Una crónica de arena
Riddick VS Сергійко-месник
La ciudad yacía quebrada bajo un cielo sin luna, y Riddick la atravesaba como una sombra entre sombras. Su manto blanco, rasgado por incontables espinas de escombros, colgaba…


Personajes del relato
La ciudad yacía quebrada bajo un cielo sin luna, y Riddick la atravesaba como una sombra entre sombras. Su manto blanco, rasgado por incontables espinas de escombros, colgaba húmedo y pesado; la túnica color óxido se confundía con el polvo de hormigón. A su lado, el perro moteado avanzaba con las orejas enhiestas, y sus ojos emitían un resplandor azulado que perforaba la negrura como dos ascuas frías. Riddick no encendía linterna alguna. No la necesitaba. La oscuridad era su aliada, su idioma, su cuchillo curvo ya respiraba junto a su muslo.
El rastro era claro: ceniza reciente, placas de metal fundido, un reguero de virutas verdes que brillaban como escamas bajo el hollín. Alguien había disparado desde esa azotea y luego había descendido. Riddick se agachó, tocó el residuo con dos dedos y lo olió. Propergol. Pesado. De los que solo portan los que arrastran un lanzador de tubos múltiples. El perro gruñó bajo, mirando hacia el cruce de avenidas, donde dos edificios derruidos formaban un embudo perfecto hacia una plaza abierta.
«Nos está esperando», pensó Riddick. «Quiere el cruce.»
No se equivocaba.
Сергійко-месник había elegido esa plaza con la frialdad de quien ha estudiado cada escombro. Desde el borde de un aparcamiento semiderruido, con la chaqueta roja encendida bajo la luz mortecina de un letrero averiado, sostenía el lanzador verde de tubos múltiples con ambas manos enguantadas. Los lentes oscuros le cubrían los ojos, pero no la postura: rodillas flexionadas, peso atrás, el arma cargada y el pulso medido. No era un fanático. Era un soldado urbano que sabía que el enemigo que se acercaba no era humano del todo, y que por eso mismo no podía permitirse un solo error.
Cuando Riddick apareció entre las ruinas, Сергійко-месник ya había calculado la geometría del lugar. No apuntó al pecho. Apuntó al suelo.
El primer proyectil salió con un rugido sordo y detonó a tres metros por delante de Riddick, arrancando el pavimento en una fuente de esquirlas y fuego. El suelo bajo sus pies se hundió en un cráter irregular, y Riddick rodó de lado, un hombro contra el hormigón, el cuchillo ya en la mano. El segundo disparo cayó detrás de él, cortándole la retirada. El tercero, a su derecha, borró la columna que habría podido servirle de cobertura.
No lo estaba matando. Lo estaba enjaulando.
Riddick comprendió el propósito en el instante en que las detonaciones dejaron de perseguir su cuerpo y empezaron a esculpir el terreno a su alrededor. Cada impacto reordenaba su campo de movimiento, le negaba una ruta, le obligaba a elegir un sendero que otro ya había previsto. La plaza se convertía en un embudo de cráteres, y él era lo que caía por el embudo. Era Калибрування Простору: no la fuerza del proyectil, sino su colocación. El enemigo controlaba la arena con la misma autoridad con que un cartógrafo traza un mapa.
«No dispara para acertar», se dijo Riddick, con la respiración corta y el oído afinado entre las explosiones. «Dispara para decidir dónde estoy. Buen chico. Muy buen chico.»
El perro se había separado, pegado a los muros, buscando un flanco. Riddick contuvo un silbido. Aún no. Todavía no era el momento. Si el hombre de rojo quería gastar carga en esculpir el suelo, Riddick le daría tiempo para gastarla. Paciencia de acechador. Cada cráter que el enemigo abría era un proyectil que ya no volvería a salir.
