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Una crónica de arena

Selene VS Immortal Sword

La lluvia caía como un telar de plata rota sobre las ruinas del acueducto. Selene avanzó entre los arcos derruidos, su respiración apenas un susurro bajo el latido del agua. Sus…

5 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS Immortal SwordImmortal Sword, a character in Selene VS Immortal Sword

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeImmortal Sword
La historia

La lluvia caía como un telar de plata rota sobre las ruinas del acueducto. Selene avanzó entre los arcos derruidos, su respiración apenas un susurro bajo el latido del agua. Sus ojos grisáceos barrieron el horizonte de piedra y niebla, buscando el blanco que la noche había prometido. Entonces la vio.

Immortal Sword permanecía inmóvil en lo alto del arco central, su túnica blanca flotando con una gravedad propia, ajena al viento. El cabello negro recogido brillaba como obsidiana pulida bajo el relámpago. Su espada colgaba a un costado, pero toda su postura anunciaba que no había necesidad de apresurarse: el tiempo, para ella, era un siervo paciente.

No hubo saludo. En el mundo de ambas, el saludo era una pérdida.

Selene se lanzó primero, cortando el espacio con la velocidad que solo la sangre inmortal concede. Sus botas resonaron contra la piedra húmeda mientras trazaba un arco ofensivo. Extendió la mano hacia la funda de su propio acero, un filo negro que parecía beber la luz. El primer golpe fue un tajo horizontal, rápido como un parpadeo.

Immortal Sword no se movió. Giró apenas la muñeca, y la hoja blanca se encontró con la negra en un ángulo que desvió todo el impulso de Selene hacia el vacío. El choque liberó una onda de aire que rizó los charcos. Sin romper su quietud, la espadachina habló:

—Tu prisa es tu cadena.

Selene respondió con otro ataque, esta vez un descenso en picada desde un arco superior, los talones apuntando al hombro de la oponente. Immortal Sword dio un paso lateral, mínimo, y el impacto pasó a menos de un dedo de su rostro. La punta de su espada, en el mismo movimiento, rozó el cuello de Selene y dibujó un hilo de sangre en la piel pálida.

El dolor fue un estímulo, no un freno. Selene rodó, se incorporó sobre la grava, y sus ojos se afilaron. La sangre sobre su cuello comenzó a retroceder, la herida cerrándose con la apacible inevitabilidad del amanecer. Era su naturaleza: nada la detenía. Pero notó algo. La hoja blanca, al cortarla, había llevado consigo una fracción de calor, como si el filo quisiera retener algo de ella.

La distancia se abrió. Selene saltó hacia atrás, aterrizando en una cornisa a veinte metros. Allí, bajo el aguacero, leyó a su oponente. Immortal Sword no la perseguía. Permaneció en el arco, la espada baja, la mirada fija, respirando con esa calma que no es pausa sino paciencia de cazadora.

Selene extrajo dos cuchillos arrojadizos de su corpiño y los lanzó en un cruce fatal de trayectorias. Immortal Sword levantó la hoja y los desvió sin esfuerzo, uno a cada lado, el metal cantando con un timbre puro. Pero ese era el primer movimiento. El segundo fue Selene misma, apareciendo en el espacio ciego, el acero negro buscando el costado de la espadachina.

Esta vez Immortal Sword se movió con propósito. Dio un giro completo, la túnica describiendo un círculo de seda, y su espada describió un arco que cortó la lluvia misma. El golpe alcanzó el antebrazo de Selene, profundo, hasta el hueso.

Selene no gritó. Ningún sonido escapó de sus labios. Retrocedió unos pasos, la sangre manando en hilos escarlatas que el agua disolvía al instante, y observó cómo la herida comenzaba a cerrarse. Pero la hoja blanca había dejado algo más que carne: un eco, una presencia, una marca fría que se negaba a sanar por completo.

Immortal Sword la miró, y por primera vez sus ojos se encendieron con algo parecido a un veredicto.

—Has leído mi regeneración —dijo Selene, la voz baja y plana—. Yo he leído tu espada.

La distancia volvió a crecer, treinta metros de ruinas y agua. Selene respiró hondo. Entendía ahora la naturaleza de su oponente: una espadachina que no se movía para vencer, sino que esperaba el instante exacto en que el enemigo se entregara a su propio impulso. Cada ataque de Selene era una confesión. Cada esquiva, un perdón.

Entonces Selene hizo algo distinto. En lugar de avanzar, retrocedió hacia la sombra de un arco roto y se fundió con ella, disolviéndose en la penumbra bajo la lluvia. Su presencia se apagó como una vela sofocada.

Immortal Sword giró lentamente. Sus ojos escudriñaron la oscuridad, la piedra, el agua. Por un momento, el campo quedó en suspenso. El mundo contuvo el aliento en aquella pausa significativa: solo el tamborileo de la lluvia, solo el peso del tiempo.

Y en ese silencio, Selene emergió.

No como un ataque, sino como una lectura. Había comprendido que la espadachina leía patrones de regeneración —la suya era una disciplina de espejos—. Así que Selene no se curó. Dejó que la herida del antebrazo sangrara abierta, un flujo deliberado, un sacrificio controlado. Y bajo esa máscara de vulnerabilidad, cruzó el espacio en una sola línea recta.

Immortal Sword, acostumbrada a la prisa del enemigo, encontró algo distinto: una oponente que entregaba su sangre como señuelo. La hoja blanca se elevó para el corte definitivo, el filo puro que desgarraría el velo de la sombra con pura intención. La «Timeline Severance» vibró en su mano, dispuesta a reescribir la causalidad del golpe.

Pero Selene ya no estaba donde la espada creía.

El acero negro se hundió en la garganta de Immortal Sword desde un ángulo imposible, tras el hombro, en el punto exacto donde la espadachina guardaba su centro de equilibrio. Fue un solo movimiento: el «Sentencia de la Tormenta Inmutable», forjado en la comprensión de que la inmortalidad de la otra se sostenía en la pureza de la intención, no en la carne.

La hoja clavada detuvo no solo la sangre, sino el flujo de esa voluntad pura que la mantenía incorruptible. Immortal Sword se detuvo. La lluvia siguió cayendo, pero el tiempo que ella gobernaba se detuvo en su interior.

La espadachina blanca se arrodilló sobre la piedra, la túnica empapada, la espada escapándose de sus dedos con un sonido apagado. Alzó la mirada hacia Selene, sin odio, sin miedo: solo el reconocimiento sereno de un final que había llegado por una puerta que nunca había vigilado.

Selene retiró la hoja con cuidado, un gesto inusualmente limpio para una asesina. Las heridas de su propio brazo todavía abiertas, la inmortalidad de la otra sellada por su propia comprensión. Se irguió bajo la lluvia, sola entre los arcos, y contempló el cuerpo que había vencido no con prisa, sino con paciencia.

El telar de plata siguió tejiendo su silencio.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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