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Una crónica de arena

Selene VS Sloth

El aire del pasillo era una sustancia vieja, espesa por el polvo y el silencio, y Selene lo cortó con la precisión de quien lleva siglos abriendo caminos en la oscuridad. Sus botas…

5 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS SlothSloth, a character in Selene VS Sloth

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeSloth
La historia

El aire del pasillo era una sustancia vieja, espesa por el polvo y el silencio, y Selene lo cortó con la precisión de quien lleva siglos abriendo caminos en la oscuridad. Sus botas de tacón grueso golpeaban el suelo de mármol con un ritmo que ningún oído humano habría percibido, pero que ella oía como un latido propio: el eco de algo que no esperaba encontrar al final del corredor.

Estaba allí. Una masa de músculo que desbordaba el marco de la puerta, hombreras de piedra viva, la lengua colgando como un trozo de tela húmeda sobre el mentón. La marca circular sobre su ojo parecía una pupila que miraba hacia dentro. A su lado, la burbuja de diálogo flotaba aún a medio formar: "SNORE", como si el mundo mismo dudara en escribir la palabra.

Sloth no se movió cuando ella entró. O quizás sí, pero tan lento que el movimiento se confundía con la respiración de la casa.

—Detente —dijo Selene, la voz baja y plana, sin eco que la traicionara—. No tienes motivo para estar aquí.

El homúnculo abrió un ojo. El otro permaneció cerrado, como si abrir ambos fuera un desperdicio de esfuerzo.

—Motivos... —murmuró, con la voz de quien arrastra una losa—. Pesan. Mejor no tenerlos.

Entonces ocurrió lo que ella ya sabía que ocurriría: el ataque. No hubo anuncio, no hubo carga visible. Sloth simplemente estaba a medio metro de ella, el brazo extendido como una lanza de granito, y Selene sintió el desplazamiento de aire apenas antes de que el puño pasara rozando su sien. Su cuerpo reaccionó solo, una torsión de cadera que la llevó contra la pared, los ojos azul grisáceos filtrando la información a velocidad sobrenatural.

Rápido. Más rápido que cualquier humano. Más rápido que la mayoría de los de su especie.

—Interesante —dijo ella, sin aliento visible—. Pereza que se mueve como hambre.

Sloth suspiró. El suspiró estremeció las paredes.

—Hablar... agota.

Cerró distancia de nuevo. Selene esquivó un segundo golpe, rodó por el suelo, deslizó la mano hacia la cremallera de su bodysuit buscando un arma que no llevaba. No estaba armada. No lo había previsto. Un error de siglos de confianza.

El tercer golpe la alcanzó de lleno en el hombro. La sensación fue de ser arrancada del mundo; su cuerpo cruzó el pasillo y atravesó la puerta del fondo en una explosión de astillas. Cayó en una sala más amplia, un antiguo conservatorio con el techo en vidrios rotos, la luz de un atardecer pálido filtrándose por las grietas.

Ella se levantó. La costilla rota ya se estaba soldando, la carne cerrándose con un zumbido que solo ella oía. Pero Sloth ya estaba encima de nuevo, los nudillos como martillos, y Selene comprendió que la velocidad de él no era un don: era la consecuencia de su pereza. Moverse tan rápido para terminar pronto. No prolongar. No jugar.

Ella retrocedió entre los bancos de madera podrida, y entonces lo vio: la manera en que Sloth la miraba. No con desprecio. Con aburrimiento. Como quien contempla una tarea aún sin terminar y calcula cuántos segundos le costará acabarla.

—Eres inmortal —dijo él, arrastrando las palabras—. Pero inmortal... solo significa que tardaré más en cansarme.

Levantó la mano derecha, con la palma abierta hacia ella. Selene sintió el cambio del aire antes de verlo: el vacío. Sloth comprimía el oxígeno frente a ella, creando una burbuja de nada que la envolvía, un silencio que le robaba el aliento. La sensación era de estar flotando en un lugar sin gravedad, de seguridad falsa, de calma.

Vacuum of Indifference.

Selene bajó la guardia. No lo eligió; lo sintió. La calma del vacío era tan absoluta, tan neutral, que su cuerpo vampírico respondió con la quietud de lo que no necesita respirar. Y en esa quietud, Sloth sonrió.

Era la primera expresión que le veía.

—Ahí está.

La paradoja se desató. El poder adormecido de Sloth, que había estado latente, colapsó hacia dentro y luego hacia fuera, una onda expansiva de energía almacenada durante siglos de pereza. El homúnculo rugió —un sonido que no encajaba con su voz arrastrada— y las paredes del conservatorio se resquebrajaron. Selene sintió el golpe antes de verlo: la onda la arrancó del suelo y la estrelló contra el techo de vidrio.

Cayó entre cristales, la sangre negra de su naturaleza vampírica escurriéndose por su traje. Pero sus ojos azules nunca se apagaron.

Se levantó en medio de la lluvia de vidrio, la mano derecha envuelta en un trozo de cristal alargado como una daga improvisada. No tenía armas, pero tenía la paciencia de los siglos, y sabía que la paciencia era la única arma que la pereza de Sloth no podía vencer.

—Escucha —dijo ella, y su voz era un hilo de acero—. Yo he esperado trescientos años en una sola habitación. Tú no puedes esperar tres segundos sin dormirte.

Y entonces Selene hizo lo único que Sloth no había previsto, porque la pereza solo prevé finales, no demoras: se detuvo. Dejó de atacar, de esquivar, de moverse. Se quedó inmóvil en medio del conservatorio, el cristal en la mano, la respiración irregular, y esperó.

Sloth parpadeó. La incomodidad de la tarea sin terminar le golpeó como una pedrada. Su cuerpo, programado para la eficiencia instantánea, tembló ante la ausencia de conflicto. Su poder, recién liberado por la paradoja, no tenía a dónde dirigirse.

—¿Qué... —empezó.

—Nada —dijo Selene—. No hago nada.

La frustración fue un disparo. Sloth explotó hacia adelante, no por estrategia sino por el impulso de acabar, y en ese instante de esfuerzo malgastado, Selene se movió. Rápida. Quirúrgica. Exacta.

El cristal entró bajo su mandíbula, justo en la grieta entre la carne y la mandíbula del homúnculo, y subió.

Sloth se detuvo. Su lengua colgó más. Sus ojos, los dos abiertos ahora, la miraron con algo que ella apenas reconoció como comprensión.

—Eso... pesó —susurró.

Y cayó.

Selene extrajo el cristal, lo soltó con un chasquido metálico sobre el mármol, y se quedó de pie sobre el cuerpo inmenso de la pereza. Su hombro aún sangraba, su costilla aún se soldaba, pero su respiración volvió a ser la de siempre: baja, firme, controlada.

—Los siglos —dijo, más para sí misma que para él— no se ganan con fuerza. Se ganan con paciencia.

La luz del atardecer cayó sobre los vidrios rotos como una lluvia de monedas, y el conservatorio quedó en silencio, un silencio que ya no era de calma fingida, sino de victoria

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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