Una crónica de arena
Antorcha humana VS Venganza
El cielo sobre las ruinas flotantes se partió en dos colores: naranja incandescente abajo, azul eléctrico arriba. Antorcha humana emergió de un banco de nubes en llamas sin haber…


Personajes del relato
El cielo sobre las ruinas flotantes se partió en dos colores: naranja incandescente abajo, azul eléctrico arriba. Antorcha humana emergió de un banco de nubes en llamas sin haber buscado aquel lugar, sin haber planeado nada, y encontró allí a Venganza, de pie sobre una plataforma de roca suspendida, la espada rúnica goteando relámpagos y el orbe de islas en miniatura girando lentamente en su mano izquierda. No hubo palabras de presentación. El fuego y la tormenta se reconocieron como enemigos antes de que ninguno de los dos decidiera atacar.
Antorcha humana descendió primero. Su cuerpo se estiró en una línea de plasma y cruzó el espacio abierto en menos de un segundo, dejando tras de sí una estela que encendió el aire. Lanzó una esfera de calor concentrado directamente al pecho blindado de Venganza. El guerrero no se movió: el cristal púrpura incrustado en su armadura absorbió el impacto y lo devolvió como un pulso de gravedad invertida que arrojó a Antorcha humana hacia arriba, desorientado, con las llamas parpadeando.
—Ese truco no te salvará dos veces —crepitó Antorcha humana, y su voz sonó como un incendio hablando.
Venganza no respondió. Alzó la espada y la electricidad azul se derramó por el filo hasta formar un arco que partió en busca del héroe en llamas. Antorcha humana rodó en el aire, encendió los pies y esquivó por centímetros, sintiendo cómo el rayo le arrancaba jirones de fuego del hombro. El dolor lo enfureció. Descendió en picado, esta vez sin proyectiles, con los puños envueltos en un calor blanco que deformaba el metal a distancia. Golpeó el peto de Venganza dos veces, tres, cuatro, y cada impacto hacía saltar chispas del cristal púrpura.
Pero Venganza era un muro. Recibió los golpes con los dientes apretados y, en el hueco entre el tercer y el cuarto puñetazo, giró la muñeca y accionó el orbe. Las islas en miniatura se elevaron del globo y crecieron hasta convertirse en rocas reales, afiladas como lanzas, que salieron disparadas contra Antorcha humana. Una le atravesó el costado de llamas; otra le cerró el paso hacia arriba. El héroe ígneo se retorció, encendió todo su cuerpo hasta el blanco y estalló en una nova que pulverizó las rocas y obligó a Venganza a retroceder un paso, el primero de toda la pelea.
Antorcha humana aprovechó ese paso. Se lanzó hacia adelante con la intención de asimilar el calor residual del ambiente, de convertir cada partícula de energía en combustible, y activó su Asimilación Termocinética: se transformó en un proyectil de termodinámica violenta, un cometa de fuego puro dirigido al centro del pecho de Venganza. Era su movimiento definitivo. Era la manera en que siempre ganaba.
Y fue exactamente lo que Venganza esperaba.
El cristal púrpura brilló con una luz fría, antinatural, y la matriz defensiva que Venganza había tejido en silencio durante todo el combate —capa sobre capa de gravedad comprimida, de escudos rúnicos alimentados por cada golpe recibido— se abrió como una garganta. El cometa de Antorcha humana entró en ella y no encontró resistencia, sino hambre. Su energía térmica, toda su masa convertida en calor, fue absorbida, desviada, redistribuida. Las llamas que lo definían empezaron a apagarse desde los bordes hacia el núcleo, y el cristal del pecho de Venganza latió con un naranja nuevo, robado, mientras el propio Venganza crecía: la electricidad azul se volvió violeta incandescente, las grietas de su armadura se soldaron con luz, y las islas del orbe giraron más rápido, alimentadas por el poder que acababa de arrebatarle a su enemigo.
Antorcha humana intentó recuperar el control. Palpó su propio fuego y lo encontró escaso, disperso, como si alguien hubiera abierto una compuerta en su interior. Gritó, y el grito salió humo. Cayó de rodillas sobre una roca flotante, y por primera vez en su existencia el calor no respondió a su voluntad.
Venganza alzó la espada, ahora envuelta en un relámpago anaranjado que no era suyo, y la bajó una sola vez. El golpe no fue cruel ni apresurado; fue el de un hombre que ya había decidido el final mucho antes de que empezara. La hoja atravesó el núcleo debilitado de Antorcha humana, y lo que quedaba de sus llamas se apagó con un suspiro seco, como una vela en un cuarto cerrado.
El silencio que siguió fue absoluto. Venganza permaneció de pie sobre la plataforma, el orbe de islas girando otra vez en su mano, el cristal del pecho aún palpitando con el rescoldo robado. Miró el cuerpo inerte de su enemigo sin triunfalismo, solo con el cansancio de quien ha añadido otra batalla a una lista que nunca termina. Luego, sin decir palabra, volvió la mirada hacia el vórtice del horizonte y siguió su camino.
El final registrado
Este encuentro terminó con Venganza aún en pie.
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