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Una crónica de arena

Selene VS Mash Burnedead

La lluvia caía sobre las losas grises en un monótono tamborileo, y en aquella callejuela donde las sombras se acumulaban como una densa niebla, Selene se detuvo por primera vez en…

6 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS Mash BurnedeadMash Burnedead, a character in Selene VS Mash Burnedead

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeMash Burnedead
La historia

La lluvia caía sobre las losas grises en un monótono tamborileo, y en aquella callejuela donde las sombras se acumulaban como una densa niebla, Selene se detuvo por primera vez en décadas sin necesidad de hacerlo.

Sus ojos azul grisáceos recorrieron la silueta que emergía del velo pluvial: un muchacho de cabello negro y pesado flequillo, de pupilas de un verde amarillento que destellaban con una frialdad casi sobrenatural. Una cicatriz oscura, semejante a un rayo, le surcaba la mejilla hasta el cuello. Vestía un traje azul marino impecable y sostenía en la mano derecha un pan dorado, intacto, protegido del aguacero por un gesto casi inconsciente.

—No deberías estar aquí, niño —dijo Selene, y su voz arrastró un eco subterráneo, como si hablara desde el interior de una tumba.

Mash Burnedead no respondió. Dio un mordisco al pan con una calma que no encajaba en el escenario de un combate, y sus pupilas se clavaron en ella sin parpadear. Aquel gesto, tan mundano, resultaba más perturbador que cualquier grito.

Selene se movió primero. No había anuncio, ningún preludio: simplemente dejó de estar donde estaba y apareció a un palmo del rostro del muchacho, una hoja negra extendida hacia su garganta con la precisión de una cirujana. Aquella velocidad había terminado con cientos de vidas.

La hoja encontró el vacío.

Mash había inclinado la cabeza apenas lo necesario para que el acero rozara el aire donde había estado su cuello, y sin cambiar su expresión, cerró su mano sobre la muñeca de la vampira. El agarre no era humano: era una fuerza que trituraba hueso. Selene sintió el crujido de su radio antes de sentir el dolor.

Ella no gritó. Su naturaleza vampírica era inmune al pánico, pero no a la información. Aquel muchacho poseía una fuerza física que desafiaba toda lógica material. Un simple mortal no podía... y, sin embargo, la presión en su muñeca era innegable.

Selene torció el cuerpo y lanzó una patada alta hacia el cráneo de Mash. Él la soltó y retrocedió un paso, pero el movimiento de la vampira la puso fuera de equilibrio justo en el instante en que el puño del muchacho —una masa de músculo compacta bajo la chaqueta— impactó en su costado.

El golpe la arrancó del suelo y la estrelló contra el muro de ladrillo. Selene absorbió el impacto con la columna, sintiendo vértebras desplazarse, costillas astilladas. Su cuerpo comenzó a regenerarse de inmediato, el tejido cerrándose en espasmos casi imperceptibles.

Mash, frente a ella, dio otro mordisco a su pan. La escena era absurda e inquietante a partes iguales.

Selene se levantó. Sus huesos volvían a su lugar. Su respiración, que no necesitaba, se asentó en un ritmo deliberado. Analizaba. Aquel muchacho era un enigma: velocidad suficiente para esquivar sus ataques, fuerza para romperle la estructura ósea. Pero no había visto su regeneración más de lo necesario. Y aquel pan... no apartaba la mirada de él.

La vampira se detuvo. Dejó caer los brazos.

—Tienes un punto débil —dijo, y no era una pregunta.

Mash parpadeó por primera vez. Su mirada se desvió, fugaz, hacia el pan dorado que apretaba contra su pecho. Selene lo vio. Aquella fracción de segundo fue toda la confirmación que necesitaba, y en lugar de atacar, retrocedió hacia las sombras de la callejuela.

Dejar pasar la oportunidad era, en su geometría letal, la jugada correcta. El pan no era un capricho: era un ancla. Aferrarse a él era tanto su debilidad como su fuente de esa calma desconcertante. Y Selene acababa de comprender qué patrón de regeneración —la suya propia, la de cualquier criatura— podía sellar.

Mash terminó su pan. Lo masticó con lentitud, tragó, y entonces, por primera vez, algo cambió en su rostro. No había miedo. No había rabia. Había una especie de reconocimiento sereno.

—Eres rara —dijo, con una voz baja y plana—. Todos los demás solo se lanzan.

Selene sonrió, apenas, y aquella sonrisa no tocó sus ojos.

Sacó la hoja negra y la sostuvo entre sus dedos, no como arma, sino como una aguja de disección ante un cuerpo ya abierto. Mash cargó de inmediato, para no concederle más ventaja. Y en esa carga, ella leyó exactamente lo que necesitaba.

Los golpes se sucedieron como truenos en la callejuela. Mash la alcanzó dos veces, en la cadera y en la clavícula, y cada impacto la derribaba sobre los adoquines con un estrépito de huesos. Pero cada vez, cuando su cuerpo se asentaba, la vampira observaba: la manera en que los músculos del muchacho se retorcían antes de cada movimiento, la milimétrica inclinación de su torso, el patrón de sus pasos en el suelo húmedo.

Él no tenía regeneración. Lo sabía con certeza absoluta cuando vio el corte que ella le había abierto en el antebrazo izquierdo resentarse con una sangre roja y espesa que no se cerraba.

No era inmortal. Solo era fuerte. Y la fuerza, por sí sola, podía ser derrotada por la precisión.

Selene absorbió un golpe directo al esternón que la hizo escupir un espasmo de oscuridad, pero mientras su cuerpo se arqueaba en el aire, su mano ya había trazado el arco final. La hoja negra se hundió en el hombro derecho de Mash, entre el hueso y la articulación, donde el tendón se tensaba para impulsar el siguiente golpe.

El muchacho se detuvo. Su brazo derecho colgó inerte. La sangre manó a borbotones entre sus dedos.

—Sentencia de la Tormenta Inmutable —murmuró Selene, y su voz resonó como el último latido de un trueno distante.

Clavó la hoja de acero indestructible en la herida vital, un sello físico que detuvo el flujo de sangre y anuló cualquier capacidad de recuperación. Para un ser cuya fuerza y velocidad nunca habían dependido de la curación, aquella herida no era mortal... pero sí definitiva.

Mash intentó levantar el brazo. No pudo. Intentó dar un paso. Su cuerpo se inclinó, buscando un equilibrio que la mano derecha ya no sostenía. Sus ojos verdes destellaron una vez, y en ellos hubo menos rendición que curiosidad.

—No me duele —dijo, perplejo, como si el dolor fuera una anomalía ajena al mundo.

Selene se acercó. No había triunfo en su rostro, solo la serenidad de quien ha terminado una tarea. Arrancó la hoja con un movimiento limpio y dejó que el muchacho se apoyara contra el muro, la chaqueta manchada de rojo, la cicatriz de rayo en su mejilla brillando bajo la lluvia como una herida antigua que volvía a abrirse.

—Dolerá —dijo ella—. Ahora sí.

Y Mash Burnedead, con una calma que no abandonó jamás sus facciones, cerró los ojos y se dejó deslizar contra el ladrillo, la fuerza que lo había hecho invulnerable drenando de su brazo derecho con cada pulso de sangre.

Selene guardó la hoja y desapareció en la lluvia, dejando tras de sí la silueta de un muchacho dormido en la penumbra, y la certeza de que la verdadera tormenta no tormenta nunca amainaba: simplemente elegía su momento.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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