Se arrastró hacia el interior de una furgoneta volcada, apoyó la espalda contra el chasis y esperó. Escuchó el clic seco del tambor giratorio, el zumbido del mecanismo recalentado, la pausa mínima que precede a una recarga. El enemigo tenía que reposicionarse. Tenía que avanzar para mantener el control del embudo, porque su ventaja era geométrica, y la geometría se sostiene solo desde el punto correcto.
Y cuando Сергійко-месник dio ese paso, Riddick lo sintió antes de verlo: el cambio de peso, el crujido del escombro bajo la bota, el breve silencio del arma que se enfría. El instante en que el cazador se convierte en presa.
Riddick salió de detrás de la furgoneta en línea baja, no hacia el frente, sino hacia el ángulo muerto que el propio bombardeo había creado: un cráter hondo al pie de una pared lateral, invisible desde la posición del tirador. El perro, al recibir por fin el silbido agudo, rompió a correr por el flanco opuesto, un destello azul entre las ruinas, obligando a Сергійко-месник a girar medio cuerpo, a dividir su atención, a recalcular una geometría que ya no era la suya.
El lanzador volvió a rugir, pero el disparo cayó donde el perro había estado, no donde estaba. La bestia era un fantasma moteado en la oscuridad, y el hombre de rojo no podía ver sus ojos azules sin ver también el movimiento que lo traicionaba. Ajustó el arma. Otro disparo. Otro cráter. El tambor giraba, cada vez más cerca del vacío.
Riddick cruzó los últimos metros dentro de la estela de humo, y entonces llegó el momento que había estado calculando desde el primer proyectil. Сергійко-месник estaba de pie sobre terreno removido, las botas hundidas en grava suelta, el lanzador ya sin carga útil, el brazo extendido en una postura que lo obligaba a apoyarse en la cadera. La armadura de su cuerpo eran la chaqueta, los guantes, los lentes. Protección física. Confianza en la cobertura. Y en los puntos donde el metal y la tela ceden, donde la articulación se dobla y no cubre, allí no había nada.
Cálculo de la Junta Exponen. La rigidez del combate se había vuelto su jaula, igual que los cráteres habían sido la de Riddick.
El cuchillo curvo entró por debajo del hombro, en el hueco entre el brazo extendido y el torso, donde el lanzador pesado forzaba la articulación a abrirse. Riddick no buscó fuerza bruta; buscó el punto donde el cuerpo del enemigo ya estaba vencido por el peso de su propia arma. El filo cortó tendón y músculo con la eficiencia de quien ha desarmado a hombres más grandes. El lanzador verde cayó al suelo con un golpe hueco, y Сергійко-месник giró con un gruñido, la mano enguantada buscando una pistola de respaldo, los lentes torcidos.
No llegó a sacarla. El perro saltó desde el flanco, derribándolo de espaldas contra el cráter, y las fauces se cerraron sobre el antebrazo enguantado. Riddick se plantó sobre él, el cuchillo detenido a un dedo de la garganta, el aliento contenido, los ojos fríos como los de la bestia que jadeaba a su lado.
El hombre de rojo, el resistente, el que había venido a borrar del mapa a todo lo que oliera a chip y a muerte, miró hacia arriba a través de los lentes partidos. No había pánico en su rostro. Solo el reconocimiento sobrio de quien entiende, demasiado tarde, que la oscuridad no era un obstáculo para su enemigo: era su casa.
Riddick no habló. No había necesidad. Retiró el cuchillo despacio, se incorporó y silbó al perro, que soltó el brazo y retrocedió con las orejas altas. Dejó al tirador vivo, desarmado, tendido entre los cráteres que él mismo había cavado. La plaza, que había sido su arena calculada, se había convertido en su tumba de polvo y humo. Y Riddick ya caminaba hacia las ruinas del norte, el manto blanco flotando tras él, la ciudad oscura abriéndose de nuevo a su paso como si nunca hubiera dejado de pertenecerle.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
Crea un héroe capaz de desafiar a Riddick.
Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.



