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Una crónica de arena

Riddick VS One Punch Man

La niebla de la llanura baja se adhirió a la piedra como una segunda piel. Riddick llevaba tres horas inmóvil en la cornisa, contando respiraciones ajenas. El perro moteado,…

6 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS One Punch ManOne Punch Man, a character in Riddick VS One Punch Man

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personaje →One Punch Man
La historia

La niebla de la llanura baja se adhirió a la piedra como una segunda piel. Riddick llevaba tres horas inmóvil en la cornisa, contando respiraciones ajenas. El perro moteado, agazapado a su izquierda, mantenía las orejas erguidas y el brillo azulado de sus ojos perforaba la oscuridad sin parpadear. Abajo, en el centro del anfiteatro natural de roca, la silueta amarilla no se movía.

No había calor corporal que seguir. No había olor. Riddick había rastreado criaturas que respiraban ácido, bestias que se camuflaban en la lluvia, pero aquel hombre calvo de traje amarillo no dejaba rastro térmico digno de tal nombre. Solo una presión en el aire, como el zumbido previo a una tormenta que nunca termina de romper.

*Mal asunto*, pensó. *No puedes acechar lo que no deja huella.*

Descendió por la cara oculta del risco, usando las garras del cuchillo curvo como anclaje. El perro lo siguió en silencio absoluto, pecho a ras de tierra. Riddick calculó el ángulo de aproximación: la espalda del objetivo estaba expuesta, la postura relajada, los brazos a los costados. Demasiado relajada. La trampa perfecta era la que el enemigo te ofrece con las manos abiertas.

Se detuvo a ocho metros. El viento soplaba hacia él. Ventaja.

—Sé que estás ahí —dijo el calvo sin girarse. Voz baja, plana, sin urgencia. Como si leyera una etiqueta.

Riddick no respondió. La sorpresa era su único multiplicador, y acababa de perderla. El perro emitió un gruñido grave, y la energía azul de sus ojos se intensificó.

—No quiero hacer esto —añadió One Punch Man, girándose lentamente—. Pero no vas a irte.

—No —convino Riddick. Corto. Seco. Verdadero.

El primer movimiento fue suyo. No un ataque frontal, sino un deslizamiento lateral hacia la sombra proyectada por un peñasco, aprovechando que la luz de las estrellas no alcanzaba el suelo. El perro rompió a la derecha, obligando al calvo a dividir su atención durante una fracción de segundo. Esa fracción era todo el plan.

Riddick emergió detrás de la rodilla derecha del adversario, cuchillo invertido, y clavó la punta en el punto exacto donde el tendón se une al hueso. *Cálculo de la Junta Exponen*. No buscaba cortar; buscaba quebrar el mecanismo. El acero encontró resistencia y luego cedió, y por un instante —un instante que Riddick habría jurado imposible— la pierna del calvo se flexionó de forma antinatural. El gigante amarillo trastabilló medio paso.

Era la primera vez que Riddick veía a aquel hombre moverse de forma torpe. Lo registró como se registra el sonido de una rama al quebrarse en una noche de caza: información vital.

Pero el calvo no gritó. No se retiró. Simplemente miró hacia abajo, hacia la sangre que no salía de ninguna herida porque no había herida, y luego miró a Riddick con una expresión que no era ira ni dolor. Era reconocimiento.

—Buena toma —dijo—. La articulación. No muchos lo intentan.

—No muchos viven para contarlo —respondió Riddick, ya en movimiento otra vez.

El perro saltó desde la izquierda, fauces abiertas, buscando el cuello. One Punch Man giró el torso con una lentitud que no debería haber sido suficiente para esquivar. Pero lo fue. La mano enguantada en negro se alzó, y el aire alrededor de ella empezó a vibrar, un zumbido de baja frecuencia que Riddick sintió en los dientes antes de oírlo. Electricidad dorada trepó por el brazo del calvo.

*Ahí viene.*

Riddick rompió el contacto, rodando hacia atrás, llamando al perro con un silbido agudo. El animal obedeció al instante, desapareciendo en la grieta de la roca. El calvo no persiguió. En cambio, plantó los pies —uno de ellos aún flexionado por el corte— y cerró el puño derecho.

