Una crónica de arena
Selene VS Barmal Easterling
El Silencio Entre Dos Tiempos El viento estaba muerto sobre la planicie de cristal y ceniza. Selene avanzó con la cadencia exacta de quien no ha envejecido en siglos, sus botas…


Personajes del relato
El Silencio Entre Dos Tiempos
El viento estaba muerto sobre la planicie de cristal y ceniza. Selene avanzó con la cadencia exacta de quien no ha envejecido en siglos, sus botas negras resonando sobre la superficie fracturada como un metrónomo de guerra. A lo lejos, un resplandor amarillo y dorado se alzaba entre las columnas derruidas de un templo olvidado: Barmal Easterling, con su traje del color del sol poniente, las revólveres rojas brillando en sus manos como dos corazones encendidos.
"Has cruzado medio reino para detenerme," dijo Barmal, su voz firme y serena, sin rastro de miedo. "Los vampiros de tu alcurnia no suelen perseguir a un simple errante."
Selene no respondió con palabras. Respondió con distancia.
En un parpadeo sobrenatural, había cerrado la mitad del terreno abierto que los separaba, su cuerpo delgado casi ingrávido sobre las quebradas losas. Sus ojos grisáceos, fríos como el amanecer, calcularon cada paso del enemigo antes de que éste lo diera. Pero Barmal no retrocedió. Alzó ambas revólveres y los símbolos mágicos danzaron alrededor de sus muñecas como luciérnagas de un mundo donde la ciencia y el arcano se besaban.
Disparó.
El primer proyectil no buscaba matar; trazaba una línea de luz azul que serpenteó en el aire, y Selene lo sintió antes de verlo. Giró en el aire con una agilidad que habría avergonzado al viento, y la bala encantada pasó rozando su hombro, abriendo un surco en la ceniza tras ella. El segundo disparo vino más bajo, buscando sus piernas. Lo saltó, rodó, y por un instante ambos se encontraron a veinte pasos.
"Rápida," concedió Barmal, ajustando la cadencia de su respiración. "Pero la velocidad sin paciencia es solo un suicidio elegante."
Selene atacó.
Su cuerpo se convirtió en una sombra negra que cruzó la distancia en una fracción de segundo, las manos abiertas listas para el agarre letal. Era un movimiento quirúrgico, sin exceso, calculado para la precisión absoluta. Barmal lo vio venir. No disparó. Dio un paso lateral, amplio, y dejó que el impulso de la vampira lo arrastrara más allá de su alcance, comprando espacio con el precio de una oportunidad.
Ella la reconoció de inmediato: estaba sacrificando el disparo fácil para ganar posición.
"Un error," murmuró Selene, su voz baja y monocroma. "El combate no perdona la cautela."
Lanzó una patada alta que Barmal bloqueó con el antebrazo, la cerámica dorada de su mangas amortiguando el impacto. Los símbolos mágicos estallaron en respuesta, y una onda de energía azul empujó a la vampira hacia atrás. Selene aterrizó sobre una columna rota, flexionó las rodillas y saltó de nuevo, esta vez desde un ángulo ciego.
Barmal giró, ambas revólveres tronando al unísono.
La primera bala la hizo torcerse en el aire. La segunda, encantada con un hexágono de luz, explotó contra una losa a su izquierda, levantando una cortina de escombros. Por un momento, Selene perdió la visión de su oponente. Escuchó, en cambio, el latido de su corazón—alto, controlado, sin pánico.
Salió de la nube de polvo con las manos listas. Barmal ya no estaba donde había estado.
Estaba a su espalda, a diez pasos, y en sus manos las revólveres ya no apuntaban—habían bajado, en una postura de paciencia inusual.
"Has peleado durante siglos," dijo Barmal, calmado, el sudor brillando en su frente oscura. "Y sin embargo, sigues atacando como si el tiempo fuera tu enemigo."
Selene se detuvo. Los ojos grises parpadearon una sola vez.
"No entiendes lo que soy."
"Entiendo lo que eres," replicó él, y levantó la revólver derecha. "Eres el peso de todas las segundas que desperdiciaste. Y te voy a mostrar lo que pesan."
Fue entonces cuando el mundo se detuvo.
Selene vio el destello azul de los cañones, y en ese mismo instante algo en el aire cambió. Los símbolos mágicos alrededor de Barmal giraron en una órbita distinta, la luz se curvó sobre sí misma, y una ola de silencio se expandió desde él—una onda que no tocaba el cuerpo sino el tiempo mismo. La Стіса Розпаду: el peso de los segundos perdidos, la parálisis de la voluntad.
La vampira sintió algo que no había sentido en siglos: la inmovilidad.
Sus músculos, acostumbrados a obedecer al instante, se negaron. Su mente gritó órdenes que su carne no ejecutó. Cada segundo de su inmortalidad—cada batalla aplazada, cada golpe no dado, cada oportunidad desechada—se apiló sobre ella como montañas de arena. El tiempo alrededor de Barmal era un perfecto y silencioso ahora, mientras ella quedaba congelada en la eternidad de un instante que se volvía eterno.
Barmal caminó hacia ella.
No con prisa. Con la dignidad de quien ha comprado el futuro con la moneda del presente. Dio la vuelta a su alrededor, observando sus ojos grises que aún se movían—aunque solo fuera para mirar, atrapados en la parálisis—y alzó ambas revólveres.
"Renuncié a tres disparos perfectos," dijo él, "para ganar uno que no pudieras esquivar."
El tiempo volvió a fluir.
Ya era demasiado tarde para que Selene pudiera evitarlo: las dos balas encantadas, teñidas de azul y oro, atravesaron el espacio que su cuerpo debía haber ocupado—y lo encontraron, justo donde las matemáticas del combate lo habían condenado a estar. Explotaron contra su torso, proyectándola hacia atrás sobre la planicie de ceniza.
La vampira se estrelló contra el suelo, los brazos abiertos, una mancha de resplandor azul ahogando la oscuridad de su traje. Su carne comenzó a regenerarse lentamente, pero el silencio del tiempo aún pesaba sobre sus vértebras, sobre sus voluntad, sobre sus siglos.
Barmal se acercó, los cañones humeantes, el bordado dorado de su chaqueta brillando a la luz final.
"No te mato," dijo, sereno. "Una criatura como tú merece más que la muerte. Merece saber lo que es perder un instante."
Selene, desde la ceniza, levantó la cabeza. Sus ojos grises, heridos, fríos como siempre, encontraron los suyos.
"Entonces," dijo con una voz que aún no temblaba, "me has enseñado que incluso Eternidad tiene un precio."
Barmal asintió. Guardó una de las revólveres, y se volvió hacia el horizonte del templo roto, dejando atrás a la vampira derrotada en la planicie—inmortal, sí, pero por primera vez en su existencia, derrotada por el peso de un tiempo que no se podía apresurar.
El silencio entre dos tiempos se cerró sobre la ceniza.
El final registrado
Este encuentro terminó con Barmal Easterling aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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