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Una crónica de arena

Selene VS Korutsuki Raizen

La lluvia golpeaba el techo del dojo con un tamborileo constante, cada gota un martillo sobre el silencio tenso que había caído entre los dos combatientes. Selene se deslizó sobre…

4 min de lecturaPublicado
Selene, a character in Selene VS Korutsuki RaizenKorutsuki Raizen, a character in Selene VS Korutsuki Raizen

Personajes del relato

SeleneVer la saga del personajeKorutsuki Raizen
La historia

La lluvia golpeaba el techo del dojo con un tamborileo constante, cada gota un martillo sobre el silencio tenso que había caído entre los dos combatientes.

Selene se deslizó sobre la madera pulida, sus botas de tacón grueso apenas murmurando contra el suelo. Sus ojos grisáceos, fríos como el acero, no apartaban un instante la mirada del hombre que se alzaba frente a ella. Korutsuki Raizen se mantenía en una postura baja, los puños envueltos en vendas blancas levantados en guardia, el cabello negro erizado por el esfuerzo de los últimos minutos de intercambio.

Habían estado atrapados en un ciclo. Ella atacaba, él esquivaba; él contraatacaba, ella absorbía el golpe con esa tolerancia sobrenatural que solo otorga la inmortalidad. Tres veces ya había lanzado su cuchillo, tres veces había fallado por centímetros, porque Raizen leía sus movimientos antes de que estos ocurrieran, como si sus ojos entrenados descifraran cada microtensión de su cuerpo.

—Eres rápida —dijo Raizen, la voz plana, sin aliento apenas—. Pero rápida no es lo mismo que impredecible.

Selene respondió con una sonrisa que no llegó a sus ojos. No había tiempo para conversación. Se lanzó en diagonal, obligándolo a girar, y cuando él respondió con un gancho de izquierda, ella ya no estaba donde su puño la esperaba.

Se deslizó bajo el brazo extendido, rodando sobre la madera húmeda que dejaba la lluvia filtrada por una ventana mal sellada. El reflejo de ambos se distorsionaba en la gran lámpara que colgaba del techo, y en ese reflejo Selene vio el patrón que había estado buscando.

Raizen respiraba de un lado. No por fatiga—el hombre era una máquina—sino por costumbre. Cada vez que cargaba un golpe de derecha, su hombro izquierdo bajaba medio centímetro. Cada vez que protegía el torso, exponia su costado derecho por un instante. Patrones. La repetición que el cuerpo humano no puede evitar, incluso cuando la mente lo sabe.

Ella también tenía un patrón. Lo sabía. Y sabía que Raizen lo había aprendido.

Por eso, esta vez, cambió el juego.

En lugar de esquivar el siguiente golpe, lo aceptó. El puño vendado de Raizen conectó con su costado con la fuerza de un martinete, y Selene sintió las costillas ceder con un crujido sordo. El dolor se disparó por su nervio en una oleada blanca, pero ella no vaciló. Su mano, que había estado oculta tras su muslo, emergió con la hoja de acero indestructible.

Raizen lo vio venir. Sus ojos se ensancharon—no de sorpresa, sino de reconocimiento. El cuchillo no buscaba su garganta ni su coraón. Buscaba su brazo derecho, la herida fresca que había abierto el primer intercambio, aquella que ya había comenzado a cerrar.

—No—murmuró él.

Demasiado tarde.

La hoja se clavó directa en la herida abierta de su antebrazo, atravesando músculo y alcanzando el hueso con una precisión quirúrgica. Selene giró la muñeca, y el acero se ancló allí, un sello físico que detuvo el flujo de sangre y anuló cualquier intento de curación natural.

Raizen gritó—un sonido breve, contenido, propio de un hombre entrenado para no quejarse—y retrocedió, sacudiendo el brazo inútilmente. La sangre se derramaba, espesa y roja, empapando las vendas blancas que se teñían de carmesí.

Selene se incorporó, el dolor de sus costillas rotas ya remitiendo bajo el impulso regenerativo de su naturaleza vampírica. No había prisa ahora. El hombre frente a ella, desangrándose sobre la madera, perdía velocidad a ojos vista.

—Los patrones —dijo ella, tendiendo el brazo ensangrentado hacia atrás, recogiendo su otra hoja del suelo—. Aprendí el tuyo. Tú aprendiste el mío. Solo que yo tenía dos.

Raizen la miró, el rostro pálido, el brazo derecho colgando inerte y sin rumbo. Intentó levantar la izquierda, el último golpe de un hombre que nunca se rendía, pero sus piernas se doblaron primero.

Cayó de rodillas sobre la madera, la respiración entrecortada, la mancha roja extendiéndose a su alrededor como una flor oscura.

Selene se detuvo a un metro de él, la hoja quieta a su costado. Podía terminarlo. Debía terminarlo. Pero el hombre que se arrodillaba frente a ella, con la dignidad intacta incluso en la derrota, merecía al menos ese respeto: el silencio.

—Buena pelea —dijo ella, y era sincero.

Raizen alzó los ojos, la mirada perdida pero no quebrantada, y asintió una sola vez antes de inclinarse sobre sus manos.

La lluvia continuó cayendo sobre el tejado, y Selene se deslizó hacia la salida, dejando tras de sí el dojo en silencio, la hoja sellada en la herida del vencido, y el eco de una victoria ganada no con fuerza, sino con paciencia

El final registrado

Este encuentro terminó con Selene aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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