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Una crónica de arena

Riddick VS Shakyamuni

El aire olía a ozono y a incienso quemado. Riddick lo notó antes de ver nada: ese aroma denso, litúrgico, que se adhería al paladar como ceniza húmeda. Bajo sus botas, la losa de…

7 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS ShakyamuniShakyamuni, a character in Riddick VS Shakyamuni

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personajeShakyamuni
La historia

El aire olía a ozono y a incienso quemado. Riddick lo notó antes de ver nada: ese aroma denso, litúrgico, que se adhería al paladar como ceniza húmeda. Bajo sus botas, la losa de piedra del templo en ruinas vibraba con una frecuencia baja, casi imperceptible, como un tambor enterrado a mucha profundidad.

El perro, a su lado, había erizado el pelaje del lomo. Sus ojos azulados brillaban en la penumbra mientras olfateaba el aire, y un gruñido grave, contenido, le subió desde el pecho.

—Lo sé —murmuró Riddick, ajustando el agarre del cuchillo curvo—. También lo siento.

La figura estaba tres niveles más arriba, en la terraza superior del templo derrumbado, donde la escalinata de piedra se interrumpía en bloques rotos y columnas caídas. Shakyamuni permanecía inmóvil, erguido sobre un círculo de ondas luminosas que se expandían sin prisa bajo sus pies descalzos. Su túnica blanca con bordes rojos y filigranas doradas despedía un resplandor tibio que recortaba su silueta contra las nubes de tormenta violácea. La mano derecha, con el índice apuntando al cielo, sostenía una columna de luz dorada que atravesaba el techo desventrado y se perdía en la oscuridad.

Riddick no subió por la escalera.

Eligió las sombras laterales, donde las columnas caídas formaban un laberinto de ángulos muertos. Se movía agachado, con el peso bajo, las botas apenas rozando la piedra. El perro lo seguía dos pasos atrás, silencioso, leyendo el rastro de humedad y de polvo con la nariz pegada al suelo. Riddick contaba los latidos. Doce para cruzar el primer tramo. Ocho para rodear la columna partida. Cinco antes de alcanzar el saliente que daba a la terraza alta.

Shakyamuni no giró la cabeza.

—El que trepa por las grietas cree que la altura lo ocultará —dijo. Su voz llegó como un eco desde dentro de la piedra, lenta, sin énfasis—. Pero toda sombra reposa en la luz que la origina.

La luz dorada se expandió. No fue un estallido, sino un amanecer contenido: el círculo bajo los pies del Buda se ensanchó y las ondas concéntricas barrieron la terraza, descendieron por las gradas rotas y llenaron el laberinto de columnas con un resplandor parejo, sin origen visible. Las sombras donde Riddick se ocultaba se adelgazaron hasta desaparecer.

Riddick reaccionó antes de quedar expuesto. Se impulsó sobre una viga inclinada, trepó dos metros en un solo movimiento y aterrizó sobre el borde de un arco partido, fuera de la línea directa del resplandor. El perro saltó tras él, garras arañando la piedra, y ambos quedaron sobre el arco, a media altura, con la terraza superior aún a un salto de distancia.

—No necesito esconderme —dijo Riddick, y su tono era seco, sin alarde—. Solo necesito estar cerca.

Shakyamuni bajó la mano izquierda, la abrió, y del aire brotaron cadenas de oro: eslabones de caracteres sánscritos que se enlazaron entre sí y se desplegaron como raíces hacia el arco. El perro ladró, un sonido corto y agudo que cortó el zumbido litúrgico, y Riddick ya estaba en movimiento.

Saltó del arco a una columna volcada, de allí a un capitel, y luego directo hacia la terraza. Las cadenas doradas se cerraron sobre el espacio vacío donde había estado. El perro tomó otra ruta: bajó al suelo, esquivó los primeros eslabones, y trepó por una sección de escalera derrumbada, buscando flanquear.

Shakyamuni no se movió. Solo giró la palma hacia el animal.

—También el instinto busca paz —dijo—, aunque no sepa nombrarla.

Una onda de luz lo alcanzó. El perro frenó en seco, sacudió la cabeza, y por un instante sus ojos azulados parpadearon como si dudara de su propio dueño. Riddick lo vio. Y entendió el patrón: la luz no hería; reescribía. Volvía la agresión en quietud, la certeza en vacilación.

Por eso no lanzó el cuchillo.

En vez de atacar de frente, Riddick usó la inercia de su salto para pasar por encima de Shakyamuni y aterrizar detrás de él, sobre el borde opuesto de la terraza, donde el suelo se quebraba hacia un vacío de tres pisos. Quedó de espaldas al abismo, frente al Buda, con el cuchillo invertido, hoja pegada al antebrazo.

—No vas a calmarme —dijo—. No hay nada que calmar.

