Una crónica de arena
Tina VS Nyxara Voidstep
Tina descendió sobre la roca húmeda con las plantas de los pies desnudos, sintiendo cada grieta del basalto como una extensión de sus propios tendones. El aire de la selva alta…


Personajes del relato
Tina descendió sobre la roca húmeda con las plantas de los pies desnudos, sintiendo cada grieta del basalto como una extensión de sus propios tendones. El aire de la selva alta olía a lluvia vieja y a humo. Un humo que no pertenecía a ningún fuego conocido: rojo, denso, reptante entre los helechos como si tuviera voluntad propia.
Lo vio antes de oírlo. Una silueta encapuchada, agazapada sobre una raíz retorcida, con la piel del color de una noche enferma. Ojos rojos. Runas geométricas encendidas en los antebrazos, latiendo como venas de lava. Y detrás de ella, suspendido en el aire húmedo, un espectro con forma de dragón hecha de humo negro, cuyos ojos naranjas parpadeaban con una paciencia que no era animal ni humana.
Tina no habló. Los depredadores no negocian con el terreno, lo leen.
Sabía tres cosas y ninguna más. Primera: la figura no respiraba como respira un ser vivo, sino con un ritmo sincopado, como si el aire entrara y saliera por un conducto ajeno a sus pulmones. Segunda: la daga negra goteaba algo que no era sangre, y donde caía, el musgo se marchitaba en un círculo perfecto. Tercera: el espectro dragón no atacaba. Observaba. Esperaba algo de ella.
Ese era el problema. Tina no sabía qué.
Cerró los ojos un instante. El viento cambió, arrastrando el humo rojo hacia su izquierda, y con él llegó un sonido apenas perceptible: un zumbido bajo, constante, casi un cántico. Las runas de los brazos de Nyxara pulsaban con ese zumbido. No era decoración. Era un mecanismo. Una trampa que se alimentaba de algo.
Tina sonrió, y sus colmillos asomaron bajo las rayas oscuras de su rostro.
—Entonces quieres que me mueva —murmuró, y su voz fue un trueno bajo la corteza.
Saltó.
No atacó a la encapuchada. Atacó al aire. Un giro brutal a media altura, garras negras trazando un arco que rebanó el humo rojo en dos mitades. El zumbido se quebró. Las runas de Nyxara parpadearon, y por primera vez el espectro dragón giró su cabeza hacia un punto distinto.
Tina había entendido. El humo no era un veneno: era un enjambre de atención. Nyxara no veía con los ojos; veía con el humo, y el humo se nutría del movimiento ajeno. Cada paso, cada salto, cada respiración agitada alimentaba el campo que la rodeaba. Su memoria de otras batallas se lo gritaba: contra los enemigos de energía ligera, absorbe y golpea el foco mental. La propia Nyxara lo había aprendido en otro mundo. Lumbria se rindió por agotamiento.
Tina no se agotaría. Tina cambiaría el juego.
Aterrizó en la roca opuesta y, en lugar de seguir moviéndose, se quedó absolutamente quieta. Piernas flexionadas. Peso bajo. Los dedos de los pies agarrados a la piedra como raíces. Respiró despacio, forzando cada exhalación a ser larga, silenciosa, casi inexistente. El humo rojo, hambriento de movimiento, se detuvo a su alrededor, confundido, buscando una presa que ya no se movía.
Nyxara alzó la cabeza bajo la capucha. La primera fisura.
—Puedo esperar más que tú —dijo Tina, sin moverse un milímetro.
Y era verdad. Era una emboscada contra otra emboscada. La paciencia del depredador contra la paciencia del vacío.
Los segundos se estiraron. El espectro dragón se agitó, sus ojos naranjas recorriendo el espacio con creciente inquietud. Las runas de Nyxara empezaron a pulsar más rápido, no por ataque, sino por necesidad: el campo se estaba muriendo sin movimiento que consumir. El humo rojo se adelgazó, se volvió transparente, revelando la posición exacta de sus pies sobre la raíz.
Tina vio el punto ciego. Siempre había estado ahí, oculto por el humo: bajo la capucha, en el cuello, donde el espectro y la mujer se conectaban con un cordón de energía que se estiraba y se recogía como un tendón vivo.
Nyxara debió sentirlo, porque se lanzó primero.
Fue rápida. Una estocada de daga negra hacia el pecho de Tina, con el espectro dragón abalanzándose en paralelo para cerrar los flancos. Un ataque coordinado, limpio, letal. Tina no lo esquivó. Se movió hacia dentro, hacia la trayectoria del filo, y en el último instante rotó el torso, dejando que la hoja pasara rozando su costado mientras sus garras agarraban el antebrazo de Nyxara.
En ese contacto, el humo rojo rugió. La energía de movimiento de Tina alimentó las runas, y por un instante Nyxara creyó haber ganado.
Pero Tina no había agarrado por impulso. Había medido la longitud del cordón invisible entre la mujer y el espectro. Y ahora, con la mano libre, clavó las garras exactamente en ese punto de unión: en el cuello encapuchado, donde la energía se anudaba.
El grito que siguió no fue humano. El espectro dragón se desgarró en jirones de humo negro, disolviéndose como tinta en agua. Las runas de Nyxara estallaron en un último pulso rojo y luego se apagaron, una por una, hasta quedar como cicatrices grises sobre la piel púrpura.
Tina la sostuvo un momento, mirándola a los ojos rojos que ya no brillaban.
—Cazas con el movimiento de otros —dijo, con voz baja y ritmada—. Por eso cazas bien. Pero yo soy la que decide cuándo moverse.
Soltô el brazo. Nyxara cayó de rodillas sobre la raíz, la daga negra rodando lejos entre los helechos, el humo desvaneciéndose en la lluvia que empezaba a caer. El campo había muerto con ella: sin movimiento, sin atención, sin espectro. Solo quedaba una selva húmeda y silenciosa, y una guerrera de rayas oscuras que respiraba despacio, sin haber gastado más energía que la estrictamente necesaria.
Tina se irguió sobre la roca, las garras goteando la última niebla roja. Miró al cielo encapotado y luego al cuerpo vencido a sus pies. No había prisa en su victoria. Solo la certeza del depredador que ha esperado el momento correcto y lo ha ejecutado con precisión.
El zumbido ya no existía. El humo ya no la buscaba. Y en el silencio de la selva alta, Tina supo que la batalla había terminado antes de empezar: la había ganado el instante en que decidió quedarse quieta.
El final registrado
Este encuentro terminó con Tina aún en pie.
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