La luz cambió. La presión del aire se volvió sólida. Riddick, que había sobrevivido en prisiones de máxima seguridad, en planetas sin sol, en naves a la deriva, reconoció lo que venía: no un golpe, sino la cancelación de la posibilidad de esquivar. Era como si el universo mismo se inclinara hacia ese puño.

—Última oportunidad —dijo One Punch Man. Su tono no contenía amenaza. Solo un hecho.

Riddick sonrió. Fue una sonrisa fea, de dientes apretados, la de un hombre que ha apostado todo y sabe que va a perder pero quiere ver cuánto aguanta la mesa antes de romperse.

—Nunca hubo una —dijo—. Solo la que tú te creíste.

Y entonces comprendió su error. Toda la noche había asumido que el calvo era lento porque no necesitaba ser rápido, que su confianza nacía de la fuerza bruta. Pero al ver el puño cargarse —la energía dorada arremolinándose, los rayos saltando entre los dedos, la postura que no era de fuerza sino de precisión absoluta— Riddick entendió que One Punch Man no era un bruto. Era un ejecutor. La lentitud no era desprecio; era la calma del que ya ha calculado el ángulo, la distancia y el resultado antes de moverse.

Riddick había estado acechando a un depredador creyéndolo presa.

El puño descendió.

No hubo impacto audible. Hubo, en cambio, un silencio tan total que el mundo pareció olvidarse de existir. El aire a diez metros a la redonda se comprimió hasta desaparecer, y con él desaparecieron las sombras, las grietas, la cornisa desde la que Riddick había observado, el peñasco que le había servido de cobertura. *Rompedor de Leyes: Puño Serio*. La invisibilidad de la noche, la ilusión de la emboscada, la defensa conceptual del sigilo: todo borrado. La onda expansiva barrió el anfiteatro de roca como una mano que limpia polvo de una mesa.

Riddick sintió el golpe antes de que lo tocara. Fue como si le arrancaran el aire de los pulmones, luego la piel, luego la certeza de tener un cuerpo. Voló hacia atrás sin control, rebotó contra lo que quedaba del risco, y el mundo se volvió un borrón de gris y negro. El perro aulló en algún lugar lejano. O tal vez fue él mismo.

Cuando el polvo se asentó —y se asentó porque el mismo polvo había sido perdonado por el golpe—, Riddick yacía contra la pared rota, el cuchillo curvo enterrado a metros de distancia, la túnica óxido desgarrada, el manto blanco convertido en jirones. Respiraba. Eso era lo único que hacía, y le pareció un milagro estadístico.

One Punch Man permanecía de pie en el centro del cráter recién nacido, con la pierna herida flexionada pero funcional, el puño aún cerrado. No había sudado. No había gritado. Miraba a Riddick como se mira un insecto que ha sobrevivido a un pisotón por pura casualidad geométrica.

—Sigues vivo —observó—. Eso es más de lo que consigue la mayoría.

Riddick escupió sangre y algo que podía haber sido un diente.

—No te acostumbres.

El calvo bajó el puño. La energía dorada se disipó como niebla al amanecer, y la noche recuperó su densidad, su frialdad, su silencio. One Punch Man se dio la vuelta y caminó hacia la salida del anfiteatro, cojeando apenas, sin mirar atrás. No había nada más que hacer allí. La amenaza había sido evaluada y neutralizada; el enemigo, aunque vivo, ya no era un enemigo.

Riddick lo vio marcharse desde el suelo, con la respiración entrecortada y el perro lamiéndole la mano rota. No había ganado. No había perdido del todo. Había aprendido, que era la única moneda que de verdad le importaba. En la quietud de la llanura, mientras la sangre se enfriaba en su cara, Riddick guardó el recuerdo del puño que borra leyes y de la lentitud que escondía el fin del mundo.

La próxima vez, si había una próxima vez, no cometería el error de subestimar al que no necesita correr.

El final registrado

Este encuentro terminó con One Punch Man aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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