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Una crónica de arena

Riddick VS Jack, USA Army secret mutant regiment

La lluvia caía sobre el complejo industrial abandonado como un telón de acero, y Riddick lo supo antes de verlo: no estaba solo. El perro moteado a su lado —orejas puntiagudas,…

5 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS Jack, USA Army secret mutant regimentJack, USA Army secret mutant regiment, a character in Riddick VS Jack, USA Army secret mutant regiment

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personaje →Jack, USA Army secret mutant regiment
La historia

La lluvia caía sobre el complejo industrial abandonado como un telón de acero, y Riddick lo supo antes de verlo: no estaba solo. El perro moteado a su lado —orejas puntiagudas, ojos de un azul eléctrico que perforaban la penumbra— giró el hocico hacia el nivel superior de la nave, hacia la pasarela de rejilla que cruzaba el vacío entre las tolvas oxidadas. Un olor a pólvora húmeda y a pelaje mojado. Algo que no era del todo humano, y que sin embargo caminaba como un soldado.

Riddick no encendió nada. La oscuridad era su terreno, y la oscuridad lo obedeció. Se deslizó bajo la sombra de una viga maestra, cuchillo curvo en mano, y escuchó. Pasos metálicos. Un ritmo disciplinado, de tacón firme sobre chapa. Cuatro patas no; dos. Y luego una voz baja, modulada, que hablaba por radio a nadie visible.

—Punto de contacto confirmado. Procedo a neutralizar.

El rifle asomó primero por el borde de la pasarela, un cañón negro que barría los niveles inferiores con un láser de mira que dibujaba una línea roja temblorosa sobre las paredes. Riddick la siguió con los ojos, no con el cuerpo. La línea no lo tocaba aún. Esperó.

Jack descendió por una escalera de servicio, y en la luz mortecina Riddick vio por fin lo que cazaba: una rata antropomorfa de pelaje gris, nariz rosada, ojos oscuros y fríos, enfundada en un uniforme de camuflaje del ejército estadounidense. La cinta del pecho decía USAH. Los parches de la bandera caían sobre hombros pequeños pero tensos. Las manos —rosadas, retorcidas, anormalmente articuladas— sostenían el fusil con una familiaridad que no admitía duda. Un mutante de laboratorio que había escapado y se había puesto un uniforme para hacer justicia. Riddick casi sonrió. Casi.

—Te veo, soldado —murmuró, y el perro gruñó en respuesta, bajo, grave.

Jack lo oyó. El cañón giró al instante, el láser rojo cortó el aire hacia la viga. Pero Riddick ya no estaba allí.

El primer disparo reventó una tubería, y el vapor blanco inundó el nivel inferior como una niebla de guerra. Jack maldijo en voz baja, disciplinada incluso en su frustración, y retrocedió hacia la escalera, buscando altura. Era lo que Riddick quería. Un soldado enemigo que se retira hacia arriba cede el suelo y compra tiempo para el cazador. El perro rompió el flanco izquierdo, invisible en el vapor, y Jack disparó hacia el sonido —ráfaga corta, controlada, de manual— pero las garras ya habían arañado el aire donde él había estado un segundo antes.

—Tácticas de emboscada —dijo Jack, y su voz no temblaba—. Reconocido. Ajusto.

Subió. Dos pisos de rejilla y barandilla, hasta una plataforma de mantenimiento suspendida sobre las tolvas. Desde allí dominaba el vapor. Sus dedos mutados, húmedos de lluvia, se movieron sobre el fusil con precisión de laboratorio, y Riddick comprendió que el enemigo estaba calculando cada ruta de aproximación posible: la escalera, la viga, el borde de la plataforma. Un cerco geométrico. El fuego cruzaría todos los caminos antes de que el cuerpo humano pudiera recorrerlos.

Era inteligente. Era metódico. Y era exactamente el tipo de enemigo que Riddick sabía cómo desarmar.

Porque Jack confiaba en algo: en que su cuerpo pequeño y su arma precisa le daban la ventaja de la distancia. Y en que cualquier asaltante tendría que exponerse en la subida. Pero Riddick no subió por donde Jack miraba. Lanzó el cuchillo con un giro de muñeca —no para matar, sino para clavar la hoja en la argolla de la eslinga que colgaba bajo la pasarela y hacerla oscilar como un péndulo de acero. El metal chirrió, la plataforma vibró, y Jack, entrenado para reaccionar a amenazas físicas, giró el torso hacia el ruido.

Un instante. Solo un instante. Pero Riddick ya estaba encima.

Había trepado por la cara ciega de la tolva, usando las manos y las botas con protecciones como si el óxido fuera una escalera diseñada para él. Cuando Jack volvió el fusil, Riddick estaba dentro del radio del cañón, demasiado cerca para disparar sin perder el equilibrio. El soldado reaccionó como un veterano: soltó el rifle al pecho, agarró el cuchillo de combate de su cinturón y buscó el cuello. Rápido. Limpio. Pero Riddick no bloqueó la hoja. Desvió la muñeca. Y entonces usó lo que había visto: la armadura del uniforme, las hombreras, las correas del chaleco. El punto donde el metal cede. La articulación donde la protección se vuelve jaula.

Golpeó el codo de Jack con el canto de la mano, con la fuerza justa y el ángulo exacto que hace que una articulación se doble hacia donde no debe. El cuchillo de Jack cayó. El brazo mutante quedó inerte un segundo, y en ese segundo Riddick ya tenía el cuello del soldado entre el antebrazo y el hombro, contra la barandilla, contra el abismo de las tolvas.

Jack forcejeó. Era fuerte, más fuerte de lo que su tamaño sugería, y sus dedos rosados arañaron el manto blanco y rasgado de Riddick buscando un arma, una salida, cualquier cosa. Pero Riddick pesaba más, y estaba más abajo, y sabía exactamente cómo inmovilizar a un hombre que ha sido entrenado para no rendirse.

—No tienes que morir aquí —dijo Riddick, seco, sin emoción—. Pero suelta.

El perro apareció en el borde de la plataforma, los ojos azules brillando en la oscuridad, los dientes a la altura de la garganta de Jack. El mutante miró al animal, luego a Riddick, y algo en su expresión cambió: no miedo, sino reconocimiento. El reconocimiento de un soldado que ha sido superado por un cazador mejor.

—Cumpliste tu misión —dijo Riddick—. Yo cumplo la mía.

Y con un movimiento brusco, limpio, lo lanzó por encima de la barandilla.

Jack cayó. No al vacío: a la red de seguridad oxidada tres metros más abajo, que cedió bajo su peso y lo depositó en un montón de chatarra y agua estancada. No era una ejecución. Era un veredicto. El soldado quedó tendido, aturdido, el rifle perdido en el vapor, las manos mutadas abiertas sobre el óxido. Vivo. Derrotado.

Riddick recogió su cuchillo de la argolla, lo limpió contra el manto, y silbó una vez. El perro saltó a su lado. Juntos descendieron por la escalera de servicio, cruzaron el vapor y dejaron atrás el complejo, mientras la lluvia seguía cayendo sobre la pasarela vacía y sobre el soldado que había venido a impartir justicia y había encontrado, en la oscuridad, algo más afilado que sus reglas.

La noche era suya otra vez.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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