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Una crónica de arena

Selene VS Saitama

La lluvia caía en cortinas oblicuas sobre la meseta de roca, y el viento lamía la superficie pulida por el agua hasta volverla un espejo opaco. Selene se detuvo sobre el borde de…

6 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS SaitamaSaitama, a character in Selene VS Saitama

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeSaitama
La historia

La lluvia caía en cortinas oblicuas sobre la meseta de roca, y el viento lamía la superficie pulida por el agua hasta volverla un espejo opaco. Selene se detuvo sobre el borde de un saliente, sus botas clavándose en la grieta, la capucha de su traje negro chorreando silencio. Sus ojos claros, fríos como el acero bajo la tormenta, recorrieron el terreno abierto que se extendía cientos de metros hasta la figura inmóvil.

El hombre de la capa blanca la esperaba sin prisa, de pie en la llanura abierta, la lluvia resbalando sobre su calva cabeza sin hallar dónde quedarse. Sus brazos colgaban a los costados, y en su rostro plano no había ni tensión ni miedo, solo algo parecido a la paciencia de una piedra.

—Debes tener un motivo para estar tan mojada —dijo Saitama, con voz monótona, como quien comenta el clima.

Selene no respondió. Bajó del saliente en un arco de movimiento que la lluvia apenas pudo seguir, y su primera carrera la llevó a cerrar distancia en un par de zancadas imposibles. Su mano derecha buscó el filo que llevaba oculto en el costado, y el acero salió silbando del agua, dirigido a la garganta desprotegida.

Saitama no la miró hasta el último instante. Cuando la hoja estaba a un dedo de su cuello, su mano se levantó con una lentitud que desafiaba toda lógica, y el golpe de Selene chocó contra algo indeformable, como quien golpea la cara de una montaña. El filo vibró en su puño, y el hombre no retrocedió ni una fracción.

—Has decidido no contestar —observó él.

Selene se lanzó hacia atrás, rodando sobre la roca mojada, y desplegó la distancia otra vez. Ahora comprendía lo esencial: frente a ella no había un combatiente que esquivara o parara. Había una fuerza que simplemente era, sin esfuerzo, en el centro del mundo.

—Tu cuerpo no se mueve como un hombre común —dijo ella, su voz baja y controlada, cortando el ruido de la tormenta—. Pero incluso la montaña tiene un punto de fatiga.

—No que yo sepa.

Ella cambió de táctica. Canalizó su velocidad sobrenatural en un patrón circular, corriendo alrededor de él en un radio que se estrechaba y ensanchaba, manteniendo la distancia fluida, obligándolo a girar. La lluvia la cubría; sus pasos no hacían más ruido que el viento. Cada vez que el ángulo parecía favorable, lanzaba una finta con el filo, y cada vez el hombre de la capa blanca simplemente levantaba una mano o un brazo para neutralizar el golpe, sin avanzar jamás.

—Tu velocidad es real —concedió Saitama, girando apenas la cabeza para seguir su carrera—. Pero estás corriendo en círculos.

—Estoy leyendo el patrón de tu guardia.

—No tengo guardia.

Y era cierto. No la tenía. Selene lo percibió en el octavo intercambio: el hombre no bloqueaba por instinto ni por técnica; sus respuestas nacían de un lugar tan profundo que no pasaban por pensamiento alguno. Un simple puñetazo casual, lanzado sin intención, le pasó a centímetros del rostro, y el aire mismo se partió a su paso, arrancando una grieta en la roca tras ella.

Selene se detuvo en seco, jadeando apenas, evaluando. La lluvia parecía más fría ahora. Sabía, con la certeza que solo da la experiencia milenaria, que un solo impacto pleno de ese puño la reduciría a polvo sangriento antes de que su regeneración pudiera siquiera comenzar.

—He matado seres inmortales —dijo ella, avanzando de nuevo con paso medido—. He destrozado a quienes se creían dioses en la oscuridad. Tú no me pareces inmortal. Me pareces… un hombre con demasiada fuerza.

—Correcto —dijo él, y por primera vez sus ojos parecieron enfocarse en algo—. Eso es lo único que soy.

Selene sonrió sin calidez. Era una sonrisa quirúrgica, la de quien encuentra la herida exacta en el mapa del cuerpo enemigo.

—Entonces eres vulnerable a una cosa que los inmortales temen más que a la muerte.

Cerró la distancia final con una explosión de movimiento, y esta vez no desvió el golpe. Su hoja se clavó en el muslo de Saitama de lado, atravesando el traje amarillo y la carne, deteniéndose contra el hueso como un clavo en la madera. El hombre la miró bajar la mirada hacia la herida, sin dolor en el rostro, solo una leve curiosidad.

—Eso no me detiene —dijo.

—No —respondió Selene, dejando el acero clavado en él y retrocediendo con gracia—. Pero ya no tienes que detenerme tú.

La herida comenzó a sangrar, y la lluvia lavó el rojo sobre la roca gris. Saitama arqueó una ceja. Dio un paso. Y entonces lo sintió: el flujo de su propia sangre, que en él siempre había sido una constante silenciosa, se había detenido por completo alrededor de la hoja. Un sello físico, un patrón de acero indestructible incrustado en la herida vital, negándole a su cuerpo la simple facultad de la cicatrización, y con ella, la de la fuerza que siempre había creído infinita.

El suelo bajo sus pies tembló. No por el viento ni por la lluvia: por él mismo. Por primera vez, su peso real, el que nunca había sentido porque sus músculos siempre lo sostenían sin cargarse, comenzó a hacerse real. La roca se agrietó bajo su pisada.

—¿Qué has hecho? —preguntó, y por primera vez su voz tuvo un matiz distinto: no de miedo, sino de algo que se parecía al asombro.

—Sentencia de la Tormenta Inmutable —dijo Selene, alzando una segunda hoja, idéntica a la primera, de su otra mano. La lluvia corría por sus dedos—. He sellado la fuente de tu regeneración. Ahora tu cuerpo es solo carne. Y toda carne, por fuerte que sea, aprende a partir de la herida.

Saitama avanzó un paso más, y su rodilla derecha se dobló apenas, un espasmo involuntario, la primera señal de que su fuerza ahora debía arrastrar un peso que nunca antes había sentido. Selene no huyó. Se quedó en el centro de la tormenta, el filo goteando, y lo miró caer lentamente, la montaña por fin sintiendo su propia masa.

—Tenías razón —dijo él, la voz plana, hundiéndose en la roca rota bajo la lluvia—. Solo era un hombre con demasiada fuerza.

Y sobre la meseta abierta, donde ambos habían danzado cambiando de distancia sin cesar, la tormenta amainó. Selene retiró la hoja de su muslo con un gesto limpio, y el cuerpo inmóvil del hombre de la capa blanca yacía en silencio, vencido no por la velocidad ni por la magia, sino por el entendimiento más antiguo de todos: que incluso lo infinito encuentra su límite cuando se le arranca la capacidad de renovarse.

Ella guardó el acero y caminó hacia el horizonte, el eco de la lluvia apagándose detrás de ella

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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