Una crónica de arena
Tina VS bacon
Tina percibió al intruso antes de verlo: un olor cálido y salado, grasa animal y hierro quemado, subiendo entre los helechos como un hilo de humo que no pertenecía a la selva. Bajó…


Personajes del relato
Tina percibió al intruso antes de verlo: un olor cálido y salado, grasa animal y hierro quemado, subiendo entre los helechos como un hilo de humo que no pertenecía a la selva. Bajó el centro de gravedad sobre la roca húmeda. Las rayas negras de sus brazos se confundieron con la sombra de las lianas. Esperó. Los depredadores pacientes comen más.
El sonido llegó después: el golpe metálico de unas botas militares contra raíces, y un tintineo seco, casi litúrgico, de munición que choca entre sí. bacon emergió del follaje con su sartén de hierro fundido alzada como un escudo, el bandolier cruzado sobre la franja roja y blanca de su cuerpo, la cinta desgastada en la frente con tres letras bordadas: bAcon. Dentro de la sartén, dos huevos fritos formaban una calavera que lo miraba con cuencas amarillas. No era un animal. Era algo más raro: un fragmento que caminaba, un pedazo de algo mayor que se negaba a aceptar su tamaño.
—No busco pelea —dijo bacon, con voz grave y pausada, como quien ha aprendido a hablarle a la muerte sin gritarle—. Busco a los míos. chops. belly. Si los has visto, dilo. Si no, apártate.
Tina no se apartó. Su respuesta fue un silbido bajo, casi un ronroneo, y luego el espacio entre ambos se rompió.
El primer ataque no fue un golpe, fue una ausencia: bacon vio el lugar donde Tina había estado y sintió el aire desplazarse donde ya no estaba. Sus garras negras le rozaron el flanco izquierdo, y el sartén subió tarde, interceptando apenas el segundo zarpazo. El hierro vibró. Los huevos de la calavera temblaron sin romperse. bacon retrocedió con las botas clavándose en el barro, midiendo, y entendió lo que tenía delante: velocidad pura, sin armadura, sin piedad.
Tina lo leyó en su postura antes de que él lo decidiera. El peso del cuerpo de bacon se inclinaba hacia el escudo, siempre hacia el escudo. Atacó tres veces en el mismo segundo, cada impacto en un punto distinto: el codo que sostenía la sartén, la corva de la rodilla, el hombro bajo el bandolier. No buscaba herir. Buscaba medir. Y con cada golpe dejaba atrás una gota de Veneno de la Selva Alta, un paralizante gris, inodoro, que se filtraba en la grasa como el rocío se filtra en la corteza.
bacon lo sintió como un frío que subía desde los tobillos. Un peso extraño en las articulaciones, como si su cuerpo recordara de pronto que era carne cocida, carne cortada, carne separada del resto. La sartén se volvió más pesada. Sus botas se hundieron en el suelo con una lentitud que no le pertenecía.
Y entonces hizo lo único que sabía hacer cuando el mundo lo empujaba hacia la rendición.
—No somos pedazos —murmuró, y su voz no era para Tina, era para sí mismo, para los hermanos que no estaban—. No estoy cortado. Estoy entero. Estoy entero.
Covenant of the Severed. No lanzó un golpe. Insertó una memoria: la certeza indivisible de un cuerpo que se niega a ser fragmento, y la empujó hacia el psique compartido, hacia cualquier cosa que en Tina pudiera reconocerse a sí misma como parte de algo mayor. Esperaba quebrarla con el peso de su propio duelo, con la pena de todo lo que ella también había perdido alguna vez.
Pero Tina no era una criatura de duelo. Era una criatura de hambre. La memoria entró en ella y no encontró grietas donde anidar; encontró dientes. Su psique no era un jarrón que se rompe: era una mandíbula que muerde lo que la invade. Tina sacudió la cabeza una sola vez, como quien espanta una mosca, y la memoria de bacon se disolvió entre sus propios colmillos.
—Estás entero —dijo ella, y fue lo primero que le dijo—. Pero estás quieto.
El paralizante ya había hecho su trabajo. Las piernas de bacon respondían con retraso, sus brazos con un temblor que no era miedo sino química. La sartén cayó de su mano derecha y golpeó el suelo con un sonido hueco y final; los dos huevos rodaron fuera del hierro y se hundieron en el barro, la calavera deshecha. bacon intentó levantar el puño. Tina ya estaba detrás de él.
No lo mató. Los depredadores que matan por hambre no juegan. Lo tomó por el bandolier y lo giró, y lo dejó de rodillas sobre la tierra blanda, con la respiración entrecortada y las botas inmóviles, mientras el gris del veneno se extendía por su piel como una escarcha tibia. bacon miró los huevos rotos en el barro y algo en su pecho se apagó, no por dolor, sino por vergüenza: había venido a reunir a su familia y había terminado de rodillas frente a una desconocida.
—Los míos siguen ahí fuera —dijo, con la voz ya pastosa—. Esto no termina.
—Hoy sí —respondió Tina, y se apartó, dejándolo tendido pero vivo, porque el bosque no necesitaba su muerte, solo su silencio.
El aroma de grasa y hierro se fue mezclando con el olor verde de la selva. Tina volvió a subir a su roca, bajó el centro de gravedad, y esperó al siguiente intruso. bacon quedó inmóvil en el barro, entero, derrotado, y todavía buscando a sus hermanos con los ojos abiertos hacia las copas de los árboles.
El final registrado
Este encuentro terminó con Tina aún en pie.
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