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Una crónica de arena

Selene VS Sibal Saekki

La lluvia caía sobre el tejado de la terminal abandonada como un tambor incesante, cada gota un golpe que Selene filtraba a través de sus oídos sobrenaturales, separando el ruido…

5 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS Sibal SaekkiSibal Saekki, a character in Selene VS Sibal Saekki

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeSibal SaekkiVer la saga del personaje
La historia

La lluvia caía sobre el tejado de la terminal abandonada como un tambor incesante, cada gota un golpe que Selene filtraba a través de sus oídos sobrenaturales, separando el ruido del mundo del latido que buscaba. Los sensores de su cuerpo, afinados por siglos de caza, detectaron la segunda presencia demasiado tarde para elegir retirarse con limpieza.

La figura emergió de entre las sombras de un vagón de metro volcado: piel gris oscura, cuernos negros que atrapaban el relámpago, y en sus manos una guitarra bajo cuya carcasa de madera vibraba algo que no era música. Sibal Saekki no estaba de paso. La joven demonio sostenía el instrumento como quien empuña un hacha de guerra, y en sus ojos, tras la calma melancólica, ardía la misma urgencia que Selene reconocía en sí misma: ambas buscaban algo en esta noche, y ese algo las había traído al mismo punto.

—La orquesta toca solo para quien sabe escuchar —dijo Sibal, su voz baja, rítmica, casi cantada—. Y tú oyes demasiado bien.

El primer ataque fue una nota grave, sostenida. La vibración se desplegó como una onda expansiva invisible, curvando el agua que caía, haciendo temblar los huesos de Selene hasta las raíces de los dientes. La vampira desvió el golpe con la hoja de su arma, pero la reverberación le recorrió la columna, y comprendió que esta enemiga no luchaba con la fuerza, sino con la resonancia de todo lo que el cuerpo contiene.

Selene respondió con la velocidad que solo posee quien ha dejado de contar los años. Cruzó la distancia en tres pasos que la lluvia apenas perturbó, y su filo buscó el cuello de la demonio. Sibal se movió con una languidez engañosa, girando la guitarra como un escudo; el acero rasgó la madera, pero el impacto despertó otra nota, más alta, más cortante, que obligó a Selene a retroceder, cubriéndose los oídos.

—No soy tu presa —dijo Sibal, y sus dedos bailaron sobre las cuerdas—. Soy tu fin de semana.

El campo de batalla se convirtió en un concierto de violencia. Sibal alternaba acordes amplificados que doblaban el aire en ondas visibles, desencajando tornillos de las estructuras metálicas, arrancando placas del suelo que volaban hacia Selene como metralla. La vampira esquivaba, rodaba, cortaba, pero cada nota la empujaba un paso atrás, cada frecuencia encontraba la grieta en su defensa. Su cuerpo inmortal regeneraba los cortes superficiales causados por los fragmentos, pero el zumbido residual se acumulaba en su cráneo, nublando esa precisión quirúrgica que era su única religión.

Sibal, aunque parecía tener la ventaja, no atacaba sin costo. Cada nota le arrancaba un dedo ensangrentado al rozar las cuerdas, y su respiración se tornaba más corta, más rítmica, como quien canta persiguiendo el último aliento. Golpeó el mástil contra el suelo y liberó un acorde distorsionado que levantó una ola de agua y escombros; Selene saltó por encima, y en el aire, con la vista negada por el polvo, disparó su arma de fuego.

Tres balas. Las dos primeras mordieron el hombro y el costado de la demonio, que gruñó sin dejar de tocar. La tercera, la que Selene había calculado para el centro del pecho, se detuvo en la cadena de plata, en el anillo colgante, que absorbio el impacto con un destello. Sibal tocó una nota única, grave, profunda, y el suelo bajo Selene se hundió.

La vampira cayó, y en la caída comprendió lo que había visto. La sangre de Sibal, la herida del hombro, se había cerrado. No por completo, no rápido, pero se había cerrado. La demonio también sanaba. Y al comprenderlo, Selene encontró su sentencia: la única manera de detener a un ser que se regenera es negarle la curación misma.

Se levantó de entre los escombros, la lluvia golpeando su cabello negro, sus ojos grises fijos en el punto exacto donde la sangre de la demonio latía con más urgencia. Sibal tocó su acorde más poderoso — una nota que hizo temblar los rieles del metro, que enrojeció sus dedos, que levantó el agua en espiral a su alrededor — y la lanzó como un martillo de sonido.

Selene no esquivó. Avanzó a través de él.

Su cuerpo se tensó, la ropa negra se rasgó en la fricción de la onda, sangró por los oídos y la nariz, pero sus pies continuaron. La inmortalidad no es escudo; es voluntad hecha carne. Cruzó el corazón mismo de la tormenta sonora y emergió al otro lado, donde la demonio, exhausta por su último acorde, bajó el mástil.

La hoja de acero indestructible se clavó con precisión quirúrgica en la herida del costado de Sibal, la que aún sangraba. Selene no la arrancó. La giró, la selló, y el acero quedó incrustado como una estaca en la carne viva, interrumpiendo el flujo de sangre, anulando toda curación automática.

Sibal abrió la boca para tocar una última nota, pero la nota se le ahogó en la garganta. La guitarra cayó de sus manos con un acorde muerto. Se derrumbó de rodillas, una mano presionando el sello de acero, la otra extendida hacia el instrumento que yacía en el charco.

Selene permaneció de pie sobre ella, la lluvia lavando la sangre de su rostro, la hoja aún en su mano, la otra sosteniendo el sello que ahora era parte de la derrota de su enemiga.

—Tu música se ha acabado —dijo, con la voz baja y sin eco.

Sibal alzó la vista, sus cuernos brillando bajo el relámpago, y por primera vez sonrió, una sonrisa triste, casi agradecida.

—Tocaste bien —dijo—. Para ser quien solo escucha.

Selene no respondió. En la noche, solo quedó la lluvia, y el eco de una última nota que nadie volvió a tocar.

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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