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Una crónica de arena

Selene VS Vhaerakthar

La lluvia caía en cortinas gruesas sobre las ruinas del baluarte, tiñendo de gris el acero y la piedra. Selene se deslizó entre dos columnas derrumbadas con la fluidez de quien ya…

6 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS VhaeraktharVhaerakthar, a character in Selene VS Vhaerakthar

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeVhaerakthar
La historia

La lluvia caía en cortinas gruesas sobre las ruinas del baluarte, tiñendo de gris el acero y la piedra. Selene se deslizó entre dos columnas derrumbadas con la fluidez de quien ya ha contado cada paso del terreno, sus botas apenas rozando el barro. Sus ojos azul grisáceos, dilatados por el hambre ancestral, escanearon la silueta imponente que emergía de la cortina de agua.

Vhaerakthar no era un hombre. Era un muro de escamas oscuras y cicatrices, una montaña de furia contenida que blandía su hacha de un solo filo como si fuera una extensión de su propio brazo. El dragón vagabundo se plantó frente a ella, el cabello negro y largo empapado contra su rostro de crestas prominentes.

—Has seguido el rastro de sangre demasiado tiempo —murmuró él, con la voz grave como un trueno lejano—. Eso fue un error.

Selene no respondió. No necesitaba hacerlo. El cadáver del guardia yacía a unos metros, con la garganta abierta en un corte limpio—una herida de hoja, no de garra. Ese era el vínculo que la había atraído hasta allí. Alguien había usado su técnica, su firma de cazadora, para tenderle una trampa. Y Vhaerakthar, el protector, se interponía en su camino como un escudo viviente.

El primer intercambio fue de reconocimiento. El hacha silbó en un arco amplio, y Selene se inclinó hacia atrás, el filo pasando a centímetros de su rostro. Sus reflejos sobrenaturales la impulsaron en un giro, y su cuchillo de hoja negra rasgó el costado del dragón. La lámina mordió escama, apenas penetrando.

Pero el dragón no vaciló. Esa era su verdadera arma.

—Esperaba más de La Cazadora —gruñó Vhaerakthar—. Has matado a los míos. Hoy, la muerte te cobrará la deuda.

Selene frunció el ceño. No recordaba ese rostro. No recordaba ese pueblo. Su inmortalidad era un archivo de siglos, y este hombre era demasiado joven para cargar un agravio tan antiguo.

—Me confundes con otra —dijo ella, baja y firme—. Pero la confusión no te salvará.

Saltó. La lluvia estalló en un halo a su alrededor mientras descendía en picada sobre el dragón, el cuchillo apuntando a la yugular. Vhaerakthar alzó el hacha con ambas manos, bloqueando el golpe con el asta, y el impacto envió ondas por el barro. Los músculos de su cuello se tensaron mientras empujaba hacia arriba, arrojando a Selene contra una columna rota.

Ella giró en el aire, aterrizando en cuclillas. La pared de piedra crujió detrás de su espalda. El shock del impacto envió un espasmo por su columna—pero su regeneración selló el daño en segundos.

Vhaerakthar avanzó. Su hacha devastó una sección de la columnata, y Selene rodó bajo el arco, emergiendo a su flanco con el cuchillo extendido. El acero penetró la armadura de cuero segmentada, entrando entre dos placas de su cintura. Sangre oscura brotó.

El dragón gruñó, pero no cayó. Aquello era lo que Selene había aprendido en el transcurso del combate: este hombre no retrocedía. Cada golpe que recibía, lo devolvía con el doble de peso, como si el dolor mismo fuera su combustible. Su habilidad para sostener la presión ofensiva era excepcional, incluso para un combatiente de su calibre.

Un golpe erróneo de Selene—un paso ligeramente fuera de tiempo sobre el barro resbaladizo—fue suficiente. El hacha se lanzó en un arco corto y brutal, y el costado de la hoja la alcanzó en las costillas. El impacto la arrojó a través de una puerta carcomida, haciéndola aterrizar sobre escombros rotos.

