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Una crónica de arena

Selene VS 1+1=2

La lluvia caía sobre el asfalto de la plaza en un monótono tamborileo, y Selene la atravesó sin prisa, sus botas negras pisando los charcos con una precisión que delataba décadas…

6 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS 1+1=21+1=2, a character in Selene VS 1+1=2

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personaje1+1=2
La historia

La lluvia caía sobre el asfalto de la plaza en un monótono tamborileo, y Selene la atravesó sin prisa, sus botas negras pisando los charcos con una precisión que delataba décadas de costumbre. Se detuvo frente al monumento de bronce, donde un grupo de turistas se había dispersado tras la tormenta, dejando tras de sí el único objeto que le importaba: un maletín negro, abandonado al pie de la estatua, con una correa rota y un precinto de sellado intacto.

Ella lo reconoció al instante. El sello plateado con el emblema de la luna creciente. El trabajo de la noche. Sus ojos grisáceos barrieron la plaza en busca de escoltas, trampas, testigos. Nada. Sólo el agua corriendo por los desagües y el rumor distante del tráfico.

Fue entonces cuando lo sintió. Un desplazamiento de aire a su espalda, demasiado regular para ser natural, demasiado sereno para ser humano.

—Ese maletín no debería estar abierto —dijo una voz plana, sin tono, sin emoción.

Selene giró. Un joven de cabello negro corto se encontraba a tres metros, vestido con una camisa azul claro bajo un cárdigan beige, pantalones grises y zapatillas blancas inmaculadas que no mostraban ni una gota de lluvia. Sostenía un café helado en la mano derecha y una bolsa negra colgaba de su hombro.

—Y tú no deberías estar aquí —respondió ella, bajando la voz hasta un tono monocromo que cortaba el aire—. Vete antes de que esto se vuelva incómodo.

—No me iré. Está prohibido que ese objeto cambie de posición sin registro. Es una regla. —El joven parpadeó, imperturbable—. Es 1+1=2.

Selene frunció el ceño. No era un nombre; era una afirmación. Pero había algo en la forma en que lo dijo, con la certeza absoluta de quien enuncia un teorema, que la puso en alerta. Su instinto vampírico, afinado durante siglos, zumbó como una cuerda tensa.

—Soy 1+1=2 —confirmó él, como leyéndole el pensamiento—. Y ese maletín no se moverá. Es 1+1=2.

Ella no perdió tiempo en preguntas. Su mano derecha se deslizó hacia el cinto donde ocultaba la hoja de acero indestructible, forjada contra la regeneración de los inmortales. En un parpadeo, cruzó la distancia, un borrón negro contra la lluvia gris.

La hoja silbó hacia el cuello del joven.

La punta se detuvo a un milímetro de su piel. No por reflejo; la hoja simplemente se negó a avanzar, como si el espacio mismo hubiera declarado que aquel corte no era posible.

Selene lo intentó de nuevo, desde otro ángulo, con una estocada que habría atravesado blindaje. La hoja se detuvo idéntica, a la misma distancia exacta, como si la realidad hubiera dictaminado que su ataque no podía concluir.

—No funciona —dijo 1+1=2, sorbiento su café helado con calma—. Ningún ataque que haya existido, exista o existirá puede dañarme. No porque sea fuerte. Porque la proposición de que me dañes es falsa. Es 1+1=2.

Selene se apartó, rodando sobre su hombro, y aterrizó en cuclillas sobre el borde de la fuente. La lluvia empapaba su bodysuit negro, pero ni un solo músculo temblaba. Calculó. Un enemigo invulnerable a todo daño físico. No había visto eso antes, ni en siglos de cacería.

—Entonces no pelearé —dijo, y se relajó visiblemente, bajando la hoja.

El joven inclinó la cabeza, curiosidad remota en sus ojos.

—Eso es lógico. Pero sigues cerca del maletín. Lo moverás. Es inevitable que intentes moverlo. Es 1+1=2.

—¿Y si no lo muevo?

