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Una crónica de arena

C-17 VS Say-uri

El viento cruzaba el campo de batalla como un animal que hubiera olvidado su nombre. C-17 mantenía las manos en los bolsillos, la hebilla dorada de su cinturón captando un sol que…

5 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS Say-uriSay-uri, a character in C-17 VS Say-uri

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeSay-uri
La historia

El viento cruzaba el campo de batalla como un animal que hubiera olvidado su nombre. C-17 mantenía las manos en los bolsillos, la hebilla dorada de su cinturón captando un sol que no terminaba de decidirse entre amanecer y ocaso. Frente a él, Say-uri inclinó la cabeza, y el lazo rojo de su cabello bicolor describió una curva pequeña, casi una reverencia.

—No es necesario que hagamos esto —dijo ella, con la voz suave de quien ha aprendido a pedir permiso incluso al aire—. Podemos buscar otra salida. Siempre hay otra salida.

C-17 no respondió de inmediato. Sus ojos, negros como el interior de una máquina que sueña, la recorrieron sin prisa: la blazer gris, el chaleco trenzado de color marrón, la V que ella trazó cerca de su mejilla con dos dedos y una timidez que no era fingida. Él registró el gesto. Lo archivó. En su experiencia, los gestos amables solían preceder a las cosas más difíciles.

—La salida existe —dijo por fin, con un tono neutro que no prometía nada—. Pero uno de los dos va a tener que cruzar el umbral solo.

Ella parpadeó. Su ojo azul y su ojo morado se posaron en él con una atención distinta, dos ventanas al mismo cuarto oscuro.

—Entiendo —murmuró Say-uri—. Entonces voy a observarte antes de decidir cómo lastimarte lo menos posible.

—Eso —respondió C-17— es exactamente lo que yo haría.

Los primeros segundos fueron un duelo de quietudes. Say-uri leyó su postura: el peso distribuido hacia la derecha, la mandíbula relajada, el ritmo respiratorio demasiado estable para un humano. No era arrogancia. Era arquitectura. C-17, a su vez, notó cómo ella giraba apenas el torso, protegiendo el lado izquierdo, reservando la mano derecha. La chica tímida calculaba ángulos. La chica amable medía distancias.

Fue ella quien rompió el equilibrio. Dio un paso lateral, y en el mismo movimiento proyectó desde su palma una onda de presión emocional —un golpe de resonancia que buscaba desorientar en lugar de destruir. C-17 la sintió llegar como una marea tibia, una tristeza ajena que quería instalarse en su pecho.

Pero él no tenía pecho que pudiera ocuparse del todo. Su reserva energética no conocía el agotamiento, y su determinación era una línea recta trazada antes de que existiera el mundo. Absorbió la onda, la disolvió en su núcleo, y sonrió apenas.

—Buena idea —dijo—. Pero yo no me canso, y tú sí.

Say-uri lo comprendió al instante. Era una analista, y los datos eran claros: no podía ganar una guerra de desgaste. Necesitaba terminar esto rápido, antes de que su propia empatía —su deseo de no lastimarlo, de no lastimarse— le robara la velocidad. Apretó los labios, y por primera vez su expresión dulce se volvió severa.

Levantó ambas manos. El suelo empezó a vibrar.

C-17 reaccionó antes de que ella terminara el gesto. Sabía cómo funcionaban los campos de batalla: eran mentiras que alguien había decidido creer. Y él podía reescribir la mentira. Disparó una ráfaga de energía compacta contra la viga estructural que sostenía el arco de hormigón a su izquierda. La explosión fue pequeña, precisa, casi elegante.

La viga cedió. El arco entero se inclinó como un borracho al que le hubieran recordado su pasado. Say-uri tuvo que saltar, su uniforme gris aleteando, el lazo rojo trazando una firma en el aire. Perdió el equilibrio un instante. Un instante era todo lo que C-17 necesitaba.

Pero ella no era lenta. Mientras caía, giró y lanzó una segunda onda, esta vez dirigida no a su cuerpo sino a sus pies, al suelo que él había convertido en arma. El terreno se ablandó, y C-17 hundió parcialmente una bota azul en la tierra recién mordida.

—No quiero hacerte daño —jadeó ella, recuperando la postura—. Pero tampoco voy a rendirme. Rendirme sería tratarte como si no valieras el esfuerzo.

—Eso —dijo C-17, extrañamente complacido— es lo más honesto que has dicho.

Arrancó el pie del suelo con un tirón seco y se elevó. El aire lo sostuvo como si hubiera firmado un contrato con la gravedad. Desde arriba, la vio pequeña, precisa, hermosa de una manera que no le servía de nada. Say-uri alzó la vista, y sus dos ojos de colores distintos brillaron con algo que no era miedo: era reconocimiento. Había entendido que perdía. Y había decidido, en ese mismo instante, no retroceder.

Disparó un tercer proyectil contra el soporte central, el que mantenía en pie la mitad del techo. La losa comenzó a desplomarse en cámara lenta, un cielo gris que descendía con paciencia mineral. Say-uri podría haber huido. En cambio, extendió los brazos y formó un escudo blando, translúcido, hecho de voluntad y de tristeza, para sostener la piedra.

—¡No! —gritó—. ¡Hay personas debajo!

C-17 ya lo sabía. Había calculado la caída para que no aplastara a nadie. Pero ella no lo sabía, y su instinto —proteger, siempre proteger— la había clavado en el sitio.

Ese fue el error. O quizá la única virtud que ella tenía, y por eso mismo el punto exacto donde la batalla se decidió.

C-17 descendió como una aguja. No la golpeó con brutalidad; la sujetó. Una ráfaga compacta le cerró los brazos contra el torso, y una barrera envolvió ambos cuerpos mientras la losa caía a su alrededor, rompiéndose en polvo. Cuando el mundo dejó de temblar, Say-uri estaba de rodillas, ilesa, con las manos todavía temblando por el peso que había sostenido y ya no sostenía.

—El techo no iba a caer sobre nadie —dijo C-17, sin crueldad—. Lo calculé. Tú calculaste lo contrario.

Ella lo miró. Su ojo azul brillaba húmedo; el morado, quieto.

—Prefiero haber calculado mal —susurró— que haber calculado bien y no haber hecho nada.

C-17 la mantuvo inmovilizada con la barrera, que era firme pero no dañina, y esperó. El combate había terminado. No porque ella estuviera rota, sino porque su determinación la había llevado a un lugar donde la victoria y la derrota compartían pared. Say-uri no se rindió. Simplemente dejó de moverse, y esa distinción, C-17 lo entendió, era la más importante de todas.

Se quedó de pie junto a ella mientras el polvo se asentaba sobre el pañuelo rojo de su cuello y sobre el cabello rosa y violeta de la muchacha, dos criaturas distintas bajo el mismo techo roto, y ninguna de las dos encontró las palabras que merecía el silencio.

El final registrado

Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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