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Una crónica de arena

Riddick VS Cluck Norris

El pozo de arena se extendía bajo un cielo de ceniza, un círculo perfecto de tierra apisonada rodeado por paredes de chatarra. Riddick lo leyó como leía cualquier terreno: salidas,…

6 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS Cluck NorrisCluck Norris, a character in Riddick VS Cluck Norris

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personajeCluck Norris
La historia

El pozo de arena se extendía bajo un cielo de ceniza, un círculo perfecto de tierra apisonada rodeado por paredes de chatarra. Riddick lo leyó como leía cualquier terreno: salidas, sombras, alturas. Tres puntos de fuga. Ninguno limpio. El perro moteado a su lado emitió un gruñido grave, los ojos azulados fijos en el centro del círculo, donde una figura baja y compacta permanecía inmóvil con las alas cruzadas como puños.

—No te levantes todavía —dijo Riddick, en voz baja, hacia el perro. No era una orden. Era un reconocimiento del terreno.

Cluck Norris llevaba el sombrero de ala ancha inclinado, el chaleco de mezclilla desgarrado con el parche bordado, y la postura de quien no ha necesitado adoptar una guardia en toda su existencia. No se movió. No parpadeó. El letrero de madera a su espalda —FEAR, DOUBT, DEFEAT, con NOT TODAY tachado— parecía un aviso, no un adorno. El viento arrastraba polvo entre ambos.

Riddick había aprendido a esperar. La oscuridad total, la paciencia del acecho, la certeza de que el enemigo se rompe solo cuando se le da tiempo para confiar. Cluck Norris no confiaba. Simplemente existía, y esa existencia ocupaba el espacio como una losa de granito. El cuchillo curvo descansaba en la mano derecha de Riddick, frío, sin apuro.

El gallo habló primero, con una voz que no era un graznido sino un trueno lejano.

—Vas a atacarme donde creas que cedo. —Su acento era seco, irreverente, sin inflexión—. No cedo.

Riddick no respondió. Desplazó el peso al pie trasero, calculó la distancia, y silbó. El perro rompió el flanco izquierdo en una carrera baja, moteado como una sombra entre la chatarra. Era la maniobra de siempre: el animal fija, el hombre muerde. Riddick se lanzó en diagonal, buscando el tendón de la garra derecha, la articulación expuesta bajo la pluma rojiza.

Cluck Norris no esquivó. Giró el torso un grado, y la trayectoria del cuchillo pasó por donde el cuerpo ya no estaba. El gallo bloqueó con el antebrazo —un antebrazo que no debería haber detenido el filo— y el impacto sonó como acero contra hueso, sin muesca, sin sangre. Riddick retrocedió dos pasos, sintiendo el hormigueo en la muñeca.

—No hay articulación que ceda si yo decido que no cede —dijo Cluck, y su voz tenía la textura de una sentencia.

El perro atacó entonces. Un salto dirigido a la garganta, instinto puro. Cluck lo recibió con una palma abierta que no golpeó, sino que *reordenó* el aire. El animal fue desviado en pleno vuelo, aterrizó de costado, y gimió. No herido. Confundido. Como si su propio impulso se hubiera vuelto en su contra.

Riddick comprendió el problema en ese instante, con la claridad fría que solo llega bajo presión. No era velocidad. No era fuerza. El gallo imponía su versión de los hechos: los ataques no aterrizaban porque, en la realidad de Cluck Norris, no *debían* aterrizar. La armadura de la certidumbre era más dura que cualquier metal.

El cuchillo de nada servía contra un hombre que se negaba a ser cortado.

La primera fase terminó sin un solo golpe conectado. Riddick se replegó hacia el borde del círculo, el perro a su lado, jadeando ambos, y el gallo permaneció en el centro, inmóvil como un tótem. Los planes de ambos habían chocado: la emboscada de Riddick, la superioridad impuesta de Cluck. Ninguno había funcionado del todo. Ahora tocaba improvisar.

