Una crónica de arena
Riddick VS Kade and Burns, Animal City slapstic police
La ciudad animal olía a aceite quemado y a lluvia vieja. Riddick llegó por el mismo motivo que los dos policías: un cilindro de aleación robado, marcado con una insignia de…


Personajes del relato
La ciudad animal olía a aceite quemado y a lluvia vieja. Riddick llegó por el mismo motivo que los dos policías: un cilindro de aleación robado, marcado con una insignia de cocodrilo, que Don Alligator había perdido en el almacén de grúas del muelle. Kade y Burns también lo buscaban, porque aquel cilindro era la prueba que necesitaban para condenar a la banda de lagartos. Ninguno de los tres sabía que los otros dos estarían allí.
Riddick avanzó entre las sombras como si el edificio le perteneciera. Tras él, el perro moteado respiraba bajo, con los ojos azules encendidos en la penumbra. Olfateó el aire. Cables. Sudor. Metal caliente. Y algo más: una trampa ya montada.
Kade, el zorro rojo de uniforme azul, sostenía el gran resorte mecánico entre los guantes. Burns, la mapache técnico, soldaba la última unión de una estructura de dientes y engranajes sobre el suelo, con una pantalla holográfica azul vibrando sobre su cabeza. No se veían entre sí; trabajaban de memoria, como dos manos del mismo cuerpo.
—Columna tres lista —dijo Burns.
—Tensión completa —respondió Kade.
Riddick oyó ambas voces. Sonrió apenas. No eran bandidos. Eran policías. Eso no los hacía menos peligrosos.
El perro gruñó. Riddick alzó el cuchillo curvo. Y entonces la trampa se activó.
El resorte de Kade se desplegó con un chasquido seco, y de él brotó un cerco de cables de acero tensados entre las columnas del almacén. El paso quedó cortado. Riddick retrocedió un instante, calculando. Los cables no eran un muro: eran un embudo. Lo empujaban hacia el centro, donde Burns ya tenía preparada la segunda pieza.
Riddick lo entendió antes de dar el siguiente paso. Bajó la mirada hacia el suelo. Ahí estaba: la pequeña pantalla holográfica azul, medio enterrada bajo una lámina, mostrando un icono de advertencia que parpadeaba apenas. Ese detalle insignificante —una luz azul que respiraba en la oscuridad— le dijo todo.
—Perro. Quieto.
El animal se detuvo. Riddick no avanzó hacia el centro. En lugar de eso, esperó. Y cuando Kade tiró del resorte para cerrar el cerco, Riddick ya había medido la rigidez del mecanismo.
Cálculo de la Junta Exponen. No golpeó los cables. Golpeó la unión. Donde el metal cede. Donde la armadura confía y el tornillo duda.
Su cuchillo entró en la articulación del soporte con un golpe corto, seco, preciso. El resorte vibró. Los cables perdieron tensión por un lado. El embudo se torció. Kade retrocedió, sorprendido, ajustando la presa con ambas manos.
—¡Burns, refuerza!
—No alcanzo —respondió la mapache, ya soldando a toda velocidad—. Se movió el anclaje.
Riddick no les dio tiempo. Lanzó al perro por el hueco que acababa de abrir. El animal cruzó como una sombra baja, esquivando los dientes metálicos, y se plantó entre Burns y su dispositivo. La mapache levantó el soplete. El perro no atacó: solo esperó, con los ojos azules fijos, bloqueando el acceso.
Kade corrió hacia ella. Riddick ya estaba detrás de él.
No hubo choque frontal. Hubo cálculo. Kade giró con el resorte como arma, buscando barrerle las piernas, pero Riddick leyó el movimiento en el hombro del zorro antes de que naciera. Se agachó. Pasó bajo el resorte. Y con el canto del cuchillo golpeó la muñeca enguantada. El resorte cayó. Rodó.
Burns intentó activar la última trampa: la viga del techo, debilitada a propósito, debía desplomarse sobre el intruso. Pero Riddick ya había visto la soldadura fresca en la columna, aquel brillo húmedo que delataba el trabajo reciente. Esperó el crujido. Cuando la viga cayó, no cayó sobre él. Cayó sobre el cerco de cables, que se partió y se enredó en el suelo.
—El cilindro —dijo Riddick, con voz baja y seca—. Donde está.
—No lo tendrás —respondió Kade, incorporándose, aún con autoridad en la voz.
—No lo quiero. Quiero que los lagartos no lo tengan.
Por un instante, los tres se miraron. Burns seguía arrodillada junto a su máquina. El perro no se movía. Kade comprendió, demasiado tarde, que aquel hombre no era un bandido más. Era algo peor para sus planes: alguien que no necesitaba la trampa para ganar.
Riddick se acercó a la consola central, apartó una lámina con la bota y sacó el cilindro de aleación. Lo sostuvo un momento. Luego lo lanzó hacia Kade.
—La prueba es tuya. Yo ya tengo lo que vine a buscar.
Kade lo atrapó con las dos manos. Miró el cilindro. Miró a Burns. Miró al hombre de la túnica óxida que ya se alejaba con su perro hacia la oscuridad de la puerta norte.
—¿Y nosotros? —preguntó Burns.
—Ustedes construyeron trampas buenas —dijo Riddick sin volverse—. Pero construyeron un embudo para algo que no se deja embudar.
El perro lo siguió. La pantalla azul parpadeó una última vez y se apagó. En el almacén quedaron los cables cortados, la viga caída y dos policías con la prueba en las manos y la certeza incómoda de que habían perdido el enfrentamiento, aunque el caso estuviera resuelto.
Riddick caminó hacia la lluvia. No había vencido con fuerza. Había vencido porque leyó la trampa antes de pisarla, porque golpeó donde el metal cede y porque supo cuándo no golpear. Kade y Burns conservaron su profesionalismo intacto, su trampa rota y su cilindro. Riddick conservó el terreno, la salida y la última palabra.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
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