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Una crónica de arena

Tina VS Barmal Easterling

Tina descendió por la grieta húmeda de la cantera con la paciencia de quien ha cazado en la oscuridad durante años. El musgo le devolvía el calor bajo las plantas desnudas; sus…

5 min de lecturaPublicado
Tina, a character in Tina VS Barmal EasterlingBarmal Easterling, a character in Tina VS Barmal Easterling

Personajes del relato

TinaVer la saga del personaje →Barmal EasterlingVer la saga del personaje →
La historia

Tina descendió por la grieta húmeda de la cantera con la paciencia de quien ha cazado en la oscuridad durante años. El musgo le devolvía el calor bajo las plantas desnudas; sus garras negras se anclaban a cada saliente con un chasquido seco, casi imperceptible. Sobre su piel anaranjada, las rayas negras se confundían con las sombras alargadas que el follaje proyectaba sobre la roca, y su respiración, lenta y medida, apenas alteraba el aire denso. Llevaba media hora siguiendo el rastro de luz azul que parpadeaba entre los troncos: chispas de energía arcana suspendidas en el aire como luciérnagas heridas, residuos de un caminante que no pertenecía a esa selva.

Barmal Easterling no huía. Avanzaba por el cauce seco del río con la solemnidad de un peregrino, sus revólveres rojos flotando ligeramente por encima de las palmas, rodeados de símbolos que giraban despacio, corrigiéndose a sí mismos como engranajes invisibles. El traje amarillo brillaba apenas bajo la penumbra verde, y las hojas bordadas en oro sobre su pecho captaban la última luz del atardecer. Sabía que lo seguían. Lo sabía desde que cruzó el límite de los helechos gigantes, y no había acelerado el paso. Dejaba que la cazadora creyera que elegía el momento. En realidad, él ya había elegido el lugar.

Las dos rutas convergieron en un claro circular, una antigua plataforma de piedra cubierta de raíces, donde el dosel se abría y dejaba caer una luz gris y enfermiza. Tina llegó primero, trepando por el borde oriental con un salto que apenas movió una hoja. Se agazapó sobre una roca inclinada, el cabello rojizo cayendo sobre un hombro, los ojos fijos en la entrada opuesta. Cuando Barmal apareció entre los árboles, ella ya había contado sus pasos, medido la distancia entre sus manos y sus armas, y trazado tres rutas de ataque distintas.

—No deberías haber venido a este bosque —dijo él, con voz serena, casi amable. Los revólveres se elevaron unos centímetros, y los orbes azules a su alrededor se multiplicaron.

Tina no respondió. Su lengua era el movimiento.

Saltó. La primera embestida fue un borrón anaranjado que cruzó el claro en menos de un parpadeo, una mano abierta apuntando al cuello, la otra buscando el flanco. Barmal giró sobre su talón izquierdo; el primer disparo no fue un proyectil, sino una onda de luz azul que estalló contra la piedra donde ella había estado, y el segundo trazó un arco de símbolos que intentó cerrarse como una trampa sobre su pierna. Tina ya no estaba allí. Se impulsó con la mano contra el suelo, pasó por debajo del arco, y sus garras rasgaron el aire donde el hombro del hombre había estado un instante antes. El faldón naranja se abrió como una flor violenta.

La danza se prolongó. Cada movimiento de Barmal era económico, medido, un arquero de precisión mágica que disparaba donde su enemiga *estaría*, no donde estaba. Cada movimiento de Tina era una negación: un quiebro imposible, un giro de cadera, un latigazo de pierna que enviaba una lluvia de piedras contra sus ojos para romper la línea de tiro. Los símbolos flotantes empezaron a fallar, sobrecargados por la velocidad de una presa que cambiaba de dirección antes de que la magia pudiera fijarla.

Él lo comprendió primero. No podía ganar una guerra de desgaste contra algo que se movía como el viento entre las ramas. Así que dejó de disparar.

Bajó ambos revólveres. Los orbes azules se apagaron uno por uno. Y entonces comenzó a caminar hacia atrás, hacia el pasado de aquel instante, arrastrando consigo una marea de silencio.

El aire se volvió pesado. Las hojas que caían en el claro se detuvieron a medio camino, suspendidas como insectos en ámbar. El sonido de la selva —los grillos, el goteo, el crujido de las ramas— se apagó de golpe, no como un silencio, sino como una sustracción. Tina sintió que sus pies se hundían, no en la piedra, sino en algo más espeso: el peso de todos los segundos que ya había gastado, acumulándose sobre sus tobillos, sus rodillas, su pecho. Cada paso que había dado en la persecución le fue devuelto de golpe, y su cuerpo, que había vivido de la velocidad, descubrió que ya no podía moverse.

Sus ojos siguieron abiertos. Furiosos. Pero sus garras no respondían, y su corazón, que latía a un ritmo de caza, empezó a latir con el ritmo de una piedra que cae.

—La velocidad —dijo Barmal, sin crueldad, casi con respeto— es una deuda. Yo solo la cobro.

Se acercó despacio, los revólveres aún bajos, y se detuvo a dos pasos de ella. No disparó. No hacía falta. En el espacio detenido, el tiempo mismo era el arma, y Tina lo entendió con una claridad amarga: había construido toda su vida sobre el movimiento, y él acababa de arrebatarle el único terreno donde era invencible. La parálisis no era magia sobre su carne; era magia sobre sus decisiones, sobre cada impulso que había hecho de ella una depredadora. Y sin impulso, solo quedaba la quietud.

Barmal levantó un revólver por última vez. El símbolo que brilló en su cañón no era de fuego, sino de cierre: un punto final escrito con luz azul. Tina, inmóvil sobre la roca, lo vio venir con los ojos muy abiertos, y en el último instante de conciencia libre, no sintió miedo, sino el asombro frío de quien descubre que la selva tiene un depredador más antiguo que ella.

El disparo sonó como una puerta que se cierra.

El silencio se disolvió. Las hojas cayeron de nuevo, los grillos volvieron, y sobre la piedra circular solo quedó una figura amarilla que guardaba sus revólveres con la calma de quien ha sobrevivido una vez más. No miró atrás. No había nada que mirar.

El final registrado

Este encuentro terminó con Barmal Easterling aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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