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Una crónica de arena

Riddick VS Gummy Bear, swimming power

El resplandor del mánico-orb había atravesado tres capas de agua salobre antes de que Riddick lo viera desde la orilla. Un rubí palpitante, sumergido en la laguna de verano eterno,…

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Personajes del relato

RiddickVer la saga del personajeGummy Bear, swimming power
La historia

El resplandor del mánico-orb había atravesado tres capas de agua salobre antes de que Riddick lo viera desde la orilla. Un rubí palpitante, sumergido en la laguna de verano eterno, arrastrando consigo un rastro de burbujas que refractaban la luz del sol como esquirlas de vidrio. El perro moteado, agazapado junto a las rocas de óxido, emitió un gruñido bajo. Sus ojos azulados no parpadeaban. Riddick no necesitó más confirmación: algo con forma de oso, translúcido y brillante, custodiaba un objeto que valía más que cualquier moneda de este mundo de mentira.

El agua era el reino de otra criatura. Riddick lo sabía. Pero el cazador elige el terreno o no caza.

Se movió bordeando la laguna hacia el túnel de roca que desembocaba en una cámara de agua más profunda, donde el mánico-orb había quedado atrapado entre raíces petrificadas. El perro avanzó separándose, flanqueando por la cornisa superior. Riddick encapuchó su manto blanco y rasgado, protegiendo los ojos del reflector solar que atravesaba la superficie. El cuchillo curvo ya estaba en su mano.

El Gummy Bear lo detectó antes de que tocara el agua. Por supuesto que lo detectó: las burbujas internas de su cuerpo gelatinoso vibraban con cada perturbación del líquido. El osito de goma rojo translúcido giró la cabeza, sus ojos de cuentas negras fijos en la silueta que descendía. No huyó. Elevó el orbe iridiscente con su pata izquierda y la luz se intensificó.

—No tienes por qué hacer esto —dijo el Gummy Bear con su voz aguda y melodiosa, arrastrada por el agua—. El orbe mantiene a raya a los monstruos de gelatina. Si lo tomas, la laguna se pudre.

Riddick no respondió. Las palabras son para quien necesita convencer. Él ya había decidido.

El primer ataque fue puro acecho: Riddick se hundió en la penumbra de la cámara, conteniendo la respiración, dejando que el perro marcara la posición desde arriba con un ladrido seco. El Gummy Bear nadó en espiral, y cuando el cuchillo curvo cortó el agua donde había estado su cuerpo, la gelatina translúcida ya se había deslizado como fluido, esquivando la hoja con una naturalidad insultante. Sus movimientos eran hidrodinámicos, casi sin fricción. El agua misma parecía empujarlo.

El orbe destelló. Un pulso de luz cegadora reventó contra la pared del túnel, y Riddick rodó hacia un costado, sintiendo el calor rozarle el hombro. No era un golpe físico: era una advertencia. El Gummy Bear no buscaba matarlo, solo proteger lo suyo.

Ese fue su error táctico, y Riddick lo registró al instante.

El Gummy Bear inició su danza de luz: el orbe giró entre sus patas, refractando el sol en abanicos de calor que barrieron la cámara en arcos amplios. La superficie hervía. Riddick retrocedió hacia la entrada del túnel, y el perro, entendiendo la maniobra, saltó desde la cornisa hacia una roca sumergida, obligando al osito a girar sobre sí mismo para no perder de vista a ambos enemigos.

En ese giro, el Gummy Bear recurrió a su segunda técnica: envolvió su cuerpo translúcido alrededor del orbe, absorbiendo el golpe de agua que Riddick lanzó con una patada contra la corriente. La energía se canalizó a través del mánico-orb y se descargó contra el suelo de la cámara como un estallido curativo, un pulso de luz verde que recompuso las grietas del lecho rocoso. Hermoso. Eficiente. Y absolutamente inútil contra un enemigo que no luchaba con magia.

Riddick emergió del agua en el borde de la cámara, tosiendo, con el cuchillo aún firme. El Gummy Bear flotaba en el centro, confiado en su dominio del líquido. Sus burbujas internas centelleaban. Parecía invencible en su elemento.

Por eso Riddick lo sacó de su elemento.

El perro lanzó un ladrido desde la roca y el Gummy Bear giró hacia él, orbe en alto, listo para otro pulso de luz. Riddick no atacó el cuerpo del osito. Atacó la estructura del entorno. Su cuchillo golpeó la raíz petrificada que sostenía el mánico-orb atrapado desde el principio, la que había quedado incrustada en la pared cuando el orbe se hundió. La raíz cedió. El túnel superior se derrumbó parcialmente, y una corriente de agua dulce de un afluente lateral, hasta entonces bloqueada por el derrumbe, irrumpió en la cámara.

El agua se mezcló. La salinidad cambió. La luz refractada perdió coherencia.

El Gummy Bear, cuyo cuerpo dependía de la claridad del medio para mantener la refracción interna de sus burbujas, sintió cómo su propio resplandor parpadeaba. El orbe vibró, desestabilizado. Intentó nadar en espiral, pero los remolinos cruzados de dos corrientes distintas lo arrastraban sin dirección. Su movilidad hidrodinámica, impecable en agua homogénea, se volvió torpe en el caos.

Riddick ya estaba encima de él.

No fue un combate de fuerza bruta, sino de cálculo. El cuchillo curvo describió un arco corto y preciso, y donde la gelatina translúcida se estiraba para esquivar, Riddick ya había anticipado la deformación. La hoja cortó el borde del cuerpo rubí, y una hebra de goma se separó y flotó inerte, perdiendo su brillo. El Gummy Bear chilló, un sonido agudo y burbujeante, y retrocedió hacia el orbe, ahora su única ancla.

—¡Detente! —jadeó el osito—. ¡Te lo advierto!

Pero Riddick no advierte. Riddick actúa.

El perro saltó al agua desde la roca y, en coordinación perfecta, acorraló al Gummy Bear contra la pared del fondo. El osito intentó un último pulso de luz, pero el agua mezclada dispersó la refracción y el destello se desvaneció antes de alcanzar a su objetivo. Riddick hundió la mano libre en la gelatina, buscando el núcleo donde el orbe palpitaba, y lo arrancó del agarre del osito. El mánico-orb quedó en su puño, palpitando débilmente, y con él la luz que mantenía al Gummy Bear cohesionado.

Sin el orbe, la gelatina perdió tensión. El cuerpo rubí translúcido se ablandó, sus burbujas internas se apagaron una a una, y el osito quedó flotando, exhausto, medio disuelto en el agua que ya no controlaba.

Riddick salió del agua, empapado, con el orbe en una mano y el cuchillo en la otra. El perro emergió a su lado, sacudiéndose. Detrás, en la cámara, el Gummy Bear flotaba inmóvil, su brillo reducido a un rescoldo débil. No estaba muerto: la gelatina se regeneraría, lentamente, sin el orbe que le daba poder. Pero había perdido. Había perdido su reino, su luz y su laguna.

Riddick guardó el orbe en un bolsillo del arnés de cuero y caminó hacia el túnel, dejando atrás el agua revuelta y al osito que ya no podía nadar.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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