—Entonces no lo moverás. Pero lo intentarás. Tu patrón de comportamiento indica un objetivo. Es 1+1=2.

Selene sonrió, una curva fría apenas perceptible. Ahí estaba la grieta. El joven operaba en certezas absolutas, en proposiciones que él mismo declaraba verdaderas. Pero una proposición sobre un futuro hipotético no era un hecho consumado; era una predicción. Y las predicciones podían ser engañadas.

—Hay una cosa que nunca has considerado —dijo Selene, y en un movimiento fluido arrancó el maletín del suelo, lanzándolo en un arco alto hacia el otro extremo de la plaza.

1+1=2 giró la cabeza para seguir la trayectoria. No corrió, pero sus ojos lo siguieron con una precisión robótica.

—Eso es una violación de la regla —declaró sin prisa—. El objeto debe permanecer. Es 1+1=...

La frase se cortó. Selene ya no estaba donde había estado.

La hoja de acero indestructible había aparecido en su mano izquierda, empuñada a la inversa, y su otra mano se cerró sobre la garganta del joven, inmovilizándolo contra la columna de la estatua. No para matarlo. Jamás podría. Lo sabía ahora. Pero para sostenerlo en su lugar, la hoja en su puño perforando su propio antebrazo, un truco antiguo que sangraba sobre el cárdigan beige del joven.

—Tú declaraste que no puedes ser dañado —susurró Selene, la sangre mezclada con lluvia goteando por su muñeca—. Pero también declaraste que yo intentaría mover el maletín. Ambas son "verdades". Ahora dime, 1+1=2: cuando dos proposiciones verdaderas chocan, ¿cuál gana?

El joven parpadeó. Por primera vez, un destello de algo parecido a la duda cruzó sus ojos.

—Ambas son verdaderas. No pueden chocar. Una verdad no contradice a otra. Es 1+1=...

—Entonces esto también es cierto —dijo Selene, y su hoja libre se hundió en el hombro del joven.

La hoja se detuvo de nuevo, a un milímetro. Pero esta vez, Selene no trató de atravesarlo. En cambio, tiró hacia atrás, y la sangre salpicó — no la del joven, sino la suya, la que ella misma se había infligido, la que su naturaleza vampírica ya estaba regenerando a velocidad visible.

1+1=2 la miró, y lentamente entendió.

—Estás comprobando si puedo ser contaminado —dijo.

—Estoy comprobando si puedes ser definido —corrigió Selene. Sus ojos grisáceos brillaron con una luz fría—. Tú eres una verdad absoluta. Pero las verdades absolutas no sangran, no dudan y no necesitan anunciarse. Tú te anuncias. Repites. Como quien necesita convencerse. Interesante.

El joven abrió la boca para repetir su lema. Selene no lo dejó.

Le soltó la garganta, dio un paso atrás, y levantó la hoja ensangrentada. La lluvia lavó el acero. Los dos se miraron frente a frente, el maletín negro olvidado a veinte metros, brillando bajo la luz de un farol.

—Yo no necesito matarte —dijo Selene—. Sólo necesito el maletín. Y tú acabas de demostrarme que no sabes lo que eres cuando tus propias reglas chocan.

1+1=2 quedó en silencio. La lluvia golpeó su cárdigan ahora manchado de rojo ajeno. Levantó el café helado, lo observó, y lo dejó caer al suelo.

—El café ya no es correcto —dijo, y por primera vez su voz perdió el eco de certeza—. Ya no lo es. Es... —Dudó. Buscó la frase que siempre le había funcionado. No apareció.

Selene caminó hacia el maletín, lo recogió, y se lo colgó al hombro. No miró atrás. No hacía falta.

Detrás de ella, en la plaza vacía bajo la lluvia, un joven con un cárdigan manchado se quedó de pie, repitiendo en voz baja las mismas tres palabras una y otra vez, como quien intenta recordar una verdad que ha empezado a desmoronarse.

La vampira se desvaneció en la noche, y el único sonido que quedó fue el murmullo de quien ya no estaba seguro de saber sumar

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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