Una crónica de arena
Selene VS Sailor Angela
El viento salado azotaba la cubierta del USS Dauntless, pero Selene no lo sentía. Sus sentidos vampíricos estaban sintonizados con algo mucho más irresistible que la brisa: el…


Personajes del relato
El viento salado azotaba la cubierta del USS Dauntless, pero Selene no lo sentía. Sus sentidos vampíricos estaban sintonizados con algo mucho más irresistible que la brisa: el latido de un corazón humano a bordo, y la promesa de una misión que debía completarse antes del amanecer.
Saltó desde la sombra del puesto de mando con la gracia silenciosa de una sombra líquida, sus botas negras de tacón grueso aterrizando sin un solo crujido sobre el metal. Sus ojos grisáceos recorrieron la cubierta, detectando cada movimiento, cada patrulla. La noche le pertenecía.
—Capitán, tenemos un intruso en el sector tres —la voz de Sailor Angela llegó cristalina a través del sistema de comunicaciones, calmada y profesional, como si estuviera informando de un cambio meteorológico menor.
Selene se congeló. No había sido vista; había sido *detectada*. Una red de sensores térmicos y de movimiento, probablemente. Maldijo internamente su arrogancia al subestimar a una tripulación moderna.
—Lo tengo —respondió Angela desde el interior. Su uniforme azul marino contrastaba con el brillo de las pantallas táctiles del centro de mando. Deslizó los dedos enguantados de blanco sobre una consola, y un dron de reconocimiento zumbó hacia el cielo nocturno.
Selene se movió con rapidez sobrenatural, corriendo por la cubierta mientras el láser del dron intentaba fijar su posición. Rodó sobre el hombro, esquivando un primer proyectil de precisión que impactó donde había estado un segundo antes. Levantó la vista hacia el dron, leyendo su patrón de vuelo en un instante.
—Bonito juguete —murmuró, arrancando una barandilla de metal con un tirón brutal y lanzándola como una jabalina. El trozo de acero atravesó el dron, que cayó girando al mar con un chapuzón.
Adentro, Angela sonrió con seriedad. No era una enemiga que se rendiría ante un simple ingenio. Sus manos volaron sobre el teclado, y el agua alrededor del submarino se agitó con un estruendo sordo.
La cubierta se inclinó violentamente. Selene perdió el equilibrio por un segundo—solo un segundo—pero fue suficiente. Un segundo conjunto de torpedos guiados emergió del casco, trazando arcos en el aire nocturno hacia su posición.
Ella saltó, usando la inclinación del barco como trampolín. Sus ojos leyeron las trayectorias, calculando los impactos a una velocidad que ningún humano podría igualar. Desvió el torso, dejando que un proyectil pasara rozando su hombro, el dolor quemándole la carne antes de que su regeneración comenzara a cerrar la herida.
—Impresionante —reconoció Angela, observando en sus pantallas la figura que se movía como un borrón—. Pero el agua es mi dominio.
Selene escuchó el silbido del segundo torpedo demasiado tarde. Explotó a su espalda, lanzándola contra el puesto de mando con una fuerza devastadora. Su cuerpo envuelto en látex impactó contra el acero, y por un momento, el mundo se tornó blanco.
Se incorporó tambaleante, sangre negra goteando de una herida en su costado. Su regeneración trabajaba, pero más lenta de lo habitual—el concussivo daño del explosivo había afectado sus tejidos internos de maneras que incluso una vampira tardaba en reparar.
Angela salió a la cubierta, su gorra blanca con el emblema de ancla firmemente colocada, sus botas negras con hebillas resonando sobre el metal. Sostenía un dispositivo táctico en una mano enguantada.
—Eres tenaz —dijo con calma, su voz autoritaria cortando el viento—. Pero has caído en mi trampa. El perímetro está sellado, y mis sistemas automatizados te tienen en la mira desde tres ángulos.
Selene sonrió, una expresión fría y calculadora en sus labios pálidos. Sus dedos se cerraron alrededor del mango de una daga que había ocultado en su bota—la Sentencia de la Tormenta Inmutable, una hoja de acero indestructible forjada para cortar incluso la conexión entre un cuerpo y su alma.
—Tu error —dijo Selene, su voz baja y monocroma— fue creer que la velocidad es mi única herramienta.
Y entonces, hizo algo que Angela no esperaba. En lugar de atacar, Selene cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que sus sentidos sobrenaturales se expandieran. Escuchó los latidos del corazón de Angela, el susurro del viento, el crujido del metal bajo sus botas. Vio, con claridad implacable, el patrón de regeneración del enemigo—no biológico, sino estratégico: el patrón de reasignación de recursos de sus sistemas automatizados, la manera en que recalculaba las defensas tras cada ataque.
Angela aprovechó la pausa. Sus drones convergieron, y un tercer torpedo zumbó desde el mar. Pero Selene ya se había movido, no hacia los drones, sino hacia Angela directamente.
Fue un movimiento tan rápido que el ojo humano apenas lo percibió como un parpadeo negro. Selene deslizó bajo la línea de fuego, apareció tras el hombro de Angela, y su daga cortó el aire.
La hoja de acero indestructible se hundió en el hombro de la marinera, en un punto exacto entre los tendones. Pero no fue un golpe letal—no lo buscaba. Selene leyó el sistema de respuesta automatizada de Angela, vio cómo el dolor activaba el protocolo de contraataque, y en ese preciso instante, hincó la hoja *más* profundamente, clavándola en la herida vital.
—Esta hoja —dijo Selene, su voz apenas un susurro— sella el flujo de sangre y anula cualquier curación automática. Ni tus sistemas, ni tu entrenamiento, ni ese uniforme impecable podrán reparar lo que esto ha cortado.
Angela cayó de rodillas, su mano enguantada presionando la herida que no dejaba de sangrar. Sus drones vacilaron en el aire, privados de órdenes, su IA confundida por la desconexión del control maestro. Las pantallas del centro de mando parpadearon en rojo—sistemas en fallo, mal funcionamiento en cascada.
Selene retiró la daga con un movimiento limpio, observando cómo la sangre manchaba la nieve blanca del uniforme de la marinera. Se inclinó, tomando el dispositivo táctico que Angela sostenía, y lo apagó con un clic.
—Un golpe bien ejecutado —admitió Angela, su voz aún firme a pesar del dolor, una sonrisa profesional en sus labios—. Debes trabajar para gente muy interesante.
—Todos servimos a algo —respondió Selene, guardando la daga—. Este barco, sus secretos, valen más que tu vida. Pero no tengo intención de tomarla. Solo neutralizarte.
Se alejó hacia la popa, mientras los sistemas del submarino continuaban apagándose uno a uno, el silencio descendiendo sobre la cubierta como una marea. Angela se quedó de rodillas, respirando con dificultad pero viva, observando a la silueta negra desvanecerse en la noche, su hoja sellando su derrota de manera definitiva.
El amanecer, pensó Selene mientras saltaba hacia la oscuridad, estaba aún a varias horas de distancia. Tenía tiempo
El final registrado
Este encuentro terminó con Selene aún en pie.
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