—Nunca he conocido a alguien tan seguro de sí mismo —dijo Riddick, casi para sí.

—No es seguridad —respondió Cluck—. Es corrección. La realidad se corrige sola.

Riddick lo miró. Y en ese momento, mientras el polvo se asentaba y la luz de ceniza se volvía más gris, algo se movió en su mente: el gallo no era invulnerable. Era *rígido*. Toda su existencia dependía de la certeza, de la postura, de la negativa a ceder un ápice. La rigidez era su fuerza. Y la rigidez, como cualquier estructura, tiene un punto donde el golpe correcto la hace vibrar entera.

No había que cortar la pluma. Había que romper la *convicción*.

Riddick guardó el cuchillo. Lo dejó caer al suelo, deliberadamente, un gesto que Cluck registró con la primera muestra de algo parecido a la curiosidad.

—¿Rendición? —preguntó el gallo, sin burla, solo verificando.

—No —dijo Riddick, y se movió.

No fue una emboscada. Fue una confrontación directa, frontal, sin trucos, sin sombras. Riddick cargó de frente, los hombros bajos, los puños cerrados, buscando el choque puro contra el centro de gravedad de Cluck Norris. El gallo respondió con una técnica perfecta, un bloqueo en ángulo, la respuesta correcta a un ataque recto.

Y ahí estaba el error. El gallo solo sabía dar la respuesta *correcta*. Riddick no venía a atacar. Venía a *llegar*. En el último instante desvió el impulso, no hacia el cuerpo, sino hacia la base misma del gallo, el punto donde la postura se anclaba a la tierra. No un golpe. Una sacudida. Un cambio de equilibrio.

Cluck Norris parpadeó. Un solo parpadeo, el primero de la pelea.

La certeza requiere un suelo firme. Riddick lo sabía. La realidad de Cluck Norris se sostenía sobre su propia inmovilidad absoluta, sobre la convicción de que nada podía moverlo. Y cuando algo por fin lo movió —solo un grado, solo una fracción de pulgada—, la estructura entera crujió.

El perro, comprendiendo sin que nadie se lo ordenara, embistió por detrás en el mismo instante. No al cuerpo. A la *sombra*. Al espacio que la postura del gallo dejaba expuesto al perder su anclaje.

Cluck Norris levantó un brazo para corregir la realidad, para decretar que el animal no podía tocarlo. Pero su voz, por primera vez, salió un instante tarde.

—Bad motherclucker —gruñó, y fue lo último que dijo antes de que el equilibrio del mundo que había construido se doblara sobre sí mismo.

Riddick no lo golpeó. Lo *desplazó*. Un empujón seco, calculado, dirigido al punto exacto donde la certeza se había vuelto peso muerto. El gallo, privado de la rigidez que era su armadura, cayó de costado sobre la tierra apisonada. No fue un derrumbe espectacular. Fue una corrección —la única que Cluck Norris no había previsto: la de que incluso la voluntad más inquebrantable necesita un punto de apoyo.

El sombrero de ala ancha rodó por el suelo. El parche bordado quedó de cara a la ceniza. Cluck Norris intentó incorporarse, y por un momento la convicción brilló de nuevo en sus ojos, dispuesta a reordenar el mundo. Pero Riddick ya estaba encima, una rodilla en el pecho emplumado, el cuchillo de vuelta en la mano —no para cortar, sino para recordar quién dictaba ahora las reglas del suelo.

—La realidad se corrige sola —dijo Riddick, con su tono bajo y seco—. Pero alguien tiene que empujarla.

Cluck Norris no respondió. Su silencio, por primera vez, no fue autoridad. Fue rendición.

El perro se acercó, los ojos azulados brillando en la penumbra, y se sentó junto a su dueño. En el letrero de madera, el viento arrancó una astilla de la palabra DEFEAT. Nadie la recogió.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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