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Una crónica de arena

Selene VS °DIOSA DEL PERDON°

La lluvia caía sobre el páramo en una cortina gris, cada gota un martillo diminuto contra la piedra. Selene permanecía inmóvil al borde del acantilado, el cabello negro empapado y…

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Selene, a character in Selene VS °DIOSA DEL PERDON°°DIOSA DEL PERDON°, a character in Selene VS °DIOSA DEL PERDON°

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personaje°DIOSA DEL PERDON°
La historia

La lluvia caía sobre el páramo en una cortina gris, cada gota un martillo diminuto contra la piedra. Selene permanecía inmóvil al borde del acantilado, el cabello negro empapado y pegado a su rostro, los ojos de azul plomizo escrutando la llanura más abajo. Había llegado allí siguiendo un rastro de sangre apenas perceptible—no humana, sino algo más antiguo, más raro. Yacía un rastro que olía a sanación y a plegaria, un olor imposible en un reino de muerte.

Entonces la vio.

Sobre un claro de flores azuladas, indiferente a la tormenta, una figura de blancura cegadora se erguía con la espalda vuelta. Sus alas, enormes y de un blanco que desafiaba la penumbra, se desplegaban lentamente, y a su alrededor el aire parecía más limpio, más cálido. Los tallos de las pequeñas flores se enderezaban a su paso; las heridas abiertas en la tierra se cerraban como si el propio suelo respirara paz.

°DIOSA DEL PERDON°.

Selene apretó la mandíbula. Su presa. Su objetivo. La leyenda de una entidad que deshacía el sufrimiento con solo existir—y que, según sus informantes, guardaba la llave de un poder que la Hermandad de la Noche ansiaba. Para Selene, eso la convertía en un obstáculo. Nada más.

—Has seguido mi rastro —dijo la diosa sin volverse, la voz como un susurro de viento entre pétalos—. Hueles a tumbas, criatura. A siglos de violencia dormida.

Selene no respondió. Desenfundó dos hojas gemelas de acero oscuro, finas como el filo de la medianoche, y las hizo girar entre sus dedos. La lluvia se partía a su alrededor como si temiera tocarla.

—Devuélveme lo que buscas —ordenó Selene, monótona, fría—. O te lo arrancaré de las plumas.

La diosa se volvió por fin. Su rostro no mostraba temor, sino una tristeza infinita, como quien contempla a un niño perdido. De sus labios surgió un canto bajo, y la luz que la rodeaba se intensificó hasta formar un muro palpable entre ambas: una barrera de fe inquebrantable.

—No hay nada tuyo en mí, hija de la noche —dijo, y sus alas se abrieron en un gesto de protección—. Hay solo perdón. Y el perdón no se roba.

Selene se lanzó.

El primer tajo cruzó el aire a velocidad sobrenatural, dirigido a la base de la garganta. La hoja chocó contra el Horizonte del Perdón Sagrado y se detuvo como si hubiera mordido acero—no, como si hubiera mordido luz. El impacto envió ondas de energía que quemaron la manga del bodysuit de látex negro. Selene rodó, cambió de ángulo, atacó desde las alas. Cada golpe, cada estocada quirúrgica, rebotaba contra el muro luminoso.

La diosa no contraatacaba. Levantó una mano y la luz se extendió como un lienzo paciente, envolviendo a Selene no en daño, sino en una calma abrumadora. La fatiga de siglos—esa que la inmortalidad vampírica había congelado—resurgió de golpe, pesada como plomo en sus huesos. Sus brazos temblaron. Las hojas se inclinaron.

—Descansa —susurró la diosa—. No necesitas luchar. No necesitas ser lo que te hicieron.

Por un instante, Selene vio algo en el rostro de la diosa: un espejo de lo que ella misma pudo ser. Casi bajó la guardia. Casi soltó las armas.

Pero la misión. La misión era más antigua que su propia memoria.

Entonces ocurrió. La lluvia se intensificó en un estallido de tormenta, y en el parpadeo de un relámpago, Selene percibió algo que la diosa no esperaba: un patrón. La luz sagrada no era un muro continuo; era un tejido de fe, y la fe, por más inquebrantable, seguía un ritmo. Un pulso. El ritmo de un corazón que anhelaba perdonar.

Selene lo vio todo en un instante. La regeneración de esa entidad no residía en su carne, sino en su voluntad de sanar. Detener el flujo de sangre no bastaría. Había que sellar la propia virtud.

—Perdón —repitió Selene, con un deje de ironía glacial—. Déjame mostrarte mi propia versión.

Y clavó su hoja de acero indestructible no en la carne, sino en la luz misma—en el punto exacto del tejido donde la fe descansaba, donde el corazón del perdón latía. La Sentencia de la Tormenta Inmutable encontró su orificio: la herida vital de una deidad que nunca había sido herida.

El muro se resquebrajó con un sonido como de campanas cayendo. La luz tembló, se apagó en un destello, y la diosa dio un paso atrás, una sola lágrima surcando su mejilla. No era dolor físico—era la primera vez en eones que el perdón encontraba un enemigo que no podía abrazar.

—Mátame, si debes —dijo la diosa con serenidad quebrada—. Pero el perdón no muere conmigo.

Selene bajó la hoja. No la remató. La tormenta se calmó sobre el claro, y las flores azuladas, por fin, fueron solo flores.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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