Una crónica de arena
Riddick VS Pinocchio ,wooden Warrior
La lluvia había cesado hacía poco, y el depósito abandonado de chatarra aún goteaba sobre las planchas oxidadas. Riddick permanecía inmóvil bajo el arco de una nave derrumbada, el…


Personajes del relato
La lluvia había cesado hacía poco, y el depósito abandonado de chatarra aún goteaba sobre las planchas oxidadas. Riddick permanecía inmóvil bajo el arco de una nave derrumbada, el manto blanco rasgado pegado a los hombros por la humedad, el cuchillo curvo colgando de su mano derecha con la hoja hacia abajo. A su lado, el perro moteado respiraba despacio, las orejas puntiagudas orientadas hacia un mismo punto, los ojos azulados brillando en la penumbra como dos ascuas frías.
El primer aviso no fue visual. Fue un chasquido tenue, seco, rítmico, como el de articulaciones de madera girando sobre esferas de metal. Luego llegó el olor: barniz viejo, serrín húmedo, un dejo mineral de aceite. Riddick cerró los ojos un instante y dejó que la información se asentara. No era un hombre. Era algo construido, algo que se movía con precisión de relojería.
Cuando abrió los ojos, la figura ya estaba allí, recortada contra la claridad gris de la puerta: un muñeco articulado de madera clara, con nariz larga, ojos negros y redondos, una gorra de corcho con cinta, chaleco marrón de botones, gorguera blanca de pliegues y pantalones de veta leñosa. En la mano derecha sostenía un estoque largo y fino; la izquierda descansaba en la cadera, junto a una daga corta. Las articulaciones esféricas de sus brazos y piernas emitían un chirrido mínimo cada vez que respiraba sin respirar.
—Tú no eres de los que esclavizan —dijo la voz del muñeco, clara, con una textura mecánica, sin temblor—. Pero tampoco vas a apartarte.
Riddick no respondió. Desplazó el peso al pie trasero y calculó la distancia. El perro gruñó bajo, casi inaudible.
Pinocchio ,wooden Warrior avanzó con un paso elástico y lanzó la primera estocada antes de que el gruñido terminara. El estoque silbó hacia el cuello de Riddick, no como un arma que busca carne, sino como una aguja que busca la junta exacta entre dos placas de realidad. Riddick inclinó el torso apenas un palmo: el acero pasó rozando el cuero del arnés, y él sintió el desplazamiento de aire que dejaba atrás. Demasiado rápido. Demasiado preciso.
La segunda estocada llegó a la altura del muslo. Riddick ya no estaba allí. Se dejó caer de lado sobre una rodilla, y el cuchillo curvo subió en un arco corto, buscando el antebrazo de madera. El muñeco retiró el brazo con una fluidez imposible para un cuerpo de articulaciones visibles. El filo mordió sólo barniz, arrancando una viruta pálida que giró en el aire.
—Bien —dijo Pinocchio ,wooden Warrior—. Escuchas con el cuerpo.
Riddick comprendió entonces lo esencial. Aquel no era un combatiente de fuerza. Era un combatiente de ritmo. Cada ataque suyo, cada esquiva, era una nota dentro de un compás que el muñeco leía con antelación. Si seguía atacando al mismo pulso, el estoque terminaría encontrando una juntura de su propia guardia.
El perro lo entendió antes que él. Se lanzó hacia el flanco del muñeco, no para morder, sino para forzar un giro. Pinocchio ,wooden Warrior pivotó sobre la esfera de su cadera y trazó una línea defensiva con la daga corta, y durante ese instante sus ojos negros se desviaron del hombre.
Fue suficiente. Riddick cargó en línea recta, bajo, hombro adelante, y en lugar de buscar el torso o la cabeza, hundió el cuchillo en el punto donde el brazo derecho del muñeco se unía al hombro: la junta esférica, el nudo de madera y metal donde toda su precisión se anclaba. El impacto resonó como un nudillo contra una puerta hueca. La hoja no cortó: torció. El brazo del estoque perdió alineación, y la siguiente estocada salió desviada, abriendo un surco en el aire en lugar del pecho de Riddick.
Pinocchio ,wooden Warrior retrocedió tres pasos, y por primera vez el chirrido de sus articulaciones sonó irregular, como un mecanismo al que le hubieran movido un engranaje. Aun así, no huyó. Plantó los pies de madera, alzó el estoque con el brazo aún funcional y buscó la pausa del enemigo: ese microsegundo en que la guardia se abre, la respiración cae, la intención se vuelve visible antes que el músculo.
Riddick lo sintió llegar. No como pensamiento, sino como presión en la nuca, un cosquilleo en la piel curtida. El muñeco estaba leyendo su tiempo, curvando el espacio alrededor de la punta del estoque, y el aire pareció espesarse un instante.
Entonces Riddick hizo lo contrario de lo que el ritmo pedía. Se detuvo. No atacó, no esquivó, no respiró. Se quedó absolutamente quieto, el cuchillo bajo, la mirada fija en la junta torcida del hombro de madera, y dejó que el estoque atravesara el vacío que él ya no ocupaba. La punta pasó a un dedo de su mejilla y siguió de largo, porque el muñeco había comprometido todo su peso en el golpe perfecto que nunca llegó a conectar.
El perro saltó entonces. No al cuello ni al pecho, sino a la pierna de apoyo, y el peso del animal bastó para desequilibrar las articulaciones ya forzadas. Pinocchio ,wooden Warrior cayó de rodillas sobre las planchas mojadas, y el estoque escapó de su mano derecha, girando por el suelo hasta detenerse contra una viga.
Riddick ya estaba encima. Le puso la rodilla sobre el pecho de madera, le sujetó la muñeca izquierda contra el suelo y acercó el cuchillo curvo a la garganta articulada, al punto exacto donde la cabeza se unía al cuello por una esfera de metal pulido.
—No te voy a desarmar —dijo, con voz baja y seca—. Eso ya lo hice.
Los ojos negros del muñeco lo miraron sin miedo, sólo con la serenidad de quien ha perdido una batalla pero no una causa. El chirrido de sus articulaciones se apagó hasta quedar en un silencio de madera inmóvil.
El perro se sentó a un lado, jadeando suavemente, los ojos azulados reflejando la luz gris de la puerta. En el depósito sólo quedó el goteo del agua sobre el óxido, y el peso de una decisión ya tomada.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
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