Una crónica de arena
Selene VS Charlotte-Popular armed Witch
La lluvia caía sobre los adoquines en un tamborileo incesante, y Selene lo sentía en los huesos antes incluso de oírlo. No era el frío —ella hacía mucho que había dejado de…


Personajes del relato
La lluvia caía sobre los adoquines en un tamborileo incesante, y Selene lo sentía en los huesos antes incluso de oírlo. No era el frío —ella hacía mucho que había dejado de sentirlo— sino el patrón. Aquella noche, la ciudad se había vuelto repentinamente silenciosa, como si algo hubiera aspirado hasta el último sonido salvo el del agua golpeando la piedra.
Fue entonces cuando la vio. Una silueta recortada contra el resplandor anaranjado de una farola agonizante, con un sombrero de ala ancha goteando lluvia y una espada larga que emitía un fulgor azul pálido. La bruja de Halloween. Selene no había recibido información sobre ella —nadie se lo había dicho jamás—, y en ese primer instante su única lectura fue la superficie: una hechicera festiva, un adorno pintoresco en mitad de una tormenta que no le correspondía.
Subestimarla habría sido un error. Selene nunca cometía el mismo error dos veces.
La bruja alzó la mano izquierda y una pequeña calabaza flotante, envuelta en chispas azules, giró a su alrededor como un perro fiel. Su voz cortó el estruendo de la lluvia con una cadencia casi ritual:
—La noche desnuda su equilibrio, y tú caminas sobre él sin permiso, criatura del tiempo eterno.
Selene no respondió. Hablaba con la hoja, no con la boca. En un abrir y cerrar de ojos —menos, porque sus reflejos sobrenaturales hacían del tiempo un río perezoso— ya estaba en movimiento, atravesando la distancia como una sombra negra desprendida de la noche. La látex de su bodysuit crujía contra su piel al desplazarse, y sus botas de tacón grueso golpeaban los adoquines con una precisión que no dejaba pasar ni una gota de la tormenta.
La bruja giró. El fulgor azul de la espada describió un arco amplio, y del filo brotó una danza de pequeñas luces que se lanzaron hacia Selene como luciérnagas airadas. Selene las leyó —tres, cinco, nueve puntos de luz, todos con la misma trayectoria— y se desvió con una inclinación mínima del torso que las dejó silbar contra su oído. La primera información útil: la bruja atacaba por inercia ritual, no por predicción.
Entonces la calabaza flotante se interpuso. Selene la había catalogado como un adorno, un compañero de fiesta; fue su única concesión al descuido. La pequeña esfera eructó un estallido de chispas azules cuando Selene la golpeó de refilón con el antebrazo, y el impacto la arrojó varios metros atrás, aterrizando en cuclillas sobre el pavimento mojado, con las chispas crepitando sobre la látex sin dañarla.
La bruja sonrió, y su sonrisa no era festiva. Era firme, la de alguien que cumplía un deber.
—El equilibrio no se rompe —dijo, levantando la espada—. Se restaura.
Selene se puso en pie lentamente, evaluando. La calabaza no era un compañero; era un centinela. La espada no era un adorno; era una vara de medir. Y la bruja no era una festiva; era una guardiana de algo que Selene no alcanzaba a entender. Información incompleta, pero suficiente para saber que el combate no sería una cacería.
La bruja atacó de nuevo, y esta vez su movimiento fue distinto. La espada trazó una línea vertical de fuego azul, y con ella cortó el aire en un gesto amplio que arrancó a Selene un salto hacia atrás. Pero la hoja no buscaba carne: buscaba espacio. Al completar el arco, la bruja llevó la muñeca hacia adelante y una pared delgada de magia azul se materializó en el aire entre ambas, translúcida y vibrante.
Selene golpeó la pared con una patada de tacón. No cedió. La bruja, por primera vez, alzó la mano izquierda con la calabaza flotante girando sobre la palma, y los patrones de su muñeca —pequeñas marcas que Selene apenas había notado— se iluminaron con una energía fría. Cuando las luces formaron una onda visible, la bruja la lanzó.
La onda de repulsión golpeó a Selene de lleno en el pecho antes de que pudiera esquivarla, empujándola contra una pared de piedra con un crujido seco. El impacto le robó el aliento por un instante —un segundo que su cuerpo inmortal convirtió en un simple latido—, pero la información llegó clara: la bruja canalizaba a través de la muñeca, y cada gesto amplio dejaba un patrón reconocible.
Selene se despegó de la pared y sonrió con la frialdad que la definía. Ya no necesitaba entender el equilibrio. Solo necesitaba leer el código de una hechicera que confiaba demasiado en la repetición de sus rituales.
Se lanzó hacia adelante en una línea diagonal, rodando bajo la pared mágica y saliendo a su flanco izquierdo. La bruja giró, sorprendida por la velocidad, y la calabaza voló para interceptar. Selene la derribó de un golpe seco del codo —esta vez con intención, no de refilón—, y la esfera salió despedida, apagándose contra la pared con un chisporroteo azul.
La bruja quedó a un brazo de distancia. Su espada subió para defenderse, pero Selene ya había leído el patrón en sus hombros antes de que el movimiento comenzara. La vampira se inclinó bajo el filo azul, agarró la muñeca izquierda de la bruja —la que canalizaba la repulsión— y la retorció con una presión calculada que obligó a la hechicera a soltar el conjuro.
Un jadeo. Y en ese instante de desequilibrio, Selene vio lo que la bruja no había visto: una herida antigua en su flanco, cicatrizada sobre una costilla, donde la energía del equilibrio se filtraba con cada conjuro. La regeneración de la propia bruja era su punto de apoyo, el ancla que mantenía estable su magia de guardiana.
El patrón estaba claro. La bruja sanaba porque debía sostener el equilibrio; si su curación se detenía, también lo haría su conjuro.
Selene retrocedió un paso, y la bruja, creyendo que era una retirada, avanzó con la espada alta para sellar la victoria. Fue su último error.
Cuando la hoja azul descendió, Selene ya no estaba allí. Había saltado sobre su hombro, y desde esa posición elevada, con la lluvia corriendo por su cabello negro, clavó su acero —una hoja indestructible forjada para no ceder jamás— directamente en la herida de la costilla de la bruja, en el preciso punto donde la curación se concentraba.
El sello fue físico y absoluto. El acero detuvo el flujo de sangre... y anuló la regeneración.
La bruja abrió la boca en un grito silencioso. Su magia de equilibrio —sostenida por esa curación— perdió su ancla y se desvaneció como una vela en el viento. La espada azul se apagó en su mano. La calabaza cayó al suelo, apagada. La pared mágica se disolvió en la lluvia.
Charlotte-Popular armed Witch cayó de rodillas, con la hoja de Selene en el costado y el equilibrio de su mundo roto por algo tan simple como un acero que se negaba a ser sanado.
Selene se inclinó sobre ella, con la voz baja y monocorde, sin rastro de triunfo:
—Leíste la tormenta, pero no leíste la herida. El equilibrio se restaura... pero no cuando deja de sanar.
La lluvia siguió cayendo sobre ambas, sobre el sombrero de ala ancha y sobre el bodysuit negro, y la ciudad recuperó su silencio. La guardiana había caído; la eterna había ganado, con una hoja que no reconocía ningún pacto
El final registrado
Este encuentro terminó con Selene aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
Crea un héroe capaz de desafiar a Selene.
Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.



