofuqus extendió los brazos, y de sus muñecas brotaron arcos de la sustancia oscura que salpicaron las paredes, el techo, el suelo. El aire se volvió espeso, cargado de un hedor que picaba en la garganta. Cheetah saltó hacia un lado, pero una gota le rozó el hombro. La piel dorada se manchó. No le importó. Siguió moviéndose, subiendo por una tubería oxidada hasta una plataforma elevada, obligando a la criatura a girar. Quería que se moviera. Quería ver su ritmo.
—¡Corre, corre, gatita! —aulló Nofuqus, girando sobre sí mismo y lanzando más proyectiles inmundos—. ¡El suelo es lava! ¡El suelo es vida! ¡Todo es lo mismo!
Su risa se quebró en un sonido gutural, y luego en algo parecido a un sollozo, y luego en risa otra vez. Cheetah observó desde lo alto. Las salpicaduras seguían un patrón, no del todo aleatorio. Había una cadencia en la forma en que su cuerpo se tensaba antes de cada arco, una pausa mínima, un silencio entre latidos, el instante en que la malla de luz y suciedad enemiga se abría como una grieta en el aire.
Ese era el momento.
Cheetah se lanzó desde la plataforma. No en línea recta, sino en una espiral descendente, usando las paredes como impulso, rebotando de un azulejo a otro con una velocidad que difuminaba su silueta. Nofuqus abrió los brazos, ofreciendo el pecho, riendo, esperando el impacto. Su cuerpo entero era una trampa: absorber el golpe, convertir la certeza del ataque en parálisis grasienta, en rendición por asco. Lo sabía. Lo esperaba.
Pero Cheetah no atacó el pecho. En el instante exacto de la pausa, cuando la malla de proyectiles se abrió y el cuerpo de Nofuqus se tensó para recibir, ella cambió de dirección en el aire. Un giro brutal de cadera, un latigazo de cola, y sus garras trazaron un arco que no buscaba carne, sino el punto de apoyo: la tubería principal que sostenía la plataforma superior, ya debilitada por la corrosión de la sustancia.
El metal cedió con un gemido. La plataforma entera se desplomó.
Nofuqus alzó la vista, y por primera vez su risa titubeó. La estructura cayó sobre él, no para aplastarlo, sino para atraparlo, para inmovilizarlo contra el suelo encharcado, para negarle el movimiento que necesitaba para diseminar su caos. La sustancia que lo cubría se mezcló con el agua estancada, diluyéndose, perdiendo su poder de parálisis. La certeza de su trampa se volvió contra él: había esperado un ataque directo, y al no recibirlo, su cuerpo quedó abierto, expuesto, indefenso.
Cheetah aterrizó a un metro de distancia, sobre una repisa limpia. Sus ojos azules lo observaron forcejear bajo el metal retorcido. La risa de Nofuqus se convirtió en un gorgoteo, luego en un suspiro, luego en silencio. No estaba muerto. Pero estaba fuera de juego, atrapado en su propio charco, en su propia broma.
—El ritmo —dijo Cheetah, con voz baja y resonante—. Siempre hay un ritmo. Solo hay que esperar la pausa.
Nofuqus intentó reír, pero solo salió un borboteo. Sus ojos, muy abiertos, parpadearon hacia el techo. La cacería había terminado. La presa no era presa, pero el depredador había encontrado la manera de cazarla de todos modos: no con fuerza bruta, sino con timing, con velocidad, con la lectura exacta del instante en que el caos se detiene para respirar.
Cheetah se irguió sobre la repisa, la cola quieta, las garras aún extendidas. El aire seguía apestando, pero ya no importaba. Había encontrado la pausa. Y en esa pausa, había ganado.
El final registrado
Este encuentro terminó con Cheetah aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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