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Una crónica de arena

Selene VS Liberty

El viento arrastraba nubes bajas sobre la bahía, y sobre la piedra verde de la colosal figura el cielo se movía como agua turbia. Selene aterrizó sobre el borde del pedestal sin un…

4 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS LibertyLiberty, a character in Selene VS Liberty

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeLiberty
La historia

El viento arrastraba nubes bajas sobre la bahía, y sobre la piedra verde de la colosal figura el cielo se movía como agua turbia. Selene aterrizó sobre el borde del pedestal sin un sonido, sus botas negras encontrando el mármol con la precisión de una cuchilla. Alzó la cabeza.

La estatua de la Libertad no se movió. No necesitaba hacerlo. Su coronilla de siete picos se elevaba sobre la tormenta, y su antorcha ardía incluso bajo la llovizna, un fuego dorado que desafiaba la humedad. Selene la midió con la mirada: veinte pisos de bronce oxidado, una figura que no respiraba, no parpadeaba, no sangraba. Una fortaleza, no un enemigo.

Pero su objetivo era un punto específico del interior de la coraza, donde la piedra había sido endurecida por siglos de intemperie. Selene lo sabía. Lo había sabido desde que aceptó la misión.

Comenzó a ascender.

Sus manos enguantadas arañaron las pliegues del manto, cada agarre calculado, cada impulso controlado. El viento azotaba su pelo corto y negro contra su rostro. A mitad de camino, la piedra bajo sus dedos vibró.

La antorcha giró.

El fuego dorado se curvó hacia ella en un arco lento y majestuoso, un brazo de luz que barría el borde del pedestal. Selene se dejó caer dos metros, sobre un saliente apenas visible, y el resplandor pasó rozando por encima de su cabeza. El calor chamuscó el aire; sintió la piel de su cuero cabelludo humedecerse y luego sellarse en instantes. Regeneración. La usó sin pensarlo.

—Inmóvil, pero no ciega —murmuró, y siguió trepando.

La estatua respondió con más que luz. El pedestal entero tembló, y del mármol gris brotaron grietas que se proyectaron como raíces: bloques de piedra se desprendieron de la base y flotaron un instante antes de lanzarse hacia ella. Selene se desplazó por el manto como una sombra sobre tela, esquivando el primer bloque por centímetros. El segundo lo recibió con el canto de su palma, desviándolo en una espiral que se estrelló contra el pecho de la estatua sin daño.

Era un juego de dominio. Liberty no perseguía matar; cerraba espacio, negaba ángulos, imponía su presencia con peso y gravedad. Cada bloque era una pregunta: ¿dónde puedes estar que yo no te vea?

Selene respondió con silencio. Subió más rápido.

Alcanzó el antebrazo extendido que sostenía la antorcha, corriendo por su longitud como por una rama de metal viejo. La estatua flexionó lentamente el brazo, intentando aplastarla contra su propio pecho. Selene saltó en el último instante, giró en el aire, y aterrizó sobre el lomo de la mano de bronce. Desde allí, el rostro de Liberty estaba a doce metros, inmóvil como una montaña, sus ojos de piedra vacíos y eternos.

La estatua bajó la cabeza. Lo hizo despacio, con la deliberación de un continente deslizándose. El cráneo monumental se inclinó hacia Selene como una bóveda que se cierra.

Selene no retrocedió. Se incorporó sobre la mano abierta, y por primera vez en el encuentro, miró directamente a esos ojos de bronce verde.

—Eres eterna —dijo, con su voz baja y plana—. Pero la eternidad no piensa.

Sacó del forro de su traje una hoja fina, delgada como un estilete, que nadie había visto salir. No era para la piedra. Era para el aire mismo que Liberty respiraba —aunque no respirara—, para la corriente que mantenía erguido su fuego simbólico.

Saltó.

No hacia el rostro. Hacia la llama.

La antorcha crepitó cuando ella entró en su núcleo. El fuego dorado no quemó su carne; era un símbolo, no una combustión. Selene atravesó el corazón de luz y emergió al otro lado, sobre los hombros de la estatua, y desde allí clavó el estilete en la base de la coronilla, en la costura invisible entre dos puntas de bronce.

La hoja encontró la fisura. La que siglos de salitre y tormenta habían abierto.

Liberty tembló. Por primera vez, su imposible quietud se resquebrajó. Un crujido profundo, como un trueno subterráneo, recorrió su espina dorsal de piedra. La antorcha se apagó con un suspiro apagado.

El centro de gravedad de la estatua se inclinó. Lento, majestuoso, inevitable: la cabeza coronada se escoró hacia atrás, el brazo cayó, y el coloso entero perdió su equilibrio milenario.

Selene saltó del hombro en ruinas, describió un arco limpio contra el cielo nublado y aterrizó en el suelo de la isla, de pie, sin una sola herida visible.

Tras ella, la Libertad se hundió hacia el mar con la solemnidad de una civilización derrumbándose, su silueta de óxido bélico recortada contra las nubes, hasta tocar el agua y detenerse, rota, inclinada, silenciosa.

Selene se ajustó el cuello de su traje y caminó sin mirar atrás. La eternidad, al fin, había sido persuadida

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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