Una crónica de arena
Riddick VS Elite Warrior Jean la Fontene
Las ruinas ardían en silencio bajo un cielo sin luna. Riddick no conocía la posición exacta de su enemigo, solo el zumbido lejano de una energía que no pertenecía a aquel mundo, un…


Personajes del relato
Las ruinas ardían en silencio bajo un cielo sin luna. Riddick no conocía la posición exacta de su enemigo, solo el zumbido lejano de una energía que no pertenecía a aquel mundo, un pulso térmico que vibraba en el aire como el aliento de una bestia. A su lado, el perro moteado levantó las orejas puntiagudas, y sus ojos azulados brillaron en la oscuridad como dos ascuas frías. Riddick cerró la mano alrededor del cuchillo curvo y descendió hacia las sombras del edificio derruido, donde el metal retorcido y el polvo suspendido le ofrecían cobertura.
No sabía que Jean la Fontene ya lo había visto.
El muchacho de pelo negro estaba de pie entre los escombros, impecable en su traje oscuro y su corbatín, con la sonrisa tranquila de quien ha resuelto el problema antes de que empiece. El arma pesada que sostenía con ambas manos emitía un resplandor incandescente en la boca del cañón, y su luz proyectaba sombras largas y geométricas sobre el hormigón. Jean respiró hondo. No disparó de inmediato. En su lugar, movió el arma en un arco lento y deliberado, y el primer proyectil salió con un estruendo sordo que hizo temblar las vigas.
Riddick se lanzó a un lado por instinto, y el suelo donde había estado se convirtió en un cráter de vidrio fundido. El calor le mordió la piel del brazo. Entendió entonces que aquel chico no disparaba al azar. Cada disparo siguiente trazaba una línea invisible en el espacio, un carril de fuego que cerraba rutas y empujaba a Riddick hacia donde Jean quería. Era una danza, y él era el paso obligado.
—Bien calculado —murmuró Riddick, con voz seca y baja.
Se arrastró entre los pilares, respirando despacio, contando los intervalos entre cada detonación. El perro se movió en paralelo, un espectro entre las ruinas, y su instinto marcaba el patrón antes que la mente. Riddick comprendió la trampa: Jean no buscaba acertarle de inmediato. Buscaba encerrarlo. Cada explosión era un muro, y los muros se estrechaban alrededor de una única salida que Jean reservaba para el final.
El problema era que Jean tenía razón en sus cálculos. Riddick lo sintió cuando intentó rodar hacia la izquierda y el aire mismo pareció negarse a dejarlo pasar. Un vacío térmico se había formado allí, una ausencia de presión que succionaba el oxígeno y volvía el movimiento un error fatal. El segundo vacío apareció a su derecha. El tercero, detrás. Jean alzó el arma con la calma de un director de orquesta, y los disparos se encadenaron en una secuencia precisa, geométrica, hermosa.
—No hay salida —dijo Jean, y su voz fue serena, sin crueldad—. Esto termina aquí.
Riddick escupió polvo y sonrió en la oscuridad, porque la oscuridad era su casa. Mientras Jean completaba su red de vacíos, el muchacho había dejado un hueco: el espacio entre dos explosiones era demasiado limpio, demasiado dependiente de que su enemigo intentara huir. Jean confiaba en su armadura invisible de cálculo, en la certeza de que ningún cuerpo humano podía atravesar un muro de presión sin desintegrarse. Pero Riddick no pensaba huir. Pensaba acercarse.
Cuando el cuarto disparo salió, Riddick ya estaba en movimiento. No hacia atrás, no hacia un lado, sino directamente hacia el cañón del arma, aprovechando el breve instante en que la energía se recargaba y el aire quedaba quieto. Corrió bajo el resplandor, con el perro aullando a su lado, y el vacío térmico se cerró a su espalda sin alcanzarlo. Jean abrió los ojos, sorprendido por primera vez. Su red era perfecta, pero estaba diseñada para atrapar a un fugitivo, no para detener a un depredador que corría hacia el fuego.
Riddick llegó al cuerpo a cuerpo.
El muchacho era fuerte, y el arma pesada servía como escudo, pero Riddick era un cuchillo vivo. Su primer tajo buscó la articulación del hombro, donde el metal de la culata se unía al brazo, y encontró el punto donde la postura de Jean cedía. El segundo tajo fue al codo, y el tercero a la muñeca que sostenía el gatillo. Jean retrocedió, y por primera vez su sonrisa se volvió tensa, casi respetuosa. Intentó reposicionar el arma, pero Riddick ya había estudiado el modo en que Jean confiaba en su protección, en la rigidez de su guardia, y golpeó exactamente donde el diseño fallaba.
El perro se lanzó entonces, no a la garganta, sino a la mano del muchacho, y Jean soltó el arma con un grito breve. La pesada máquina cayó entre los escombros, y su luz se apagó con un suspiro metálico que dejó el mundo en un silencio absoluto. Jean se tambaleó, desarmado y aún impecable, con el traje manchado de ceniza y los ojos fijos en la oscuridad donde Riddick ya no estaba.
—La próxima vez —dijo Riddick desde algún lugar detrás de él, con la voz tan baja que apenas era un susurro—, calcula también el miedo.
El cuchillo curvo encontró su marca. Jean cayó de rodillas, vencido no por la fuerza, sino por la precisión de quien había convertido su propia red en una trampa. Riddick se incorporó lentamente, recogió el arma apagada y la arrojó al fuego. Luego silbó, y el perro de ojos azulados volvió a su lado. La batalla había terminado, y la oscuridad, como siempre, había sido suya.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
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