Shakyamuni lo observó con sus ojos entrecerrados, serenos.

—Todo ser lleva un nudo —respondió—. Yo solo lo desato.

El aire se volvió denso. Las flores de loto translúcidas que flotaban en la penumbra comenzaron a girar, y de sus pétalos emergieron siluetas negras, sombras de criaturas sin rostro que se deslizaron por los bordes de la terraza. El perro, recuperado, gruñó y se plantó entre las sombras y su dueño. Las sombras no atacaron; rodearon, cerraron el paso, empujaron a Riddick hacia el centro de la terraza.

Era una trampa de orden, no de violencia. Y Riddick lo vio.

En el centro, Shakyamuni alzó ambas manos. El suelo bajo él se agrietó en forma de flor de nueve pétalos, y de cada grieta subió una columna de luz con caracteres dorados girando en espiral. Las cadenas regresaron, más numerosas, más lentas, y esta vez no buscaban atrapar: buscaban borrar. Donde tocaban la piedra, la piedra dejaba de existir. No se rompía; se ausentaba.

Riddick miró las cadenas, luego al Buda, luego al perro que forcejeaba contra las sombras. Calculó. Las cadenas seguían un patrón: nacían de los pétalos, no del aire. Si los pétalos se movían, las cadenas se desalineaban.

—Perro —dijo, y chasqueó los dedos una vez.

El animal entendió. Dejó de forcejear, giró, y corrió hacia el pétalo más cercano. No lo atacó: lo pisó. Clavó las garras en la grieta luminosa y el pétalo tembló. La cadena que nacía de allí se torció, y las siguientes perdieron la sincronía. Una pasó a un metro del hombro de Riddick. Otra se disolvió antes de tocar el suelo.

Shakyamuni inclinó la cabeza, sin irritación.

—El orden también respira —dijo—. Y el que respira puede ser interrumpido.

Riddick ya estaba en movimiento. No hacia el Buda, sino hacia el borde donde el perro había abierto la brecha. Corrió, saltó sobre el pétalo torcido, y desde allí se lanzó en diagonal hacia Shakyamuni, por el único corredor que las cadenas desincronizadas dejaban libre. El cuchillo curvo describió un arco corto y preciso, no hacia el cuerpo del Buda, sino hacia el punto exacto donde el índice alzado tocaba la columna de luz: la articulación entre el gesto y el poder.

Shakyamuni no se defendió. No hacía falta: su cuerpo no era el objetivo.

Pero la columna de luz sí lo era. El filo del cuchillo cortó el flujo en el punto de unión, y la luz que atravesaba el techo parpadeó. Las ondas concéntricas bajo los pies del Buda se detuvieron. Las flores translúcidas se apagaron una tras otra. Las cadenas doradas cayeron al suelo y se disolvieron en polvo de oro antes de tocar la piedra.

Shakyamuni bajó la mano. Por primera vez, sus ojos se abrieron del todo, y en ellos no había ira, sino una quietud distinta: la de quien reconoce un límite.

—Has cortado el gesto, no la verdad —dijo—. Pero la verdad sin gesto no sostiene este mundo.

Riddick aterrizó de rodillas, jadeando, el cuchillo aún extendido. El perro llegó a su lado, se sentó, y apoyó el hocico contra su costado. Las nubes violáceas se disiparon sobre el templo en ruinas, y la luz dorada se retiró como una marea lenta, dejando solo la piedra, el polvo y el silencio.

—No vine a discutir verdades —dijo Riddick, guardando el cuchillo—. Vine a seguir vivo.

Shakyamuni permaneció de pie, inmóvil, sobre las grietas apagadas de la flor de nueve pétalos. No había caído. No estaba herido. Pero tampoco avanzó. Su poder seguía intacto en esencia, y sin embargo el campo de batalla ya no le respondía: la luz que lo sostenía había sido cortada en su punto de origen, y restaurarla requería un gesto que ya no podía completar sin que Riddick lo interrumpiera otra vez.

El Buda lo observó un largo instante. Luego, muy despacio, inclinó la cabeza en un gesto que no era derrota ni rendición, sino reconocimiento.

—Entonces sigue —dijo—. Y que el camino no te devore.

Riddick se levantó. Silbó una vez, corto, y el perro se puso en marcha hacia la escalera derrumbada. Bajó los tres niveles sin mirar atrás, con el peso hundido en las botas y el cuchillo ya enfundado. La luz dorada no volvió a encenderse. El templo quedó a su espalda, gris y quieto bajo un cielo que empezaba a clarear.

No hubo estruendo final. Solo un hombre que bajaba una escalera rota, un perro de ojos azules a su lado, y un Buda que seguía de pie, inmóvil, en la terraza alta, sin poder alcanzarlos.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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