Ella tosió, sintiendo el hueso astillado. Su regeneración comenzó a trabajar, pero por primera vez en el enfrentamiento, dudó.

Algo estaba mal.

El campo que la rodeaba... estaba cargado. Un zumbido bajo, apenas perceptible, vibraba a través de la piedra. Los ojos de Selene, entrenados por siglos de caza, detectaron los cables expuestos bajo los escombros: los restos de un sistema de campo de contención. Su objetivo original, el que la había atraído hasta este lugar, no era un hombre. Era este dispositivo. Y alguien lo había activado.

—El campo te mantiene atrapada aquí —dijo Vhaerakthar, avanzando lentamente, el hacha descansando sobre su hombro—. El que te tendió la trampa quería que esto terminara bajo mi filo.

Selene se puso de pie, limpiándose la sangre de los labios. Sus ojos se afilaron. Entendió ahora la trampa completa: mataron al guardia, colocaron el cuerpo con una firma falsa para atraerla, y prepararon un campo que ralentizaba su regeneración y sus movimientos. Vhaerakthar era el verdugo final.

Pero ella no era su víctima.

—Tu juramento te ciega —dijo Selene, su voz monocroma—. Tú también eres parte de la trampa. El que la tendió sabía que jamás escucharías, que atacarías antes de preguntar.

El dragón dudó. Solo por un instante. Un parpadeo de lágrima bajo las escamas.

—No importa. Cumplo lo que juré.

Selene ya no escuchaba. Había encontrado la fisura. Los cables del campo corrían desde una consola rota hasta un nodo de alimentación oculto en la pared, a su derecha. La técnica que el asesino había intentado imitar, la firma falsa, se deshacía ahora ante su escrutinio: los patrones de sangrado en la garganta del guardia no eran los suyos. Eran burdos, torpes.

Sus ojos capturaron el patrón de regeneración de su oponente—el flujo de sangre oscura brotando de la herida en su cintura, cerrándose lentamente incluso mientras la lluvia lo lavaba. Era lento. Demasiado lento.

La lluvia se intensificó, y en ese caos pluvial, Selene leyó algo más. No el campo. Al dragón.

Vhaerakthar cargó, el hacha en un arco descendiente que partiría piedra. Selene no esquivó. Agarró el asta con ambas manos, sus músculos sobrenaturales tensándose, y usó el impulso del dragón contra él, girando sobre su eje para rodear su guardia.

Su cuchillo no apuntó al cuello. Apuntó a la herida abierta en su cintura.

La hoja de acero indestructible se hundió directamente en el punto vital, sellando el flujo de sangre con un giro seco del filo. No fue un golpe para matar. Fue un sello.

Selene lo sostuvo contra la piedra, el cuchillo clavado en su carne. El campo de contención que debía debilitarla se convirtió en su herramienta: la energía que zumbaba en la piedra fluyó a través de la hoja, anclando el sello. La regeneración del dragón se detuvo.

—El que te tendió la trampa —dijo Selene, sin aliento, la voz firme y fría sobre el rugido de la lluvia— te usó como pieza. Ya está muerto. Puedo mostrarte dónde está su rastro.

Vhaerakthar miró la hoja clavada en su costado, la sangre detenida, la vida suspendida en un hilo. Su hacha cayó al barro con un golpe sordo. Por primera vez, el dragón dobló una rodilla, no por rendición, sino porque su cuerpo ya no podía sostenerse.

Selene retiró el cuchillo en un movimiento limpio, sellando la herida con presión. Lo miró por un instante, la lluvia corriendo por su rostro pálido, y señaló el nodo de alimentación en la pared.

La tormenta de la inmutable había hecho su sentencia. El protector, salvado de la trampa, había encontrado a su verdadero enemigo en el silencio de sus propias heridas.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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